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Nanotecnología + IA: el nuevo mapa del poder

Juan Escrig Murúa, decano de la Facultad de Ciencia de la Universidad de Santiago de Chile e investigador de CEDENNA, plantea que la fusión de ambas corrientes está transformando la economía, la salud, la industria y la posición de los países en el mundo.

Por Equipo editorial
7 de julio, 2025 - 18:50 hrs.
Nanotecnología + IA: el nuevo mapa del poder

Juan Escrig Murúa, decano de la Facultad de Ciencia de la Universidad de Santiago de Chile e investigador de CEDENNA. Créditos: USACH.

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En la columna publicada en el sitio web de la USACH, el académico desarrolla una profunda reflexión sobre cómo la nanotecnología y la inteligencia artificial, no sólo aparecieron en el ámbito de la ciencia, sino cómo se continúan desarrollando. De la ciencia ficción a la realidad Hace apenas una generación, la idea de manipular átomos parecía un ejercicio de ciencia ficción. Hoy, la nanotecnología se ha convertido en una realidad cotidiana que avanza de manera sostenida. Es la clave que nos permite fabricar materiales a nivel atómico, los cuales exhiben propiedades únicas: superficies antimicrobianas, sensores diminutos que detectan contaminantes o recubrimientos que mejoran la eficiencia energética y prolongan la vida útil de los materiales. Pero incluso la nanotecnología, a pesar de todo su potencial, tiene un límite: la inmensidad de combinaciones posibles. Imaginar cada molécula, cada interacción, cada comportamiento es una tarea que supera a cualquier mente humana, no solo por su complejidad y creatividad, sino también por el tiempo que tomaría hacerlo de manera manual. Y ahí es donde entra la inteligencia artificial. La IA es el motor que vuelve posible explorar el nanomundo con una profundidad que antes resultaba inalcanzable. Es como contar con miles de laboratorios virtuales que nunca descansan, capaces de analizar innumerables combinaciones, encontrar patrones invisibles y predecir el comportamiento de los materiales en diferentes contextos. Esta combinación convierte lo que solía ser un análisis lento y costoso en un proceso ágil, iterativo y lleno de posibilidades. Aplicaciones que ya están cambiando el mundo Gracias a este avance conjunto, la convergencia de estas dos fuerzas ya está transformando sectores clave. Hoy se diseñan nanosistemas capaces de identificar un tumor incipiente y liberar fármacos exactamente donde se necesitan. Se crean superficies antimicrobianas o materiales que capturan CO₂ con una eficacia que hace apenas una década resultaba impensable. También se desarrollan sensores minúsculos que pueden vigilar en tiempo real el estado de una planta, una mina o un sistema hídrico, generando datos que se procesan en cuestión de segundos. Todo esto ocurre gracias a la capacidad de la inteligencia artificial para navegar en un océano de información y encontrar respuestas que, sin su ayuda, habríamos tardado décadas en descubrir. Mientras tanto, las principales economías del mundo avanzan con decisión para consolidar esta sinergia. China impulsa su National Center for Nanoscience and Technology, un referente en investigación aplicada donde se desarrollan desde nanorobots médicos capaces de detectar y atacar células cancerígenas hasta materiales avanzados para baterías de alto rendimiento, todo apoyado por programas de inteligencia artificial y manufactura inteligente. Liderazgo científico en acción Estados Unidos financia centros de excelencia como el Center for Nanoscale Materials y el Molecular Foundry, donde la inteligencia artificial es la columna vertebral de las investigaciones orientadas a descubrir nuevos catalizadores, diseñar recubrimientos multifuncionales y acelerar el desarrollo de dispositivos electrónicos de última generación. Europa combina simulaciones, datos abiertos y aprendizaje automático en iniciativas como el Graphene Flagship, que busca llevar materiales de escala atómica -como el grafeno- a aplicaciones industriales masivas en energía, salud y tecnologías de la información, con apoyo de algoritmos que modelan propiedades y procesos a nivel molecular. Pero para que esta alianza sea verdaderamente transformadora, también debemos reconocer sus riesgos. La inteligencia artificial necesita ser entrenada con datos amplios, diversos y de calidad que reflejen la complejidad de los sistemas que queremos modelar. De lo contrario, podríamos reproducir sesgos o cometer errores que comprometan la seguridad y la eficacia de los desarrollos nanotecnológicos. Por eso, es fundamental avanzar en el diseño de sistemas de autocorrección capaces de identificar, explicar y corregir estos sesgos en tiempo real. Solo así podremos asegurar que la inteligencia artificial sea un aliado confiable en la búsqueda de soluciones que impacten positivamente nuestra salud, nuestra economía y el cuidado del planeta. La urgencia de sistemas de autocorrección La capacidad de desarrollar estos sistemas de autocorrección y entrenar modelos de inteligencia artificial con información de excelencia no solo es un desafío científico y ético: es también un componente central del poder que cada país ejercerá en las próximas décadas. Esta carrera tecnológica no es anecdótica: es la nueva geopolítica de lo invisible. El poder ya no se mide solo en recursos naturales o en el volumen de la producción industrial de un país, sino en su capacidad para generar conocimiento propio, protegerlo y convertirlo en bienestar para la sociedad. Quien domine la convergencia entre nanotecnología e inteligencia artificial definirá los estándares, fijará los precios y decidirá qué soluciones llegarán al resto del mundo y a qué costo. Y Chile no puede quedarse mirando cómo otros diseñan las reglas de un juego que nos afectará a todos. El valor de la ciencia en Chile En Chile, contar con instituciones como el Centro para el Desarrollo de la Nanociencia y la Nanotecnología (Cedenna), un centro interdisciplinario e interuniversitario que reúne a científicas y científicos desde Arica hasta Temuco es un punto de partida valioso. Con más de 15 años de trayectoria, Cedenna se ha consolidado como un referente en investigación aplicada, formación de especialistas y transferencia de soluciones a sectores productivos. Pero estas capacidades no se sostienen solas: requieren inversión constante, colaboración público-privada y una visión de largo plazo. La ciencia -y en particular la nanociencia- no es un gasto: es la mejor inversión de un país que quiere decidir su destino y no limitarse a ser un espectador de las decisiones ajenas. El futuro ya no depende solo de nuestra capacidad de investigar, sino de reconocer con humildad que la inteligencia artificial puede ayudarnos a generar mejor ciencia. De combinar la intuición humana con la inteligencia de las máquinas. De atrevernos a invertir en esa fusión que expande los límites de lo que podemos descubrir, diseñar y transformar. No se trata de si podemos darnos el lujo de apostar por esta revolución. Se trata de si podemos permitirnos quedar fuera de ella. Porque, como ocurre en el nanomundo, lo más pequeño puede cambiarlo todo.  

En la columna publicada en el sitio web de la USACH, el académico desarrolla una profunda reflexión sobre cómo la nanotecnología y la inteligencia artificial, no sólo aparecieron en el ámbito de la ciencia, sino cómo se continúan desarrollando.

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De la ciencia ficción a la realidad

Hace apenas una generación, la idea de manipular átomos parecía un ejercicio de ciencia ficción. Hoy, la nanotecnología se ha convertido en una realidad cotidiana que avanza de manera sostenida. Es la clave que nos permite fabricar materiales a nivel atómico, los cuales exhiben propiedades únicas: superficies antimicrobianas, sensores diminutos que detectan contaminantes o recubrimientos que mejoran la eficiencia energética y prolongan la vida útil de los materiales.

Pero incluso la nanotecnología, a pesar de todo su potencial, tiene un límite: la inmensidad de combinaciones posibles. Imaginar cada molécula, cada interacción, cada comportamiento es una tarea que supera a cualquier mente humana, no solo por su complejidad y creatividad, sino también por el tiempo que tomaría hacerlo de manera manual. Y ahí es donde entra la inteligencia artificial.

La IA es el motor que vuelve posible explorar el nanomundo con una profundidad que antes resultaba inalcanzable. Es como contar con miles de laboratorios virtuales que nunca descansan, capaces de analizar innumerables combinaciones, encontrar patrones invisibles y predecir el comportamiento de los materiales en diferentes contextos. Esta combinación convierte lo que solía ser un análisis lento y costoso en un proceso ágil, iterativo y lleno de posibilidades.

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Aplicaciones que ya están cambiando el mundo

Gracias a este avance conjunto, la convergencia de estas dos fuerzas ya está transformando sectores clave. Hoy se diseñan nanosistemas capaces de identificar un tumor incipiente y liberar fármacos exactamente donde se necesitan. Se crean superficies antimicrobianas o materiales que capturan CO₂ con una eficacia que hace apenas una década resultaba impensable.

También se desarrollan sensores minúsculos que pueden vigilar en tiempo real el estado de una planta, una mina o un sistema hídrico, generando datos que se procesan en cuestión de segundos. Todo esto ocurre gracias a la capacidad de la inteligencia artificial para navegar en un océano de información y encontrar respuestas que, sin su ayuda, habríamos tardado décadas en descubrir.

Mientras tanto, las principales economías del mundo avanzan con decisión para consolidar esta sinergia. China impulsa su National Center for Nanoscience and Technology, un referente en investigación aplicada donde se desarrollan desde nanorobots médicos capaces de detectar y atacar células cancerígenas hasta materiales avanzados para baterías de alto rendimiento, todo apoyado por programas de inteligencia artificial y manufactura inteligente.

Liderazgo científico en acción

Estados Unidos financia centros de excelencia como el Center for Nanoscale Materials y el Molecular Foundry, donde la inteligencia artificial es la columna vertebral de las investigaciones orientadas a descubrir nuevos catalizadores, diseñar recubrimientos multifuncionales y acelerar el desarrollo de dispositivos electrónicos de última generación.

Europa combina simulaciones, datos abiertos y aprendizaje automático en iniciativas como el Graphene Flagship, que busca llevar materiales de escala atómica -como el grafeno- a aplicaciones industriales masivas en energía, salud y tecnologías de la información, con apoyo de algoritmos que modelan propiedades y procesos a nivel molecular.

Pero para que esta alianza sea verdaderamente transformadora, también debemos reconocer sus riesgos. La inteligencia artificial necesita ser entrenada con datos amplios, diversos y de calidad que reflejen la complejidad de los sistemas que queremos modelar.

De lo contrario, podríamos reproducir sesgos o cometer errores que comprometan la seguridad y la eficacia de los desarrollos nanotecnológicos. Por eso, es fundamental avanzar en el diseño de sistemas de autocorrección capaces de identificar, explicar y corregir estos sesgos en tiempo real. Solo así podremos asegurar que la inteligencia artificial sea un aliado confiable en la búsqueda de soluciones que impacten positivamente nuestra salud, nuestra economía y el cuidado del planeta.

La urgencia de sistemas de autocorrección

La capacidad de desarrollar estos sistemas de autocorrección y entrenar modelos de inteligencia artificial con información de excelencia no solo es un desafío científico y ético: es también un componente central del poder que cada país ejercerá en las próximas décadas.

Esta carrera tecnológica no es anecdótica: es la nueva geopolítica de lo invisible. El poder ya no se mide solo en recursos naturales o en el volumen de la producción industrial de un país, sino en su capacidad para generar conocimiento propio, protegerlo y convertirlo en bienestar para la sociedad. Quien domine la convergencia entre nanotecnología e inteligencia artificial definirá los estándares, fijará los precios y decidirá qué soluciones llegarán al resto del mundo y a qué costo. Y Chile no puede quedarse mirando cómo otros diseñan las reglas de un juego que nos afectará a todos.

El valor de la ciencia en Chile

En Chile, contar con instituciones como el Centro para el Desarrollo de la Nanociencia y la Nanotecnología (Cedenna), un centro interdisciplinario e interuniversitario que reúne a científicas y científicos desde Arica hasta Temuco es un punto de partida valioso.

Con más de 15 años de trayectoria, Cedenna se ha consolidado como un referente en investigación aplicada, formación de especialistas y transferencia de soluciones a sectores productivos. Pero estas capacidades no se sostienen solas: requieren inversión constante, colaboración público-privada y una visión de largo plazo. La ciencia -y en particular la nanociencia- no es un gasto: es la mejor inversión de un país que quiere decidir su destino y no limitarse a ser un espectador de las decisiones ajenas.

El futuro ya no depende solo de nuestra capacidad de investigar, sino de reconocer con humildad que la inteligencia artificial puede ayudarnos a generar mejor ciencia. De combinar la intuición humana con la inteligencia de las máquinas. De atrevernos a invertir en esa fusión que expande los límites de lo que podemos descubrir, diseñar y transformar.

No se trata de si podemos darnos el lujo de apostar por esta revolución. Se trata de si podemos permitirnos quedar fuera de ella. Porque, como ocurre en el nanomundo, lo más pequeño puede cambiarlo todo.

 

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