La competitividad y sostenibilidad de nuestra economía dependen en gran medida de la innovación, especialmente en sectores donde Chile posee ventajas comparativas y en aquellos emergentes con alto potencial. Además de los incentivos del Estado y algunas fundaciones privadas a través de instrumentos de cofinanciamiento, el impulso a startups, emprendimientos dinámicos y la formación de capital humano avanzado, la cooperación entre los sectores público, privado y académico es clave, así lo destacó Adolfo Alvial en una columna de opinión publicada en el Llanquihue.
Chile ha avanzado en esta dirección, aunque a un ritmo que no se condice con la rapidez de los cambios globales ni con el progreso de economías que compiten con nosotros en mercados internacionales. Es urgente ajustar políticas, instrumentos y financiamiento en este ámbito. De lo contrario, la brecha con economías desarrolladas se ampliará, alejándonos de las posiciones de liderazgo alcanzadas en minería, acuicultura, pesca, agricultura, agroindustria, energías renovables, turismo, servicios financieros y tecnología.
Por ello, esfuerzos territoriales como el Plan Innova Puerto Montt pueden potenciar el desarrollo al integrar actores locales, generando soluciones más robustas y de mayor alcance.
Sin embargo, hay un aspecto clave que suele pasarse por alto: el rol de los proveedores en industrias como la del salmón. En los clústeres industriales, donde productores, proveedores, academia y organismos de investigación y fomento del Estado interactúan de manera virtuosa, la innovación se potencia y fortalece la resiliencia del sector.
En la salmonicultura, los proveedores han sido fundamentales, conformando un ecosistema de I+D+I robusto, probablemente el más grande del hemisferio sur.
Han aportado constantemente mejoras en productos, procesos y prácticas productivas, con un profundo conocimiento del sector y sus desafíos. Invierten fuertemente en tecnología y cumplen exigentes estándares de certificación y buenas prácticas.
No obstante, en tiempos de crisis económica, la caída en la demanda por sus servicios y la preferencia por oferentes más baratos, aunque de menor calidad, los pone en riesgo.
De esa forma, muchos proveedores, especialmente los pequeños, terminan quebrando o emigrando a otros sectores, lo que implica la pérdida de capacidades clave que tardan años en recuperarse.
Proteger a los proveedores de base científico-tecnológica y sus patentes es fundamental para garantizar el futuro de la salmonicultura y de otras industrias estratégicas.
Esta protección no sólo beneficia a un sector, sino que a toda la economía.



















