Tierra del Fuego trasandino vuelve a estar en el centro de la conversación acuícola. Tras la derogación de la Ley 1.355, que prohibía la salmonicultura en la provincia Argentina desde 2021, y la reciente Ley Provincial N.º 1.601 de Acuicultura con su decreto reglamentario, comienzan a tomar forma los primeros proyectos de cultivo en sistemas de recirculación en tierra (RAS) para trucha, con escalas iniciales que rondan las 300 toneladas anuales. Es un momento fundamental, por lo que se defina ahora en términos técnicos y regulatorios va a marcar el estándar de toda una industria naciente, en una provincia que además está siendo observada de cerca por organizaciones ambientales y por la opinión pública.
En ese contexto, hay una dimensión que suele quedar subordinada a las discusiones ambientales, económicas y de empleo, pero que debería estar en la mesa desde el diseño mismo del proyecto, el bienestar animal. Algunos puntos que, desde la experiencia en salmonicultura chilena, considero que no deberían pasarse por alto:
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La dependencia crítica de la tecnología RAS
Un sistema RAS bien diseñado puede ofrecer un control ambiental superior al de un sistema abierto: temperatura, oxígeno disuelto, amonio y CO₂ estables dentro de rangos óptimos. Pero esa misma sofisticación es un arma de doble filo, ya que una falla eléctrica, un corte en el suministro de oxígeno o un colapso en la biofiltración pueden derivar en mortalidades masivas en cuestión de horas. Para un proyecto que recién comienza, no solo es importante la existencia de sistemas de respaldo, sino que existan protocolos de contingencia probados y personal entrenado para reaccionar a tiempo.
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Densidades de cultivo y su relación con el comportamiento
La trucha, a diferencia del salmón, tiene conocimientos aplicados más acotados en sistemas RAS de esta escala en el Cono Sur. Las densidades de cultivo que funcionan bien en un contexto no necesariamente son transferibles sin ajuste, y el efecto de la densidad sobre el estrés crónico, la competencia y el desarrollo de aletas es un indicador de bienestar que debería monitorearse desde el primer ciclo productivo, no ajustarse después de observar problemas.
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Manejo, clasificación y transporte con baja tolerancia al error
Todo manejo, graduación, vacunación, traslado a otras unidades, entre otros, es una fuente de estrés agudo. En un sistema en tierra, donde los animales están además en un entorno más artificial que el marino, la calidad del manejo (tiempos de ayuno, uso de anestesia cuando corresponda, densidad durante el traslado) tiene un peso proporcionalmente mayor sobre el bienestar acumulado del ciclo.
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Sacrificio humanitario como estándar
Cualquier proyecto nuevo debería definir desde el día uno un método de insensibilización y sacrificio validado, con verificación de pérdida de conciencia y no solo de «inmovilidad». Este es uno de los puntos donde certificaciones como BAP o ASC ya exigen evidencia objetiva, y donde adelantarse evita rediseños costosos más adelante.
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Personal capacitado y una figura responsable de bienestar
La escala inicial (300 toneladas) puede tentar a operar con estructuras livianas. Pero la ausencia de un responsable de bienestar animal formado, con autoridad real para detener o modificar un manejo, es una de las brechas más comunes que observamos en proyectos que recién arrancan.
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Trazabilidad de indicadores objetivos de bienestar (OWIs)
No basta con monitorear calidad de agua. Indicadores como daño de aletas, prevalencia de cataratas, deformidades opercular, condición corporal y mortalidad por causa deberían registrarse de forma sistemática desde el inicio, tanto para gestión operativa como para sostener cualquier proceso de certificación futuro.
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El costo reputacional de no anticiparse
Este proyecto nace bajo un foco público inusual para la acuicultura regional, la derogación de la ley que prohibía la actividad fue estrecha y disputada, y ya existen organizaciones observando de cerca su desarrollo. Un incidente de bienestar animal temprano, evitable con protocolos básicos, tiene un costo reputacional desproporcionado en este escenario, más allá del impacto productivo directo.
Ninguno de estos puntos es exclusivo de Tierra del Fuego ni de la trucha; son los mismos principios que debieran regir cualquier proyecto acuícola nuevo. Pero la combinación de tecnología RAS aún poco probada a esta escala en la región trasandina, escrutinio público elevado y ausencia de un historial operativo local hace que valga la pena decirlo con claridad, el bienestar animal debería ser parte del diseño de ingeniería y del plan de manejo desde el primer día, no una capa que se agrega después.



















