EPA y DHA: el equilibrio que podría redefinir la nutrición y la resiliencia del salmón frente a enfermedades virales
Investigación realizada por científicos del Institute of Marine Research, el Norwegian Veterinary Institute y la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria evaluó cómo distintas proporciones de EPA y DHA en la dieta afectan el crecimiento y la respuesta del salmón Atlántico frente al virus de la enfermedad pancreática. Los resultados muestran que no existe una proporción universalmente óptima y que el balance entre ambos ácidos grasos podría ser un factor relevante para la nutrición y salud de los peces.
Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Aquaculture pone el foco en un aspecto cada vez más relevante para la formulación de alimentos para peces: no solo importa la cantidad total de EPA y DHA que recibe el salmón, sino también la proporción existente entre ambos ácidos grasos.
La investigación, realizada con alevines de salmón Atlántico (Salmo salar), analizó cómo tres dietas con diferentes relaciones EPA/DHA —0,2; 0,9 y 2,2— influían tanto en el crecimiento de los peces como en su respuesta frente a una infección por virus de la familia Salmonid alphavirus (SAV), agente asociado a la enfermedad pancreática o pancreas disease (PD).
Uno de los aspectos centrales del ensayo fue que los investigadores mantuvieron constante la cantidad total de EPA+DHA en las dietas. De esta manera, pudieron evaluar específicamente el efecto de modificar la proporción entre ambos nutrientes.
Más EPA y menos DHA: una señal sobre el crecimiento
Los resultados mostraron una tendencia clara antes de la exposición al virus. A medida que aumentó la relación EPA/DHA, disminuyó significativamente el crecimiento de los alevines no infectados.
La dieta con una relación de 0,2 contenía aproximadamente 4,4% de EPA y 24,1% de DHA, mientras que la dieta con una relación de 2,2 elevaba el EPA hasta cerca de 20,2% y reducía el DHA a aproximadamente 9%.
Los investigadores plantean que este menor crecimiento podría estar relacionado con un desequilibrio entre ambos ácidos grasos o con una disponibilidad insuficiente de DHA. Sin embargo, advierten que el estudio no permite determinar cuál es exactamente el mecanismo responsable y que tampoco fue posible medir con precisión el consumo de alimento, por lo que no se puede descartar una eventual influencia sobre el apetito.
El análisis metabólico entregó otra señal relevante. Los peces que recibieron la dieta más alta en EPA y más baja en DHA mostraron indicios de activación de rutas relacionadas con la elongación y desaturación de ácidos grasos.
Además, la concentración de DHA en el organismo de estos peces llegó a ser aproximadamente 1,6 veces superior al nivel presente en la dieta, lo que sugiere que el salmón podría estar activando mecanismos de compensación para mantener sus requerimientos de DHA.
Para los investigadores, esta adaptación metabólica podría tener un costo energético que contribuya a explicar el menor crecimiento observado.
¿Qué ocurre cuando aparece el virus?
La segunda parte del experimento permitió observar qué sucedía cuando los peces eran desafiados con SAV.
Los investigadores utilizaron dos variantes del virus: una cepa silvestre (SAV-WT), capaz de provocar una enfermedad más severa, y una variante atenuada (SAV-Att), asociada a una presentación mucho más leve.
La diferencia entre ambos escenarios fue marcada. El desafío con SAV-WT produjo una enfermedad severa, con mortalidad significativa durante las primeras semanas, además de lesiones importantes en corazón y páncreas y una marcada reducción de las reservas lipídicas.
En cambio, los peces expuestos a SAV-Att desarrollaron una enfermedad considerablemente más leve y no registraron mortalidad.
Una dieta no fue claramente superior a las demás
Uno de los resultados más interesantes del estudio fue que ninguna de las tres relaciones EPA/DHA pudo ser considerada universalmente mejor frente a la infección viral.
Las respuestas dependieron tanto de la dieta como del tipo de virus utilizado. En los peces alimentados con la relación más baja, 0,2, se observaron cargas virales generales más elevadas, pero al final del período experimental presentaron una mejor respuesta histopatológica.
En el extremo contrario, los peces que recibieron la relación 2,2 mostraron señales de una mejor condición histopatológica al término del ensayo, pero registraron la mayor mortalidad —aunque esta diferencia no fue estadísticamente significativa— cuando fueron desafiados con SAV-WT.
La dieta intermedia, con una relación EPA/DHA de 0,9, presentó peores resultados histopatológicos al final del período evaluado, pero no mostró un aumento de la mortalidad.
En otras palabras, una mayor o menor proporción de EPA respecto de DHA no se tradujo automáticamente en una mejor resistencia al virus.
EPA y DHA cumplen funciones diferentes
Los resultados también refuerzan la importancia de considerar que EPA y DHA no son nutrientes intercambiables.
De acuerdo con la investigación, el DHA participa en procesos relacionados con la resolución de la inflamación y la protección frente al estrés oxidativo, mientras que el EPA puede tener un papel relevante en las primeras etapas de la respuesta inmune.
Esta diferencia funcional podría ayudar a explicar por qué una dieta con una proporción muy baja de EPA y alta de DHA presentó una mayor carga viral temprana, pero posteriormente mostró señales compatibles con una mejor resolución del daño tisular.
Los investigadores también plantean que modificar la relación entre EPA y DHA puede alterar el equilibrio de mediadores lipídicos derivados de los ácidos grasos y, con ello, influir en distintos componentes de la respuesta inflamatoria.
Sin embargo, enfatizan que los resultados deben interpretarse con cautela, ya que estudios anteriores han mostrado respuestas diferentes dependiendo del patógeno, la etapa de desarrollo, la composición de la dieta y las condiciones experimentales.
Un desafío para la formulación de alimentos
El estudio adquiere especial relevancia en un escenario donde la industria acuícola está incorporando nuevas fuentes de ácidos grasos omega-3 de cadena larga, entre ellas aceites provenientes de microalgas y otras alternativas destinadas a complementar o sustituir fuentes tradicionales.
En este contexto, la formulación de alimentos podría requerir una mirada más precisa sobre el equilibrio entre EPA y DHA, en lugar de concentrarse exclusivamente en alcanzar un nivel determinado de EPA+DHA total.
No obstante, los autores son cautelosos y señalan que los resultados no permiten establecer una relación EPA/DHA óptima para el crecimiento o para enfrentar enfermedades virales.
Del contenido de omega-3 al concepto de resiliencia
Más que entregar una fórmula definitiva, la investigación abre una discusión sobre cómo diseñar dietas que consideren simultáneamente crecimiento, metabolismo, respuesta inmune y recuperación frente a enfermedades.
Para una industria donde la nutrición y la salud están cada vez más vinculadas, el mensaje es relevante: la composición de los lípidos de la dieta puede influir en diferentes etapas de la interacción entre el pez y el patógeno, y una estrategia nutricional que favorezca un proceso podría no necesariamente generar el mismo resultado en otro.
Los investigadores plantean que futuros estudios deberían extender el seguimiento de los peces expuestos a SAV atenuado para comprender mejor la etapa de recuperación y diferenciar los efectos de la dieta sobre la replicación viral de aquellos relacionados con la reparación y resolución de la enfermedad.
También proponen profundizar en el análisis de metabolitos y mediadores inflamatorios derivados de los lípidos para comprender con mayor precisión cómo las diferentes proporciones de EPA y DHA modifican la respuesta del salmón.
Así, el estudio aporta una nueva pieza a un desafío que será cada vez más importante para la acuicultura: formular dietas capaces no solo de sostener el crecimiento, sino también de contribuir a la capacidad del pez para responder y recuperarse frente a los desafíos sanitarios.
Lea el estudio completo aquí: Varying dietary EPA/DHA ratios influence growth and viral disease response in Atlantic salmon (Salmo salar L.) fry
Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Aquaculture pone el foco en un aspecto cada vez más relevante para la formulación de alimentos para peces: no solo importa la cantidad total de EPA y DHA que recibe el salmón, sino también la proporción existente entre ambos ácidos grasos.
La investigación, realizada con alevines de salmón Atlántico (Salmo salar), analizó cómo tres dietas con diferentes relaciones EPA/DHA —0,2; 0,9 y 2,2— influían tanto en el crecimiento de los peces como en su respuesta frente a una infección por virus de la familia Salmonid alphavirus (SAV), agente asociado a la enfermedad pancreática o pancreas disease (PD).
Uno de los aspectos centrales del ensayo fue que los investigadores mantuvieron constante la cantidad total de EPA+DHA en las dietas. De esta manera, pudieron evaluar específicamente el efecto de modificar la proporción entre ambos nutrientes.
Más EPA y menos DHA: una señal sobre el crecimiento
Los resultados mostraron una tendencia clara antes de la exposición al virus. A medida que aumentó la relación EPA/DHA, disminuyó significativamente el crecimiento de los alevines no infectados.
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La dieta con una relación de 0,2 contenía aproximadamente 4,4% de EPA y 24,1% de DHA, mientras que la dieta con una relación de 2,2 elevaba el EPA hasta cerca de 20,2% y reducía el DHA a aproximadamente 9%.
Los investigadores plantean que este menor crecimiento podría estar relacionado con un desequilibrio entre ambos ácidos grasos o con una disponibilidad insuficiente de DHA. Sin embargo, advierten que el estudio no permite determinar cuál es exactamente el mecanismo responsable y que tampoco fue posible medir con precisión el consumo de alimento, por lo que no se puede descartar una eventual influencia sobre el apetito.
El análisis metabólico entregó otra señal relevante. Los peces que recibieron la dieta más alta en EPA y más baja en DHA mostraron indicios de activación de rutas relacionadas con la elongación y desaturación de ácidos grasos.
Además, la concentración de DHA en el organismo de estos peces llegó a ser aproximadamente 1,6 veces superior al nivel presente en la dieta, lo que sugiere que el salmón podría estar activando mecanismos de compensación para mantener sus requerimientos de DHA.
Para los investigadores, esta adaptación metabólica podría tener un costo energético que contribuya a explicar el menor crecimiento observado.
¿Qué ocurre cuando aparece el virus?
La segunda parte del experimento permitió observar qué sucedía cuando los peces eran desafiados con SAV.
Los investigadores utilizaron dos variantes del virus: una cepa silvestre (SAV-WT), capaz de provocar una enfermedad más severa, y una variante atenuada (SAV-Att), asociada a una presentación mucho más leve.
La diferencia entre ambos escenarios fue marcada. El desafío con SAV-WT produjo una enfermedad severa, con mortalidad significativa durante las primeras semanas, además de lesiones importantes en corazón y páncreas y una marcada reducción de las reservas lipídicas.
En cambio, los peces expuestos a SAV-Att desarrollaron una enfermedad considerablemente más leve y no registraron mortalidad.
Una dieta no fue claramente superior a las demás
Uno de los resultados más interesantes del estudio fue que ninguna de las tres relaciones EPA/DHA pudo ser considerada universalmente mejor frente a la infección viral.
Las respuestas dependieron tanto de la dieta como del tipo de virus utilizado. En los peces alimentados con la relación más baja, 0,2, se observaron cargas virales generales más elevadas, pero al final del período experimental presentaron una mejor respuesta histopatológica.
En el extremo contrario, los peces que recibieron la relación 2,2 mostraron señales de una mejor condición histopatológica al término del ensayo, pero registraron la mayor mortalidad —aunque esta diferencia no fue estadísticamente significativa— cuando fueron desafiados con SAV-WT.
La dieta intermedia, con una relación EPA/DHA de 0,9, presentó peores resultados histopatológicos al final del período evaluado, pero no mostró un aumento de la mortalidad.
En otras palabras, una mayor o menor proporción de EPA respecto de DHA no se tradujo automáticamente en una mejor resistencia al virus.
EPA y DHA cumplen funciones diferentes
Los resultados también refuerzan la importancia de considerar que EPA y DHA no son nutrientes intercambiables.
De acuerdo con la investigación, el DHA participa en procesos relacionados con la resolución de la inflamación y la protección frente al estrés oxidativo, mientras que el EPA puede tener un papel relevante en las primeras etapas de la respuesta inmune.
Esta diferencia funcional podría ayudar a explicar por qué una dieta con una proporción muy baja de EPA y alta de DHA presentó una mayor carga viral temprana, pero posteriormente mostró señales compatibles con una mejor resolución del daño tisular.
Los investigadores también plantean que modificar la relación entre EPA y DHA puede alterar el equilibrio de mediadores lipídicos derivados de los ácidos grasos y, con ello, influir en distintos componentes de la respuesta inflamatoria.
Sin embargo, enfatizan que los resultados deben interpretarse con cautela, ya que estudios anteriores han mostrado respuestas diferentes dependiendo del patógeno, la etapa de desarrollo, la composición de la dieta y las condiciones experimentales.
Un desafío para la formulación de alimentos
El estudio adquiere especial relevancia en un escenario donde la industria acuícola está incorporando nuevas fuentes de ácidos grasos omega-3 de cadena larga, entre ellas aceites provenientes de microalgas y otras alternativas destinadas a complementar o sustituir fuentes tradicionales.
En este contexto, la formulación de alimentos podría requerir una mirada más precisa sobre el equilibrio entre EPA y DHA, en lugar de concentrarse exclusivamente en alcanzar un nivel determinado de EPA+DHA total.
No obstante, los autores son cautelosos y señalan que los resultados no permiten establecer una relación EPA/DHA óptima para el crecimiento o para enfrentar enfermedades virales.
Del contenido de omega-3 al concepto de resiliencia
Más que entregar una fórmula definitiva, la investigación abre una discusión sobre cómo diseñar dietas que consideren simultáneamente crecimiento, metabolismo, respuesta inmune y recuperación frente a enfermedades.
Para una industria donde la nutrición y la salud están cada vez más vinculadas, el mensaje es relevante: la composición de los lípidos de la dieta puede influir en diferentes etapas de la interacción entre el pez y el patógeno, y una estrategia nutricional que favorezca un proceso podría no necesariamente generar el mismo resultado en otro.
Los investigadores plantean que futuros estudios deberían extender el seguimiento de los peces expuestos a SAV atenuado para comprender mejor la etapa de recuperación y diferenciar los efectos de la dieta sobre la replicación viral de aquellos relacionados con la reparación y resolución de la enfermedad.
También proponen profundizar en el análisis de metabolitos y mediadores inflamatorios derivados de los lípidos para comprender con mayor precisión cómo las diferentes proporciones de EPA y DHA modifican la respuesta del salmón.
Así, el estudio aporta una nueva pieza a un desafío que será cada vez más importante para la acuicultura: formular dietas capaces no solo de sostener el crecimiento, sino también de contribuir a la capacidad del pez para responder y recuperarse frente a los desafíos sanitarios.