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Muerte en horas: la floración tóxica que avanza sin control sobre los centros de salmón

Manolin realizó un análisis de cómo una microalga invisible avanza por la costa de Noruega y ya deja miles de salmones muertos en Rogaland. Sin tratamientos ni margen de reacción, la industria enfrenta un fenómeno que actúa en horas, supera los sistemas de monitoreo y expone una debilidad crítica: cuando las floraciones golpean, la única opción es anticiparse… o perder.

Por Jocelyn Vargas
26 de abril, 2026 - 17:08 hrs.
FANs: Créditos Archivo.

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Una floración de Pseudochattonella (una especie de microalga tóxica) ha ido avanzando hacia el norte a lo largo de la costa noruega desde febrero. A mediados de marzo de 2026, ya había matado a más de 105.000 salmones en cinco centros en Rogaland. Para la última semana de marzo, el Instituto de Investigación Marina de Noruega (Havforskningsinstituttet, HI) había elevado el riesgo a ALTO en tres áreas completas de producción que abarcan la costa de Skagerrak, Ryfylke y Bømlo. En un centro en Flekkefjord, el 41 % de toda la biomasa murió dentro de una sola ventana de evento. La industria se encuentra actualmente en modo de respuesta. Mowi, Grieg y Bremnes Seashore han activado medidas de contingencia —bajando las redes, deteniendo la alimentación, coordinando con plantas de proceso—. Y, aun así, existe una tensión fundamental en el centro de cada decisión que se está tomando ahora: la floración no negocia. Esto es lo que hace que los eventos de algas sean tan distintos de casi todos los demás desafíos en la salmonicultura, y por qué merecen una atención más sostenida de la que suelen recibir fuera de las semanas en que una floración está matando peces. Un tipo diferente de amenaza La mayoría de los eventos de mortalidad en la acuicultura del salmón siguen una lógica que la industria ha pasado décadas aprendiendo a interrumpir. Los patógenos pueden detectarse, tratarse o prevenirse con vacunas. El piojo de mar puede contarse y tratarse. Los niveles de oxígeno pueden medirse y corregirse. Incluso los factores de estrés crónicos (temperatura del agua, enfermedades branquiales, problemas de alimentación) tienen mecanismos de respuesta que los centros pueden activar. Las floraciones de algas no funcionan así. Pseudochattonella, Chrysochromulina, Karenia: son microorganismos libres que se desplazan impulsados por la física del océano. Crecen en la capa superficial cálida y estratificada cuando se alinean las condiciones de primavera: el deshielo reduce la salinidad, el aumento de la luz diurna acelera el crecimiento y los vientos calmos impiden la mezcla del agua. Pueden desplazarse decenas de kilómetros mediante corrientes costeras. Y llegan a las jaulas con muy poca advertencia. Las toxinas que producen algunas especies (compuestos hemolíticos que destruyen las membranas celulares de las branquias) actúan en cuestión de horas. Un pez expuesto a concentraciones letales de Chrysochromulina leadbeateri comienza a morir mucho antes de que pueda activarse cualquier respuesta. Para cuando la mortalidad es visible, la ventana de intervención suele estar ya cerrándose. No existe antídoto. No existe un protocolo de tratamiento. Las medidas de respuesta estándar (bajar la profundidad de las jaulas, detener la alimentación, cosecha de emergencia) no son curas. Son intentos de reducir la exposición. La magnitud de lo que ya ha ocurrido El brote actual en Rogaland es grave. Pero para entender por qué las floraciones de algas deben considerarse un riesgo estructural y no solo una mala primavera, conviene mirar el registro histórico. En 2019, una floración de Chrysochromulina leadbeateri se extendió por aproximadamente 450 kilómetros de la costa del norte de Noruega. Mató a un estimado de 7 a 8 millones de salmones del Atlántico cultivados (alrededor de 14.500 toneladas) en pocas semanas. Las pérdidas financieras alcanzaron aproximadamente NOK$800 millones (US$86 millones). Una empresa, Ballangen Sjøfarm, perdió cerca de 2,7 millones de peces. Northern Lights Salmon perdió casi 2,4 millones. Los seguros cubrieron solo alrededor del 20 % de los costos de producción. Investigadores del Instituto de Investigación Marina (HI) describieron la floración como sin precedentes en escala. Cuando se les preguntó por qué 2019 produjo un evento tan extremo, los científicos reconocieron que no tenían una explicación única y concluyente. Más atrás: 1991, 1998, 2008. Años distintos, mismos sistemas de fiordos, mismas especies, patrones similares. Y en Chile, en 2016, una floración de Pseudochattonella verruculosa —del mismo género que hoy se propaga por Rogaland— mató aproximadamente 27 millones de salmones y truchas en los fiordos de la Región de Los Lagos. Cerca de 39.000 toneladas. Las pérdidas se estimaron en US$800 millones de dólares. Sigue siendo el mayor evento de mortalidad por algas en peces cultivados registrado a nivel mundial. La floración coincidió con un fuerte fenómeno de El Niño, que generó aguas cálidas, estratificadas y prácticamente estancadas en sistemas de fiordos con tiempos de renovación de hasta 200 días. Las condiciones eran, en cierto sentido, una catástrofe en espera. Desde entonces, Chile ha experimentado eventos importantes de Pseudochattonella en 2021, 2023 y 2024. La magnitud varía, pero el patrón no. El sistema de monitoreo es mejor que nunca y aun así no es suficiente Noruega cuenta con la infraestructura de monitoreo de algas más desarrollada entre los países salmonicultores. El servicio Algestatus del HI publica evaluaciones de riesgo de forma regular durante la primavera y el verano. El instituto utiliza teledetección satelital, opera sensores FerryBox en rutas comerciales, sigue modelos de corrientes y coordina con Dinamarca y Suecia para detectar floraciones en Skagerrak antes de que avancen hacia el norte. Empresas privadas como SeaEco AS han complementado los sistemas públicos con redes de vigilancia dedicadas en zonas de producción del norte. Es, en estándares globales, un sistema serio y bien financiado. Y, aun así, el brote actual ha generado mortalidad extensa y rápida. Se emitieron alertas. Se advirtió a los productores. El riesgo se elevó gradualmente de moderado a alto a medida que la floración se intensificaba. En Buksevika (el centro más afectado de Mowi), los peces murieron a una tasa superior al 40 % antes de que la floración pasara. La evaluación honesta de los investigadores del HI es que el sistema sigue las floraciones a medida que se desarrollan, pero no puede predecir con precisión a nivel de sitio qué centros serán impactados primero, en qué concentración ni en qué plazo. La física del océano no coopera con la resolución que requieren las decisiones operativas. El sistema HABreports de Escocia —operado por la Scottish Association for Marine Science y basado en el proyecto europeo ASIMUTH— es la plataforma más avanzada de alerta temprana de biotoxinas en mariscos en Europa, pero la predicción específica para peces sigue poco desarrollada. Chile opera cientos de estaciones de monitoreo mensual en aguas patagónicas, pero ese muestreo es estructuralmente demasiado espaciado para funcionar como alerta temprana efectiva. “Los tres principales países salmonicultores del mundo comparten la misma brecha fundamental: el monitoreo ha mejorado, pero aún no es lo suficientemente predictivo para eliminar el desfase en la respuesta que cuesta peces”, reflexionan desde Manolin. Por qué es tan difícil de resolver Parte del desafío es que las floraciones de algas se sitúan en la intersección entre oceanografía, ciencia del clima y operaciones acuícolas, tres ámbitos que rara vez hablan el mismo lenguaje. Las condiciones que generan floraciones peligrosas son cada vez más difíciles de prever. El calentamiento del océano está ampliando la ventana estacional para ciertas especies. En Chile, eventos de algas nocivas que antes se concentraban en verano están apareciendo en otras estaciones. En Noruega, Pseudochattonella parece estar avanzando más hacia zonas productivas de Rogaland que antes. El otro desafío es económico. “Un sistema integral de alerta temprana en tiempo real requeriría redes densas de sensores, muestreo continuo del agua, datos satelitales de alta frecuencia y protocolos operativos capaces de activarse en cuestión de horas. Esa infraestructura es costosa. Y como las floraciones son, desde la perspectiva de un centro individual, eventos poco frecuentes, el retorno de inversión para mantener esa infraestructura puede ser difícil de justificar en un buen año”, explican desde Manolin. “La consecuencia es que la preparación suele ocurrir de forma reactiva, en las semanas posteriores a un evento importante, cuando las pérdidas están frescas y la presión política es alta. Luego el ciclo se repite”, agregan. Lo que realmente cuesta la brecha de datos El número más difícil de enfrentar no es la mortalidad, sino el tiempo entre la detección inicial de una floración en concentraciones moderadas y su llegada a un centro específico en niveles letales. Hoy, esa brecha suele medirse en horas, no en días. Y la mayoría de las respuestas operativas disponibles (bajar redes, cosecha anticipada, traslado en wellboat) requieren horas de logística para activarse. Cuando un centro logra actuar a escala, a menudo ya está dentro de la ventana de mortalidad. Cerrar esa brecha —aunque sea parcialmente— es donde mejores datos y modelos marcan una diferencia real. No al predecir lo impredecible, sino al adelantar ligeramente la ventana de respuesta. Si un operador sabe con mayor certeza que su centro enfrenta un riesgo ALTO en las próximas 6–12 horas, en lugar de 24–72, cambia la decisión de preposicionar un wellboat, detener la alimentación o adelantar una cosecha de emergencia. No es un argumento tecnológico, sino aritmético. En eventos donde mueren cientos de miles de peces, las horas importan. La floración no espera a que la temporada sea conveniente Los eventos de algas suelen llegar cuando los centros están más expuestos: en primavera, cuando las jaulas están pobladas, los peces acaban de pasar por el estrés del traslado al mar y la capacidad de procesamiento está exigida por una industria regional enfrentando el mismo riesgo al mismo tiempo. La crisis de 2019 sobrepasó la capacidad de faena en varios momentos del período de máxima mortalidad. Varias empresas intentaron cosechar de emergencia simultáneamente, en los mismos sistemas de fiordos, con un número limitado de wellboats. Las fallas de coordinación fueron tan costosas como la propia floración. El brote de Rogaland en 2026 aún está en desarrollo. El número final de mortalidad no se conoce. Pero el patrón es reconocible para cualquiera que haya seguido esta industria por más de una década. Llega una floración y se intensifica más rápido de lo esperado. La infraestructura de respuesta resulta apenas suficiente o insuficiente, dependiendo del centro. Los investigadores señalan que las condiciones fueron inusuales. Y luego, finalmente, el agua vuelve a aclararse y la industria comienza a calcular el costo. Las floraciones de algas nocivas no son un problema nuevo, sino recurrente. La pregunta no es si ocurrirá el próximo evento, sino si la infraestructura de datos para responder antes estará lista cuando suceda.

Una floración de Pseudochattonella (una especie de microalga tóxica) ha ido avanzando hacia el norte a lo largo de la costa noruega desde febrero. A mediados de marzo de 2026, ya había matado a más de 105.000 salmones en cinco centros en Rogaland.

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Para la última semana de marzo, el Instituto de Investigación Marina de Noruega (Havforskningsinstituttet, HI) había elevado el riesgo a ALTO en tres áreas completas de producción que abarcan la costa de Skagerrak, Ryfylke y Bømlo. En un centro en Flekkefjord, el 41 % de toda la biomasa murió dentro de una sola ventana de evento.

La industria se encuentra actualmente en modo de respuesta. Mowi, Grieg y Bremnes Seashore han activado medidas de contingencia —bajando las redes, deteniendo la alimentación, coordinando con plantas de proceso—. Y, aun así, existe una tensión fundamental en el centro de cada decisión que se está tomando ahora: la floración no negocia.

Esto es lo que hace que los eventos de algas sean tan distintos de casi todos los demás desafíos en la salmonicultura, y por qué merecen una atención más sostenida de la que suelen recibir fuera de las semanas en que una floración está matando peces.

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Un tipo diferente de amenaza

La mayoría de los eventos de mortalidad en la acuicultura del salmón siguen una lógica que la industria ha pasado décadas aprendiendo a interrumpir. Los patógenos pueden detectarse, tratarse o prevenirse con vacunas. El piojo de mar puede contarse y tratarse. Los niveles de oxígeno pueden medirse y corregirse. Incluso los factores de estrés crónicos (temperatura del agua, enfermedades branquiales, problemas de alimentación) tienen mecanismos de respuesta que los centros pueden activar.

Las floraciones de algas no funcionan así. Pseudochattonella, Chrysochromulina, Karenia: son microorganismos libres que se desplazan impulsados por la física del océano. Crecen en la capa superficial cálida y estratificada cuando se alinean las condiciones de primavera: el deshielo reduce la salinidad, el aumento de la luz diurna acelera el crecimiento y los vientos calmos impiden la mezcla del agua. Pueden desplazarse decenas de kilómetros mediante corrientes costeras. Y llegan a las jaulas con muy poca advertencia.

Las toxinas que producen algunas especies (compuestos hemolíticos que destruyen las membranas celulares de las branquias) actúan en cuestión de horas. Un pez expuesto a concentraciones letales de Chrysochromulina leadbeateri comienza a morir mucho antes de que pueda activarse cualquier respuesta. Para cuando la mortalidad es visible, la ventana de intervención suele estar ya cerrándose.

No existe antídoto. No existe un protocolo de tratamiento. Las medidas de respuesta estándar (bajar la profundidad de las jaulas, detener la alimentación, cosecha de emergencia) no son curas. Son intentos de reducir la exposición.

La magnitud de lo que ya ha ocurrido

El brote actual en Rogaland es grave. Pero para entender por qué las floraciones de algas deben considerarse un riesgo estructural y no solo una mala primavera, conviene mirar el registro histórico.

En 2019, una floración de Chrysochromulina leadbeateri se extendió por aproximadamente 450 kilómetros de la costa del norte de Noruega. Mató a un estimado de 7 a 8 millones de salmones del Atlántico cultivados (alrededor de 14.500 toneladas) en pocas semanas. Las pérdidas financieras alcanzaron aproximadamente NOK$800 millones (US$86 millones). Una empresa, Ballangen Sjøfarm, perdió cerca de 2,7 millones de peces. Northern Lights Salmon perdió casi 2,4 millones. Los seguros cubrieron solo alrededor del 20 % de los costos de producción.

Investigadores del Instituto de Investigación Marina (HI) describieron la floración como sin precedentes en escala. Cuando se les preguntó por qué 2019 produjo un evento tan extremo, los científicos reconocieron que no tenían una explicación única y concluyente.

Más atrás: 1991, 1998, 2008. Años distintos, mismos sistemas de fiordos, mismas especies, patrones similares.

Y en Chile, en 2016, una floración de Pseudochattonella verruculosa —del mismo género que hoy se propaga por Rogaland— mató aproximadamente 27 millones de salmones y truchas en los fiordos de la Región de Los Lagos. Cerca de 39.000 toneladas. Las pérdidas se estimaron en US$800 millones de dólares. Sigue siendo el mayor evento de mortalidad por algas en peces cultivados registrado a nivel mundial.

La floración coincidió con un fuerte fenómeno de El Niño, que generó aguas cálidas, estratificadas y prácticamente estancadas en sistemas de fiordos con tiempos de renovación de hasta 200 días. Las condiciones eran, en cierto sentido, una catástrofe en espera.

Desde entonces, Chile ha experimentado eventos importantes de Pseudochattonella en 2021, 2023 y 2024. La magnitud varía, pero el patrón no.

El sistema de monitoreo es mejor que nunca y aun así no es suficiente

Noruega cuenta con la infraestructura de monitoreo de algas más desarrollada entre los países salmonicultores. El servicio Algestatus del HI publica evaluaciones de riesgo de forma regular durante la primavera y el verano. El instituto utiliza teledetección satelital, opera sensores FerryBox en rutas comerciales, sigue modelos de corrientes y coordina con Dinamarca y Suecia para detectar floraciones en Skagerrak antes de que avancen hacia el norte. Empresas privadas como SeaEco AS han complementado los sistemas públicos con redes de vigilancia dedicadas en zonas de producción del norte.

Es, en estándares globales, un sistema serio y bien financiado. Y, aun así, el brote actual ha generado mortalidad extensa y rápida. Se emitieron alertas. Se advirtió a los productores. El riesgo se elevó gradualmente de moderado a alto a medida que la floración se intensificaba. En Buksevika (el centro más afectado de Mowi), los peces murieron a una tasa superior al 40 % antes de que la floración pasara.

La evaluación honesta de los investigadores del HI es que el sistema sigue las floraciones a medida que se desarrollan, pero no puede predecir con precisión a nivel de sitio qué centros serán impactados primero, en qué concentración ni en qué plazo. La física del océano no coopera con la resolución que requieren las decisiones operativas.

El sistema HABreports de Escocia —operado por la Scottish Association for Marine Science y basado en el proyecto europeo ASIMUTH— es la plataforma más avanzada de alerta temprana de biotoxinas en mariscos en Europa, pero la predicción específica para peces sigue poco desarrollada. Chile opera cientos de estaciones de monitoreo mensual en aguas patagónicas, pero ese muestreo es estructuralmente demasiado espaciado para funcionar como alerta temprana efectiva.

“Los tres principales países salmonicultores del mundo comparten la misma brecha fundamental: el monitoreo ha mejorado, pero aún no es lo suficientemente predictivo para eliminar el desfase en la respuesta que cuesta peces”, reflexionan desde Manolin.

Por qué es tan difícil de resolver

Parte del desafío es que las floraciones de algas se sitúan en la intersección entre oceanografía, ciencia del clima y operaciones acuícolas, tres ámbitos que rara vez hablan el mismo lenguaje.

Las condiciones que generan floraciones peligrosas son cada vez más difíciles de prever. El calentamiento del océano está ampliando la ventana estacional para ciertas especies. En Chile, eventos de algas nocivas que antes se concentraban en verano están apareciendo en otras estaciones. En Noruega, Pseudochattonella parece estar avanzando más hacia zonas productivas de Rogaland que antes.

El otro desafío es económico. “Un sistema integral de alerta temprana en tiempo real requeriría redes densas de sensores, muestreo continuo del agua, datos satelitales de alta frecuencia y protocolos operativos capaces de activarse en cuestión de horas. Esa infraestructura es costosa. Y como las floraciones son, desde la perspectiva de un centro individual, eventos poco frecuentes, el retorno de inversión para mantener esa infraestructura puede ser difícil de justificar en un buen año”, explican desde Manolin.

“La consecuencia es que la preparación suele ocurrir de forma reactiva, en las semanas posteriores a un evento importante, cuando las pérdidas están frescas y la presión política es alta. Luego el ciclo se repite”, agregan.

Lo que realmente cuesta la brecha de datos

El número más difícil de enfrentar no es la mortalidad, sino el tiempo entre la detección inicial de una floración en concentraciones moderadas y su llegada a un centro específico en niveles letales.

Hoy, esa brecha suele medirse en horas, no en días. Y la mayoría de las respuestas operativas disponibles (bajar redes, cosecha anticipada, traslado en wellboat) requieren horas de logística para activarse. Cuando un centro logra actuar a escala, a menudo ya está dentro de la ventana de mortalidad.

Cerrar esa brecha —aunque sea parcialmente— es donde mejores datos y modelos marcan una diferencia real. No al predecir lo impredecible, sino al adelantar ligeramente la ventana de respuesta. Si un operador sabe con mayor certeza que su centro enfrenta un riesgo ALTO en las próximas 6–12 horas, en lugar de 24–72, cambia la decisión de preposicionar un wellboat, detener la alimentación o adelantar una cosecha de emergencia. No es un argumento tecnológico, sino aritmético. En eventos donde mueren cientos de miles de peces, las horas importan.

La floración no espera a que la temporada sea conveniente

Los eventos de algas suelen llegar cuando los centros están más expuestos: en primavera, cuando las jaulas están pobladas, los peces acaban de pasar por el estrés del traslado al mar y la capacidad de procesamiento está exigida por una industria regional enfrentando el mismo riesgo al mismo tiempo.

La crisis de 2019 sobrepasó la capacidad de faena en varios momentos del período de máxima mortalidad. Varias empresas intentaron cosechar de emergencia simultáneamente, en los mismos sistemas de fiordos, con un número limitado de wellboats. Las fallas de coordinación fueron tan costosas como la propia floración.

El brote de Rogaland en 2026 aún está en desarrollo. El número final de mortalidad no se conoce. Pero el patrón es reconocible para cualquiera que haya seguido esta industria por más de una década.

Llega una floración y se intensifica más rápido de lo esperado. La infraestructura de respuesta resulta apenas suficiente o insuficiente, dependiendo del centro. Los investigadores señalan que las condiciones fueron inusuales. Y luego, finalmente, el agua vuelve a aclararse y la industria comienza a calcular el costo.

Las floraciones de algas nocivas no son un problema nuevo, sino recurrente. La pregunta no es si ocurrirá el próximo evento, sino si la infraestructura de datos para responder antes estará lista cuando suceda.

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