El ruido también deja huella: la etapa de agua dulce podría preparar al salmón para enfrentar el estrés en el mar
Un estudio desarrollado por investigadores de la Norwegian University of Life Sciences, Deakin University, y el Institute of Marine Research revela que no solo importa cuánto ruido experimenta el salmón del Atlántico, sino también cuán predecible es. La experiencia acústica durante la fase de agua dulce puede modificar la respuesta conductual y neuroendocrina de los peces semanas después de su traslado al mar.
En la salmonicultura, el ruido suele formar parte del paisaje productivo: bombas, sistemas de alimentación, embarcaciones, motores, maquinaria y operaciones rutinarias acompañan al pez durante distintas etapas de su ciclo. Pero una nueva investigación plantea que el desafío no estaría únicamente en la intensidad del sonido. La predictibilidad del ambiente acústico durante la etapa de agua dulce podría ser un factor determinante para la manera en que el salmón enfrenta posteriormente los estímulos impredecibles de una jaula marina.
El estudio “Effects of intensity and predictability of the environmental soundscape in Atlantic salmon”, liderado por Marco A. Vindas junto a investigadores de la Norwegian University of Life Sciences, Deakin University y el Institute of Marine Research de Noruega, examinó precisamente esta relación. El trabajo fue aceptado el 30 de julio de 2026 y publicado online el 31 de julio en Aquaculture.
La pregunta resulta particularmente relevante para una industria que busca avanzar desde una mirada reactiva del bienestar hacia estrategias preventivas: ¿puede el ambiente que experimenta el pez antes de llegar al mar influir en su capacidad para responder a los desafíos posteriores?. La respuesta de este experimento apunta a que sí.
Tres ambientes acústicos para seguir al salmón
Los investigadores trabajaron con salmón del Atlántico de la cepa AquaGen y establecieron tres grupos durante aproximadamente dos meses en agua dulce: uno expuesto a sonidos predecibles asociados a actividades de cultivo, otro sometido a sonidos impredecibles y un grupo control expuesto a niveles ambientales de menor intensidad.
Posteriormente, después de la esmoltificación, los peces fueron trasladados a jaulas marinas durante seis semanas. Allí, todos los grupos quedaron expuestos al mismo ambiente sonoro impredecible característico de una operación marina, incluyendo actividad de personas y embarcaciones.
El diseño permitió separar dos elementos que normalmente aparecen mezclados en una piscicultura o centro de cultivo: la intensidad del sonido y su predictibilidad.
Los niveles registrados durante el experimento muestran además la amplitud del desafío acústico. En el grupo control se registraron niveles de 70–117 dB re 1 μPa; en el grupo de sonido predecible, 95–151 dB; y en el grupo impredecible, 78–158 dB. Los estímulos incluían sonidos de embarcaciones, compuertas y operaciones asociadas a wellboats y desparasitación.
La primera señal apareció en el comportamiento
Durante la fase de agua dulce, los salmones expuestos al sonido predecible mostraron una disminución progresiva de los patrones de natación alterados. En otras palabras, los peces fueron capaces de habituarse al ambiente acústico repetitivo.
Algo similar ocurrió con el grupo expuesto a sonidos impredecibles: al inicio, el comienzo de un estímulo provocaba una alteración marcada del patrón de natación y una respuesta de sobresalto, pero esa diferencia disminuyó con el avance del experimento.
Los autores interpretan estos resultados como evidencia de habituación a sonidos repetidos, independientemente de que estos fueran predecibles o impredecibles. Pero el resultado más interesante apareció después del traslado al mar.
La experiencia previa cambió la respuesta en las jaulas
Una vez en agua de mar, todos los peces enfrentaron un escenario acústico impredecible. Ante el encendido de los motores de las embarcaciones, todos los grupos modificaron su comportamiento.
Sin embargo, los peces que habían permanecido en el ambiente más silencioso y predecible durante la etapa de agua dulce —el grupo control— presentaron una respuesta menos prolongada frente al ruido impredecible. Mostraron el sobresalto esperado y luego regresaron más rápidamente a su patrón normal de natación que los peces previamente expuestos al sonido predecible.
Esto introduce una idea especialmente relevante para la producción: acostumbrar al pez a un ambiente ruidoso y predecible no necesariamente significa prepararlo mejor para enfrentar el ruido impredecible del mar.
De hecho, el estudio apunta en la dirección contraria. Los investigadores concluyen que proporcionar un ambiente acústico de baja intensidad durante la fase de agua dulce podría favorecer una mayor resiliencia cuando el pez posteriormente se enfrenta al paisaje sonoro impredecible típico de las jaulas marinas.
El cortisol cuenta una historia más compleja
El comportamiento, sin embargo, fue solo una parte de la investigación. Los científicos también analizaron cortisol plasmático, actividad de neurotransmisores y expresión de genes asociados a diferentes procesos fisiológicos en el cerebro.
En el caso del cortisol basal, no encontraron un aumento crónico asociado directamente a los tratamientos acústicos en los momentos evaluados. Los niveles aumentaron con el tiempo, pero no se observaron diferencias significativas entre los tratamientos.
Frente a una prueba aguda de confinamiento, en cambio, todos los grupos elevaron significativamente el cortisol. Durante la fase de agua dulce, las concentraciones posteriores al estrés estuvieron aproximadamente entre 50 y 100 ng/ml, mientras que durante la etapa marina alcanzaron aproximadamente 100–200 ng/ml.
Hay, no obstante, un dato que los investigadores consideran especialmente interesante: durante la fase marina, el incremento de cortisol desde las condiciones basales hasta el estrés agudo fue de aproximadamente 78% en los grupos sometidos previamente a tratamientos acústicos, frente a 40% en el grupo control.
La diferencia no alcanzó significación estadística entre tratamientos, por lo que los autores advierten que debe ser investigada con mayor profundidad. Pero plantea una pregunta relevante sobre cómo la experiencia acústica previa puede modificar la regulación neuroendocrina del pez.
El cerebro revela otra diferencia
Uno de los aspectos más sofisticados del estudio fue el análisis de la actividad serotoninérgica en distintas regiones cerebrales. La serotonina participa en la respuesta al estrés y en procesos vinculados con el balance energético y la plasticidad neural. En el experimento, los peces control y los expuestos previamente a sonido impredecible mostraron incrementos de actividad serotoninérgica ante el estrés agudo durante la etapa marina.
El grupo que había experimentado sonido predecible mostró, en cambio, una respuesta serotoninérgica generalmente más atenuada. Los investigadores destacan que una respuesta serotoninérgica más débil acompañada de un aumento del cortisol ha sido asociada en investigaciones previas con una posible desregulación de la respuesta neuroendocrina frente al estrés crónico.
Esto no significa que el estudio demuestre que el ruido predecible provoque estrés crónico. De hecho, los propios autores son cautelosos con esa interpretación. Lo que sí muestran los resultados es que la experiencia acústica previa puede modificar la manera en que el sistema neuroendocrino responde posteriormente a un desafío.
¿Y los genes?
El estudio también encontró señales moleculares que merecen atención, aunque los autores reconocen que requieren investigaciones adicionales. Durante la fase de agua dulce, el grupo expuesto a sonidos impredecibles presentó una mayor expresión del gen pomca2, tanto en condiciones basales como después del estrés agudo, respecto del grupo control.
Este gen participa en el eje HPI —homólogo del eje de respuesta al estrés en peces— y está relacionado con moléculas involucradas en la señalización de la respuesta al estrés y la homeostasis energética.
También se observó una mayor expresión del gen ependymine en el grupo sometido a sonido impredecible después del estrés agudo. Los investigadores plantean que podría estar relacionado con procesos de plasticidad sináptica, aunque subrayan que la interpretación todavía es limitada.
Precisamente por eso, el estudio evita convertir estos resultados moleculares en conclusiones definitivas. Los autores señalan que sería necesario analizar más regiones cerebrales y otros tejidos para comprender mejor el papel de estos genes en la respuesta a la predictibilidad del sonido.
Una nueva variable para el manejo productivo
El principal mensaje para la industria no es que haya que eliminar todo sonido de las instalaciones. El propio estudio muestra que los salmones pueden habituarse a sonidos repetidos. La cuestión parece ser más sofisticada: qué sonidos reciben, con qué intensidad, durante cuánto tiempo y, especialmente, qué tan previsibles son esos estímulos.
En este sentido, el ambiente acústico comienza a emerger como una variable de manejo que podría incorporarse al diseño de instalaciones y protocolos de bienestar.
Los autores sugieren medidas concretas para reducir la exposición sonora durante la etapa de agua dulce, entre ellas instalar barreras acústicas entre estanques, bombas y maquinaria; separar físicamente las fuentes de sonido; utilizar sistemas de amortiguación de vibraciones y emplear soluciones hidráulicas que permitan disminuir la transmisión del ruido.
La lógica es interesante: en lugar de entrenar al salmón para soportar un ambiente más ruidoso, podría ser más eficiente reducir el ruido innecesario durante una etapa temprana y permitir que el pez llegue al mar con una mayor capacidad para responder frente a estímulos impredecibles.
El desafío: pasar del decibel a la estrategia
Para la salmonicultura, quizás la conclusión más importante sea que medir únicamente la intensidad sonora podría resultar insuficiente. Dos instalaciones pueden presentar niveles acústicos similares y, sin embargo, generar experiencias completamente distintas para los peces si una mantiene sonidos constantes y otra presenta estímulos abruptos e impredecibles.
El estudio de Vindas y sus colegas plantea que la “arquitectura” temporal del sonido también forma parte del ambiente productivo. Y aquí aparece una posible nueva frontera para el bienestar acuícola: así como la industria ha aprendido a gestionar temperatura, oxígeno, salinidad, densidad y alimentación, el paisaje acústico podría comenzar a ser considerado como una variable ambiental susceptible de diseño y control.
Los resultados no permiten afirmar todavía que reducir el ruido en agua dulce se traduzca directamente en mejores tasas de crecimiento, conversión alimenticia, supervivencia o productividad. Tampoco demuestran efectos permanentes durante todo el ciclo productivo. Los propios autores señalan que los efectos observados deben interpretarse dentro del período estudiado y proponen investigaciones de mayor duración después del traslado al mar.
Pero la señal es suficientemente clara para abrir una discusión. En el salmón de cultivo, el ruido podría no ser simplemente parte del paisaje. Podría ser una experiencia que el pez lleva consigo desde una etapa productiva hacia la siguiente.
Y si la resiliencia frente al estrés comienza a construirse antes de que el salmón llegue al mar, entonces la gestión del sonido en agua dulce podría convertirse en una herramienta preventiva mucho más relevante de lo que hasta ahora se había considerado.
Lea el estudio completo aquí: Effects of intensity and predictability of the environmental soundscape in Atlantic salmon
En la salmonicultura, el ruido suele formar parte del paisaje productivo: bombas, sistemas de alimentación, embarcaciones, motores, maquinaria y operaciones rutinarias acompañan al pez durante distintas etapas de su ciclo. Pero una nueva investigación plantea que el desafío no estaría únicamente en la intensidad del sonido. La predictibilidad del ambiente acústico durante la etapa de agua dulce podría ser un factor determinante para la manera en que el salmón enfrenta posteriormente los estímulos impredecibles de una jaula marina.
El estudio “Effects of intensity and predictability of the environmental soundscape in Atlantic salmon”, liderado por Marco A. Vindas junto a investigadores de la Norwegian University of Life Sciences, Deakin University y el Institute of Marine Research de Noruega, examinó precisamente esta relación. El trabajo fue aceptado el 30 de julio de 2026 y publicado online el 31 de julio en Aquaculture.
La pregunta resulta particularmente relevante para una industria que busca avanzar desde una mirada reactiva del bienestar hacia estrategias preventivas: ¿puede el ambiente que experimenta el pez antes de llegar al mar influir en su capacidad para responder a los desafíos posteriores?. La respuesta de este experimento apunta a que sí.
Tres ambientes acústicos para seguir al salmón
Los investigadores trabajaron con salmón del Atlántico de la cepa AquaGen y establecieron tres grupos durante aproximadamente dos meses en agua dulce: uno expuesto a sonidos predecibles asociados a actividades de cultivo, otro sometido a sonidos impredecibles y un grupo control expuesto a niveles ambientales de menor intensidad.
OXZO1200x200
OXZO1200x200
Posteriormente, después de la esmoltificación, los peces fueron trasladados a jaulas marinas durante seis semanas. Allí, todos los grupos quedaron expuestos al mismo ambiente sonoro impredecible característico de una operación marina, incluyendo actividad de personas y embarcaciones.
El diseño permitió separar dos elementos que normalmente aparecen mezclados en una piscicultura o centro de cultivo: la intensidad del sonido y su predictibilidad.
Los niveles registrados durante el experimento muestran además la amplitud del desafío acústico. En el grupo control se registraron niveles de 70–117 dB re 1 μPa; en el grupo de sonido predecible, 95–151 dB; y en el grupo impredecible, 78–158 dB. Los estímulos incluían sonidos de embarcaciones, compuertas y operaciones asociadas a wellboats y desparasitación.
La primera señal apareció en el comportamiento
Durante la fase de agua dulce, los salmones expuestos al sonido predecible mostraron una disminución progresiva de los patrones de natación alterados. En otras palabras, los peces fueron capaces de habituarse al ambiente acústico repetitivo.
Algo similar ocurrió con el grupo expuesto a sonidos impredecibles: al inicio, el comienzo de un estímulo provocaba una alteración marcada del patrón de natación y una respuesta de sobresalto, pero esa diferencia disminuyó con el avance del experimento.
Los autores interpretan estos resultados como evidencia de habituación a sonidos repetidos, independientemente de que estos fueran predecibles o impredecibles. Pero el resultado más interesante apareció después del traslado al mar.
La experiencia previa cambió la respuesta en las jaulas
Una vez en agua de mar, todos los peces enfrentaron un escenario acústico impredecible. Ante el encendido de los motores de las embarcaciones, todos los grupos modificaron su comportamiento.
Sin embargo, los peces que habían permanecido en el ambiente más silencioso y predecible durante la etapa de agua dulce —el grupo control— presentaron una respuesta menos prolongada frente al ruido impredecible. Mostraron el sobresalto esperado y luego regresaron más rápidamente a su patrón normal de natación que los peces previamente expuestos al sonido predecible.
Esto introduce una idea especialmente relevante para la producción: acostumbrar al pez a un ambiente ruidoso y predecible no necesariamente significa prepararlo mejor para enfrentar el ruido impredecible del mar.
De hecho, el estudio apunta en la dirección contraria. Los investigadores concluyen que proporcionar un ambiente acústico de baja intensidad durante la fase de agua dulce podría favorecer una mayor resiliencia cuando el pez posteriormente se enfrenta al paisaje sonoro impredecible típico de las jaulas marinas.
El cortisol cuenta una historia más compleja
El comportamiento, sin embargo, fue solo una parte de la investigación. Los científicos también analizaron cortisol plasmático, actividad de neurotransmisores y expresión de genes asociados a diferentes procesos fisiológicos en el cerebro.
En el caso del cortisol basal, no encontraron un aumento crónico asociado directamente a los tratamientos acústicos en los momentos evaluados. Los niveles aumentaron con el tiempo, pero no se observaron diferencias significativas entre los tratamientos.
Frente a una prueba aguda de confinamiento, en cambio, todos los grupos elevaron significativamente el cortisol. Durante la fase de agua dulce, las concentraciones posteriores al estrés estuvieron aproximadamente entre 50 y 100 ng/ml, mientras que durante la etapa marina alcanzaron aproximadamente 100–200 ng/ml.
Hay, no obstante, un dato que los investigadores consideran especialmente interesante: durante la fase marina, el incremento de cortisol desde las condiciones basales hasta el estrés agudo fue de aproximadamente 78% en los grupos sometidos previamente a tratamientos acústicos, frente a 40% en el grupo control.
La diferencia no alcanzó significación estadística entre tratamientos, por lo que los autores advierten que debe ser investigada con mayor profundidad. Pero plantea una pregunta relevante sobre cómo la experiencia acústica previa puede modificar la regulación neuroendocrina del pez.
El cerebro revela otra diferencia
Uno de los aspectos más sofisticados del estudio fue el análisis de la actividad serotoninérgica en distintas regiones cerebrales. La serotonina participa en la respuesta al estrés y en procesos vinculados con el balance energético y la plasticidad neural. En el experimento, los peces control y los expuestos previamente a sonido impredecible mostraron incrementos de actividad serotoninérgica ante el estrés agudo durante la etapa marina.
El grupo que había experimentado sonido predecible mostró, en cambio, una respuesta serotoninérgica generalmente más atenuada. Los investigadores destacan que una respuesta serotoninérgica más débil acompañada de un aumento del cortisol ha sido asociada en investigaciones previas con una posible desregulación de la respuesta neuroendocrina frente al estrés crónico.
Esto no significa que el estudio demuestre que el ruido predecible provoque estrés crónico. De hecho, los propios autores son cautelosos con esa interpretación. Lo que sí muestran los resultados es que la experiencia acústica previa puede modificar la manera en que el sistema neuroendocrino responde posteriormente a un desafío.
¿Y los genes?
El estudio también encontró señales moleculares que merecen atención, aunque los autores reconocen que requieren investigaciones adicionales. Durante la fase de agua dulce, el grupo expuesto a sonidos impredecibles presentó una mayor expresión del gen pomca2, tanto en condiciones basales como después del estrés agudo, respecto del grupo control.
Este gen participa en el eje HPI —homólogo del eje de respuesta al estrés en peces— y está relacionado con moléculas involucradas en la señalización de la respuesta al estrés y la homeostasis energética.
También se observó una mayor expresión del gen ependymine en el grupo sometido a sonido impredecible después del estrés agudo. Los investigadores plantean que podría estar relacionado con procesos de plasticidad sináptica, aunque subrayan que la interpretación todavía es limitada.
Precisamente por eso, el estudio evita convertir estos resultados moleculares en conclusiones definitivas. Los autores señalan que sería necesario analizar más regiones cerebrales y otros tejidos para comprender mejor el papel de estos genes en la respuesta a la predictibilidad del sonido.
Una nueva variable para el manejo productivo
El principal mensaje para la industria no es que haya que eliminar todo sonido de las instalaciones. El propio estudio muestra que los salmones pueden habituarse a sonidos repetidos. La cuestión parece ser más sofisticada: qué sonidos reciben, con qué intensidad, durante cuánto tiempo y, especialmente, qué tan previsibles son esos estímulos.
En este sentido, el ambiente acústico comienza a emerger como una variable de manejo que podría incorporarse al diseño de instalaciones y protocolos de bienestar.
Los autores sugieren medidas concretas para reducir la exposición sonora durante la etapa de agua dulce, entre ellas instalar barreras acústicas entre estanques, bombas y maquinaria; separar físicamente las fuentes de sonido; utilizar sistemas de amortiguación de vibraciones y emplear soluciones hidráulicas que permitan disminuir la transmisión del ruido.
La lógica es interesante: en lugar de entrenar al salmón para soportar un ambiente más ruidoso, podría ser más eficiente reducir el ruido innecesario durante una etapa temprana y permitir que el pez llegue al mar con una mayor capacidad para responder frente a estímulos impredecibles.
El desafío: pasar del decibel a la estrategia
Para la salmonicultura, quizás la conclusión más importante sea que medir únicamente la intensidad sonora podría resultar insuficiente. Dos instalaciones pueden presentar niveles acústicos similares y, sin embargo, generar experiencias completamente distintas para los peces si una mantiene sonidos constantes y otra presenta estímulos abruptos e impredecibles.
El estudio de Vindas y sus colegas plantea que la “arquitectura” temporal del sonido también forma parte del ambiente productivo. Y aquí aparece una posible nueva frontera para el bienestar acuícola: así como la industria ha aprendido a gestionar temperatura, oxígeno, salinidad, densidad y alimentación, el paisaje acústico podría comenzar a ser considerado como una variable ambiental susceptible de diseño y control.
Los resultados no permiten afirmar todavía que reducir el ruido en agua dulce se traduzca directamente en mejores tasas de crecimiento, conversión alimenticia, supervivencia o productividad. Tampoco demuestran efectos permanentes durante todo el ciclo productivo. Los propios autores señalan que los efectos observados deben interpretarse dentro del período estudiado y proponen investigaciones de mayor duración después del traslado al mar.
Pero la señal es suficientemente clara para abrir una discusión. En el salmón de cultivo, el ruido podría no ser simplemente parte del paisaje. Podría ser una experiencia que el pez lleva consigo desde una etapa productiva hacia la siguiente.
Y si la resiliencia frente al estrés comienza a construirse antes de que el salmón llegue al mar, entonces la gestión del sonido en agua dulce podría convertirse en una herramienta preventiva mucho más relevante de lo que hasta ahora se había considerado.