Donde el mar se convierte en camino: siete días a bordo del Buque Escuela Capitán Williams
El sábado 22 de agosto subí a un buque para cubrir una actividad de la industria del salmón. Una semana después, un refrigerador estaba tirado en el piso de la cocina mientras yo intentaba dormir en medio del Golfo Corcovado. Entre ambas escenas hubo localidades que hasta entonces, no había escuchado, cientos de estudiantes y vecinos recorriendo el buque, salmón y proyectos comunitarios.
Cuando el Buque Escuela Capitán Williams zarpó desde Puerto Montt, poco después del mediodía, yo estaba afuera del puente de mando viendo cómo se alejaba una ciudad que conocía bien.
No sentí gran cosa, pensé que era un viaje más.
Había llegado temprano. Fui uno de los primeros pasajeros en instalarse y aproveché ese momento para conocer el lugar que sería mi «casa» durante los próximos siete días.
Mi camarote era sencillo. Una litera, mi bolso, mis cosas y de fondo, el sonido permanente del motor del buque.
El sonido del motor, me despertaban durante la noche. Cuando el Capitán Williams debía zarpar de madrugada, el enorme sonido del motor anunciaba que nos dirigíamos el siguiente puerto. Con los días ocurrió algo extraño, dejé de prestarle atención. El motor seguía sonando, solo que yo aprendí a dormir con el ruido.
El Buque Escuela Capitan Williams es el primer Buque de Instrucción mMarítima del país. Foto: InfoSALMON
Éramos alrededor 15 personas entre tripulantes e invitados. Rosita Muñoz, la “Cuki” del buque. fue con quien conversé primero.
Rosita fue también una de las primeras personas que intentó explicarme cómo se vive cuando el mar se convierte en lugar de trabajo.
Ella me dijo que el mar la había casado.
Hablaba de personas que pueden pasar semanas o meses embarcadas y una forma de relacionarse con la incertidumbre que desde tierra cuesta comprender. También descubrí que a bordo, todo se puede convertir en motivo para bromear.
El viaje
Había llegado como periodista de InfoSALMON para acompañar la «Ruta por Fiordos y Canales de Chiloé a Aysén», una iniciativa impulsada por SalmonChile y ARMASUR para acercar la formación técnico-profesional, la actividad marítima y distintos aspectos de la salmonicultura a estudiantes y comunidades.
El itinerario contemplaba 8 días entre el zarpe y el retorno, con escalas desde Melinka hasta Puerto Chacabuco y originalmente Quellón.
El Buque se convertiría durante esos días en una especie de casa abierta itinerante, y no era solo una frase.
A bordo del buque, los estudiantes podían entrar al Puente de mando, conocer la sala de máquinas y recorrer distintas experiencias relacionadas con la actividad productiva. AKVA Group desarrolló un juego interactivo, Multi X aportó equipos de realidad virtual, Innovex permitió acercar tecnologías asociadas al monitoreo de agua. En este contexto, otras empresas y organizaciones también fueron parte del viaje, incluso con el trabajo de algunas se hizo posible materializar el viaje mediante aportes, contenidos, logística y salmón.
El destino principal era Puerto Chacabuco, donde participaríamos en la Feria Técnico-Profesional del Liceo Politécnico de Aysén.
Donde empiezan los fiordos
La primera parada fue en Melinka. Encontré un pueblo funcionando desde temprano. Niños, padres, trabajadores y autoridades siendo parte del buque.
Durante la mañana, estudiantes del Liceo Melinka y la Escuela de Repollal recorrieron el Capitán Williams. El programa contempló conocer iniciativas locales que SalmonChile y Huella Local mantienen con el sector. Junto a Felipe Díaz, director de comunidades de SalmonChile, salimos a recorres algunos de esos lugares, el terreno donde se proyecta una futura planta eléctrica y la multicancha donde prontamente se espera una mejora en infraestructura para el desarrollo deportivo de la comunidad. El itinerario había destinado toda la mañana a las visitas de estudiantes y proyectos comunitarios antes de zarpar rumbo al Archipiélago de Gala y Toto.
Manuel Bagnara (ARMASUR) y Felipe Díaz (SalmonChile) se reunieron con el alcalde de Guaitecas, Bans Puinao, durante la recalada del buque en Melinka. Foto: InfoSALMON.
Padre Antonio Ronchi
Durante la tarde llegamos a Gala y Toto.
Habíamos llegado apenas después del aniversario de la localidad y ahí fue donde escuché por primera vez un nombre que volvería a escuchar durante el viaje: el padre Antonio Ronchi. Conocimos parte de las obras e historias asociadas a su paso por el territorio. Después, en otras localidades, su nombre volvería a surgir en conversaciones con habitantes que incluso lo habían conocido.
Ahí comencé a sentir que estaba entrando en un territorio que difícilmente habría conocido de otra manera, en conversaciones con las personas del sector, me dijeron que tienen un problema de infraestructura eléctrica. Tienen luz desde las 8 de la mañana hasta 1 de la mañana.
Después de conocer el pueblo y recorrer los proyectos que tiene la localidad en conjunto con Huella local, el Capitán Williams se preparaba para seguir viajando.
Cuando salimos de Gala y Toto, salí a cubierta. En ese momento no llovía, hacía frío pero a esas alturas empezaba a acostumbrarme. Miré hacia afuera y durante kilómetros parecía repetirse la misma imagen. Mar y cerros, no había casas ni veía a personas.
Me quedé mirando uno de esos montes cuya altura destacaba por los demás y pensé «¿alguien habrá pisado alguna vez ese lugar?». En ese momento me di cuenta de que no sabía dónde estaba ni lo grande que son los fiordos australes de la Patagonia.
Dos horas sin luz
El lunes 24 llegamos a Puerto Cisnes. Ese día, estudiantes de acuicultura del Liceo Arturo Prat Chacón realizaron una clase de robótica a bordo y posteriormente recibimos a la brigada medioambiental de la Escuela Guido Gómez. La jornada también contempló una actividad gastronómica de cocina en vivo, a cargo del Chef Marcelo Torres. Unas de las personas que también viajaba con nosotros.
Alumnos de Puerto Cisnes visitaron el buque escuela para participar en talleres prácticos de robótica y tecnología aplicada. Foto: InfoSALMON.
En Puerto Gaviota, el buque no podía acercarse al pequeño muelle, así que esta vez no fuimos nosotros quienes llegamos primero a la comunidad. La comunidad llegó al buque.
Cuatro personas se acercaron en una lancha para subirse al buque. Después subimos a la lancha de Don José, pescador artesanal de la localidad, para recorrer Puerto Gaviota y conocer sus pasarelas, cuya remodelación estaba considerada entre los proyectos de vinculación territorial de la ruta.
En la lancha también viajaba la señora Galicia. En la lancha le pregunté:
-Señora Galicia ¿acá igual tienen problema de electricidad?
-No, no tenemos.
Luego Agregó:
-Solo se nos corta la luz dos horas en la noche.
No respondí.
Para mi, que se cortara la electricidad durante dos horas, era precisamente un problema de electricidad. Para ella, no lo era.
Esa respuesta me acompañó mientras caminábamos por Puerto Gaviota.
No habían autos. Las pasarelas recorrían la localidad, subiendo y bajando para conectar las casas. Habían perros, embarcaciones y un negocio, donde nos estaba esperando Don José para devolvernos al buque. En ese momento me di cuenta de que habían personas que parecían desempeñar muchas funciones a la vez.
En Puerto Gaviota, las tradicionales pasarelas y embarcaciones artesanales marcan la vida cotidiana y la conectividad del litoral. Foto: InfoSALMON.
Don José era una de ellas.
Pescador artesanal, conocedor de la localidad y dueño del minimarket, podía pasar rápidamente de hablar de la vida cotidiana a discutir legislación, pesca, empresas y organizaciones.
Tenía críticas.
Y no apuntaban únicamente hacia un sector.
«Tío ¿me deja ocupar la cámara?»
El martes 25 llegamos a Puerto Aguirre.
Durante la mañana debían subir alrededor de 80 estudiantes del Liceo de Islas Huichas, distribuidos en dos grupos. También estaba contemplada una visita al proyecto Fresch Water Solution y a la radio de la localidad.
Mientras los estudiantes recorrían el buque, yo hacía lo que había hecho durante todo el viaje. Grabar.
Hasta que uno de los niños se acercó.
-Tío, ¿me deja ocupar la cámara?
Se la pasé.
Después llegó otro. Y otro.
Querian mirar por ella, sacar fotos, probar herramientas que yo llevaba varios días utilizando casi mecánicamente como parte de mi trabajo a bordo del viaje.
En algún momento se formó una fila.
Yo estaba encantado, pero también estaba con miedo.
-Por favor, que no se caiga la cámara.
Tenía que seguir trabajando con ella durante el resto del viaje.
Los niños esperaban turnos para ocupar la cámara.
Algunos de los niños conocían bien el mundo marítimo porque sus familias trabajan en actividades relacionadas con el mar. Para otros, recorrer un buque que tiene salas de clases y encontrarse con la industria del salmón era una experiencia distinta.
Y ahí pensé algo que hasta entonces no había considerado. Quizás ocupar esa cámara durante un par de minutos significaba para alguno de ellos bastante más de lo que significaba para mí pasárselas.
En la Radio
Ese día también acompañé a Felipe Díaz y Manuel Bagnara, gerente general de ARMASUR, hasta la radio local. Ellos salieron al aire e invitaron a la comunidad a visitar el Buque Capitán Williams.
Terminó la entrevista y volvimos al buque.
No habían pasado mucho rato cuando empezó a llegar gente.
Conversando con unas señoras, les pregunté cómo se habían enterado que el buque estaba en el puerto.
-Por la radio.
Me sorprendió. La radio no estaba funcionando como ruido de fondo. Había anunciado que un buque estaba abierto a la comunidad y personas habían salido de sus casas para ir a conocerlo.
En una ruta que hablaba constantemente de conectividad, descentralización y territorio, aquella pequeña escena terminó explicándome esos conceptos mucho mejor que cualquier discurso.
También conocimos experiencias de colaboración entre establecimientos educacionales y el sector productivo. En el liceo visitamos Fresh Water Solution, una iniciativa vinculada al tratamiento del agua, y desde la comunidad educativa nos hablaron de distintos aportes realizados por empresas salmonicultoras en equipamiento e infraestructura.
Ahí fui entendiendo una dimensión de la industria que desde una oficina es difícil de observar. En esos territorios, la salmonicultura no aparecía solamente como centros de cultivo, toneladas producidas o cifras de exportación,
Aparecía en conversaciones, trabajadores, familias, estudiantes, proyectos y también aparecía en diferencias como las de Don José. Pero precisamente por eso había algo que valía la pena mirar, la relación era cotidiana.
Una sala de clases flotante
El miércoles 26 llegamos finalmente a Puerto Chacabuco, era el gran destino de la ruta.
El Capitán Williams pasó a formar parte de la Feria Técnico-Profesional del Liceo Politécnico de Aysén y durante miércoles y jueves recibimos sucesivamente a estudiantes de enseñanza media y formación técnica.
El programa contemplaba grupos durante prácticamente toda la jornada y posteriormente la apertura del buque para estudiantes del Centro de Formación Técnica de Aysén. Al día siguiente continuaron las visitas de terceros y cuartos medios antes del zarpe.
A esas altura ya conociamos la rutina. Recibir, recorrer, explicar, fotografiar, comer salmón, volver a empezar.
La comunidad de Aysén participó activamente en las jornadas de puertas abiertas organizadas durante la feria técnico-profesional. Foto: InfoSALMON.
Pero en Puerto Chacabuco el objetivo se hizo más evidente. En conversaciones con ONG Canales y actores vinculados a la educación técnico-profesional apareció una pregunta de fondo: ¿por qué un joven de Aysén que quiere desarrollar una carrera marítima debería necesariamente salir de su región para formarse?
ARMASUR y ONG Canales ya habían desarrollado experiencias de formación vinculadas al territorio en Los Lagos. Llevar esa experiencia hacia Aysén significaba acercar oportunidades laborales a jóvenes que viven precisamente en una región donde el mar forma parte de la economía y de la vida cotidiana.
Después de varios días navegando para llegar hasta ellos, la idea parecía bastante lógica. La industria del salmón también tenía interés en esa formación. Porque detrás de cada operación existen personas y muchas de ellas viven ahí.
El mar decide
Quellón debía ser nuestra última parada, pero no ocurrió.
El clima cambió nuestros planes, despues de permanecer fondeados esperando mejores condiciones, se tomó la decisión de cancelar la escala y regresar directamente a Puerto Montt.
Esa noche teníamos que enfrentar el Golfo Corcovado. Al rededor de las 8 pm comenzó el movimiento.
Yo estaba trabajando en el computador mientras conversaba con Juanito, jefe de máquinas.
Al principio pensé que no sería para tanto, pero después comencé a sentirme mal.
Juanito me seguía hablando.
Yo quería que se callara.
Me explicó que mirar fijamente el computador probablemente estaba empeorando el mareo. Tenía razón.
Lo cerré e intenté tomar agua. Subí al puente de mando y bajé otra vez.
No sabía donde estar para no sentir tanto el mareo.
Entonces comenzaron los golpes y a caerse las cosas. Primero fueron cosas pequeñas, papeles, lápices, carpetas y así.
Después escuché algo fuerte en la cocina. El bidón de agua estaba en el piso.
En el momento pensé, Ojalá no haya sido mi culpa.
No, fue el golfo.
Después empezaron a caer más cosas, cuadros, equipos, impresoras. Objetos que durante toda la semana habían permanecido en el mismo lugar.
Finalmente me fui a acostar, no puse música, no miré el teléfono. Solo quería esperar y que pase pronto el movimiento.
Estuve así quince minutos, entonces escuché algo mucho más fuerte y me levanté.
Fui hasta la cocina y el refrigerador estaba en el piso y habían cosas quebradas alrededor.
Lo miré y dije, «esto no lo puedo solucionar» y volví a acostarme .
El fuerte oleaje durante el cruce del Golfo Corcovado provocó la caída de equipos e insumos en el interior del buque escuela. Foto: InfoSALMON.
Durante las siguientes horas, mi música fue escuchar como las cosas se golpeaban o se caían.
Cerca de las 1 de la mañana, el movimiento disminuyó.
Ya habíamos dejado atrás lo peor.
Este mar lo conozco
A la mañana siguiente ocurrió algo que habría resultado difícil imaginar algunos años atrás.
En medio de la navegación coordinamos una entrevista con Radio El Conquistador. Gracias a la conexión satelital disponible en el Capitán Williams, el capitán Álvaro Bórquez pudo salir al aire mientras seguíamos navegando hacia Puerto Montt.
Después de una semana hablando de localidades aisladas, aquello también mostraba cómo está cambiando el territorio. Se puede estar navegando entre fiordos y seguir conectado con una radio a cientos de kilómetros.
Continuamos avanzando.
Hasta que empecé a reconocer cosas.
Durante días había salido a cubierta, mirado montañas y canales y pensado «¿Donde estoy?». Ahora miraba hacia afuera y ocurría lo contrario.
«Este mar lo conozco» dije.
Puerto Montt estaba cerca.
Comunidad y el viaje
Y después de pasar una semana avanzando apenas por una porción del sur austral pensé que Chile es larguísimo.
Cuando finalmente desembarcamos, la ciudad seguía exactamente donde la habíamos dejado. Volvía el tránsito. La señal del teléfono. Las calles. La rutina.
Antes de bajar nos sacamos una foto. Durante esos días yo había tomado cientos de fotos a estudiantes, vecinos, autoridades, trabajadores, tripulantes, paisajes.
De mí había pocas.
Al principio me dio algo de pena, después pensé que estaba bien. Yo no había subido al Capitán Williams para ser el protagonista. Había subido para contar lo que pasaba delante de mi cámara.
En el Capitán Williams entendí nuevamente por qué quería salir de ahí, hay cosas que un correo no puede contar. No puede explicar la naturalidad con que una mujer dice que vive dos horas sin electricidad, tampoco permite escuchar a Don José hablar desde Puerto Gaviota. No muestra a ochenta estudiantes entrando a un buque, no permite ver a un grupo de niños hacer fila para sostener una cámara.
Tampoco permite comprender completamente qué significa que una industria forme parte de un territorio hasta conversar con las personas que viven alrededor de ella.
Cuando el Buque Escuela Capitán Williams zarpó desde Puerto Montt, poco después del mediodía, yo estaba afuera del puente de mando viendo cómo se alejaba una ciudad que conocía bien.
Había llegado temprano. Fui uno de los primeros pasajeros en instalarse y aproveché ese momento para conocer el lugar que sería mi «casa» durante los próximos siete días.
Mi camarote era sencillo. Una litera, mi bolso, mis cosas y de fondo, el sonido permanente del motor del buque.
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El sonido del motor, me despertaban durante la noche. Cuando el Capitán Williams debía zarpar de madrugada, el enorme sonido del motor anunciaba que nos dirigíamos el siguiente puerto. Con los días ocurrió algo extraño, dejé de prestarle atención. El motor seguía sonando, solo que yo aprendí a dormir con el ruido.
El Buque Escuela Capitan Williams es el primer Buque de Instrucción mMarítima del país. Foto: InfoSALMON
Éramos alrededor 15 personas entre tripulantes e invitados. Rosita Muñoz, la “Cuki” del buque. fue con quien conversé primero.
Rosita fue también una de las primeras personas que intentó explicarme cómo se vive cuando el mar se convierte en lugar de trabajo.
Ella me dijo que el mar la había casado.
Hablaba de personas que pueden pasar semanas o meses embarcadas y una forma de relacionarse con la incertidumbre que desde tierra cuesta comprender. También descubrí que a bordo, todo se puede convertir en motivo para bromear.
El viaje
Había llegado como periodista de InfoSALMON para acompañar la «Ruta por Fiordos y Canales de Chiloé a Aysén», una iniciativa impulsada por SalmonChile y ARMASUR para acercar la formación técnico-profesional, la actividad marítima y distintos aspectos de la salmonicultura a estudiantes y comunidades.
El itinerario contemplaba 8 días entre el zarpe y el retorno, con escalas desde Melinka hasta Puerto Chacabuco y originalmente Quellón.
El Buque se convertiría durante esos días en una especie de casa abierta itinerante, y no era solo una frase.
A bordo del buque, los estudiantes podían entrar al Puente de mando, conocer la sala de máquinas y recorrer distintas experiencias relacionadas con la actividad productiva. AKVA Group desarrolló un juego interactivo, Multi X aportó equipos de realidad virtual, Innovex permitió acercar tecnologías asociadas al monitoreo de agua. En este contexto, otras empresas y organizaciones también fueron parte del viaje, incluso con el trabajo de algunas se hizo posible materializar el viaje mediante aportes, contenidos, logística y salmón.
El destino principal era Puerto Chacabuco, donde participaríamos en la Feria Técnico-Profesional del Liceo Politécnico de Aysén.
Donde empiezan los fiordos
La primera parada fue en Melinka. Encontré un pueblo funcionando desde temprano. Niños, padres, trabajadores y autoridades siendo parte del buque.
Durante la mañana, estudiantes del Liceo Melinka y la Escuela de Repollal recorrieron el Capitán Williams. El programa contempló conocer iniciativas locales que SalmonChile y Huella Local mantienen con el sector. Junto a Felipe Díaz, director de comunidades de SalmonChile, salimos a recorres algunos de esos lugares, el terreno donde se proyecta una futura planta eléctrica y la multicancha donde prontamente se espera una mejora en infraestructura para el desarrollo deportivo de la comunidad. El itinerario había destinado toda la mañana a las visitas de estudiantes y proyectos comunitarios antes de zarpar rumbo al Archipiélago de Gala y Toto.
Manuel Bagnara (ARMASUR) y Felipe Díaz (SalmonChile) se reunieron con el alcalde de Guaitecas, Bans Puinao, durante la recalada del buque en Melinka. Foto: InfoSALMON.
Padre Antonio Ronchi
Durante la tarde llegamos a Gala y Toto.
Habíamos llegado apenas después del aniversario de la localidad y ahí fue donde escuché por primera vez un nombre que volvería a escuchar durante el viaje: el padre Antonio Ronchi. Conocimos parte de las obras e historias asociadas a su paso por el territorio. Después, en otras localidades, su nombre volvería a surgir en conversaciones con habitantes que incluso lo habían conocido.
Ahí comencé a sentir que estaba entrando en un territorio que difícilmente habría conocido de otra manera, en conversaciones con las personas del sector, me dijeron que tienen un problema de infraestructura eléctrica. Tienen luz desde las 8 de la mañana hasta 1 de la mañana.
Después de conocer el pueblo y recorrer los proyectos que tiene la localidad en conjunto con Huella local, el Capitán Williams se preparaba para seguir viajando.
Cuando salimos de Gala y Toto, salí a cubierta. En ese momento no llovía, hacía frío pero a esas alturas empezaba a acostumbrarme. Miré hacia afuera y durante kilómetros parecía repetirse la misma imagen. Mar y cerros, no había casas ni veía a personas.
Me quedé mirando uno de esos montes cuya altura destacaba por los demás y pensé «¿alguien habrá pisado alguna vez ese lugar?». En ese momento me di cuenta de que no sabía dónde estaba ni lo grande que son los fiordos australes de la Patagonia.
Dos horas sin luz
El lunes 24 llegamos a Puerto Cisnes. Ese día, estudiantes de acuicultura del Liceo Arturo Prat Chacón realizaron una clase de robótica a bordo y posteriormente recibimos a la brigada medioambiental de la Escuela Guido Gómez. La jornada también contempló una actividad gastronómica de cocina en vivo, a cargo del Chef Marcelo Torres. Unas de las personas que también viajaba con nosotros.
Alumnos de Puerto Cisnes visitaron el buque escuela para participar en talleres prácticos de robótica y tecnología aplicada. Foto: InfoSALMON.
En Puerto Gaviota, el buque no podía acercarse al pequeño muelle, así que esta vez no fuimos nosotros quienes llegamos primero a la comunidad. La comunidad llegó al buque.
Cuatro personas se acercaron en una lancha para subirse al buque. Después subimos a la lancha de Don José, pescador artesanal de la localidad, para recorrer Puerto Gaviota y conocer sus pasarelas, cuya remodelación estaba considerada entre los proyectos de vinculación territorial de la ruta.
En la lancha también viajaba la señora Galicia. En la lancha le pregunté:
-Señora Galicia ¿acá igual tienen problema de electricidad?
-No, no tenemos.
Luego Agregó:
-Solo se nos corta la luz dos horas en la noche.
No respondí.
Para mi, que se cortara la electricidad durante dos horas, era precisamente un problema de electricidad. Para ella, no lo era.
Esa respuesta me acompañó mientras caminábamos por Puerto Gaviota.
No habían autos. Las pasarelas recorrían la localidad, subiendo y bajando para conectar las casas. Habían perros, embarcaciones y un negocio, donde nos estaba esperando Don José para devolvernos al buque. En ese momento me di cuenta de que habían personas que parecían desempeñar muchas funciones a la vez.
En Puerto Gaviota, las tradicionales pasarelas y embarcaciones artesanales marcan la vida cotidiana y la conectividad del litoral. Foto: InfoSALMON.
Don José era una de ellas.
Pescador artesanal, conocedor de la localidad y dueño del minimarket, podía pasar rápidamente de hablar de la vida cotidiana a discutir legislación, pesca, empresas y organizaciones.
Tenía críticas.
Y no apuntaban únicamente hacia un sector.
«Tío ¿me deja ocupar la cámara?»
El martes 25 llegamos a Puerto Aguirre.
Durante la mañana debían subir alrededor de 80 estudiantes del Liceo de Islas Huichas, distribuidos en dos grupos. También estaba contemplada una visita al proyecto Fresch Water Solution y a la radio de la localidad.
Mientras los estudiantes recorrían el buque, yo hacía lo que había hecho durante todo el viaje. Grabar.
Hasta que uno de los niños se acercó.
-Tío, ¿me deja ocupar la cámara?
Se la pasé.
Después llegó otro. Y otro.
Querian mirar por ella, sacar fotos, probar herramientas que yo llevaba varios días utilizando casi mecánicamente como parte de mi trabajo a bordo del viaje.
En algún momento se formó una fila.
Yo estaba encantado, pero también estaba con miedo.
-Por favor, que no se caiga la cámara.
Tenía que seguir trabajando con ella durante el resto del viaje.
Los niños esperaban turnos para ocupar la cámara.
Algunos de los niños conocían bien el mundo marítimo porque sus familias trabajan en actividades relacionadas con el mar. Para otros, recorrer un buque que tiene salas de clases y encontrarse con la industria del salmón era una experiencia distinta.
Y ahí pensé algo que hasta entonces no había considerado. Quizás ocupar esa cámara durante un par de minutos significaba para alguno de ellos bastante más de lo que significaba para mí pasárselas.
En la Radio
Ese día también acompañé a Felipe Díaz y Manuel Bagnara, gerente general de ARMASUR, hasta la radio local. Ellos salieron al aire e invitaron a la comunidad a visitar el Buque Capitán Williams.
Terminó la entrevista y volvimos al buque.
No habían pasado mucho rato cuando empezó a llegar gente.
Conversando con unas señoras, les pregunté cómo se habían enterado que el buque estaba en el puerto.
-Por la radio.
Me sorprendió. La radio no estaba funcionando como ruido de fondo. Había anunciado que un buque estaba abierto a la comunidad y personas habían salido de sus casas para ir a conocerlo.
En una ruta que hablaba constantemente de conectividad, descentralización y territorio, aquella pequeña escena terminó explicándome esos conceptos mucho mejor que cualquier discurso.
También conocimos experiencias de colaboración entre establecimientos educacionales y el sector productivo. En el liceo visitamos Fresh Water Solution, una iniciativa vinculada al tratamiento del agua, y desde la comunidad educativa nos hablaron de distintos aportes realizados por empresas salmonicultoras en equipamiento e infraestructura.
Ahí fui entendiendo una dimensión de la industria que desde una oficina es difícil de observar. En esos territorios, la salmonicultura no aparecía solamente como centros de cultivo, toneladas producidas o cifras de exportación,
Aparecía en conversaciones, trabajadores, familias, estudiantes, proyectos y también aparecía en diferencias como las de Don José. Pero precisamente por eso había algo que valía la pena mirar, la relación era cotidiana.
Una sala de clases flotante
El miércoles 26 llegamos finalmente a Puerto Chacabuco, era el gran destino de la ruta.
El Capitán Williams pasó a formar parte de la Feria Técnico-Profesional del Liceo Politécnico de Aysén y durante miércoles y jueves recibimos sucesivamente a estudiantes de enseñanza media y formación técnica.
El programa contemplaba grupos durante prácticamente toda la jornada y posteriormente la apertura del buque para estudiantes del Centro de Formación Técnica de Aysén. Al día siguiente continuaron las visitas de terceros y cuartos medios antes del zarpe.
A esas altura ya conociamos la rutina. Recibir, recorrer, explicar, fotografiar, comer salmón, volver a empezar.
La comunidad de Aysén participó activamente en las jornadas de puertas abiertas organizadas durante la feria técnico-profesional. Foto: InfoSALMON.
Pero en Puerto Chacabuco el objetivo se hizo más evidente. En conversaciones con ONG Canales y actores vinculados a la educación técnico-profesional apareció una pregunta de fondo: ¿por qué un joven de Aysén que quiere desarrollar una carrera marítima debería necesariamente salir de su región para formarse?
ARMASUR y ONG Canales ya habían desarrollado experiencias de formación vinculadas al territorio en Los Lagos. Llevar esa experiencia hacia Aysén significaba acercar oportunidades laborales a jóvenes que viven precisamente en una región donde el mar forma parte de la economía y de la vida cotidiana.
Después de varios días navegando para llegar hasta ellos, la idea parecía bastante lógica. La industria del salmón también tenía interés en esa formación. Porque detrás de cada operación existen personas y muchas de ellas viven ahí.
El mar decide
Quellón debía ser nuestra última parada, pero no ocurrió.
El clima cambió nuestros planes, despues de permanecer fondeados esperando mejores condiciones, se tomó la decisión de cancelar la escala y regresar directamente a Puerto Montt.
Esa noche teníamos que enfrentar el Golfo Corcovado. Al rededor de las 8 pm comenzó el movimiento.
Yo estaba trabajando en el computador mientras conversaba con Juanito, jefe de máquinas.
Al principio pensé que no sería para tanto, pero después comencé a sentirme mal.
Juanito me seguía hablando.
Yo quería que se callara.
Me explicó que mirar fijamente el computador probablemente estaba empeorando el mareo. Tenía razón.
Lo cerré e intenté tomar agua. Subí al puente de mando y bajé otra vez.
No sabía donde estar para no sentir tanto el mareo.
Entonces comenzaron los golpes y a caerse las cosas. Primero fueron cosas pequeñas, papeles, lápices, carpetas y así.
Después escuché algo fuerte en la cocina. El bidón de agua estaba en el piso.
En el momento pensé, Ojalá no haya sido mi culpa.
No, fue el golfo.
Después empezaron a caer más cosas, cuadros, equipos, impresoras. Objetos que durante toda la semana habían permanecido en el mismo lugar.
Finalmente me fui a acostar, no puse música, no miré el teléfono. Solo quería esperar y que pase pronto el movimiento.
Estuve así quince minutos, entonces escuché algo mucho más fuerte y me levanté.
Fui hasta la cocina y el refrigerador estaba en el piso y habían cosas quebradas alrededor.
Lo miré y dije, «esto no lo puedo solucionar» y volví a acostarme .
El fuerte oleaje durante el cruce del Golfo Corcovado provocó la caída de equipos e insumos en el interior del buque escuela. Foto: InfoSALMON.
Durante las siguientes horas, mi música fue escuchar como las cosas se golpeaban o se caían.
Cerca de las 1 de la mañana, el movimiento disminuyó.
Ya habíamos dejado atrás lo peor.
Este mar lo conozco
A la mañana siguiente ocurrió algo que habría resultado difícil imaginar algunos años atrás.
En medio de la navegación coordinamos una entrevista con Radio El Conquistador. Gracias a la conexión satelital disponible en el Capitán Williams, el capitán Álvaro Bórquez pudo salir al aire mientras seguíamos navegando hacia Puerto Montt.
Después de una semana hablando de localidades aisladas, aquello también mostraba cómo está cambiando el territorio. Se puede estar navegando entre fiordos y seguir conectado con una radio a cientos de kilómetros.
Continuamos avanzando.
Hasta que empecé a reconocer cosas.
Durante días había salido a cubierta, mirado montañas y canales y pensado «¿Donde estoy?». Ahora miraba hacia afuera y ocurría lo contrario.
«Este mar lo conozco» dije.
Puerto Montt estaba cerca.
Comunidad y el viaje
Y después de pasar una semana avanzando apenas por una porción del sur austral pensé que Chile es larguísimo.
Cuando finalmente desembarcamos, la ciudad seguía exactamente donde la habíamos dejado. Volvía el tránsito. La señal del teléfono. Las calles. La rutina.
Antes de bajar nos sacamos una foto. Durante esos días yo había tomado cientos de fotos a estudiantes, vecinos, autoridades, trabajadores, tripulantes, paisajes.
De mí había pocas.
Al principio me dio algo de pena, después pensé que estaba bien. Yo no había subido al Capitán Williams para ser el protagonista. Había subido para contar lo que pasaba delante de mi cámara.
En el Capitán Williams entendí nuevamente por qué quería salir de ahí, hay cosas que un correo no puede contar. No puede explicar la naturalidad con que una mujer dice que vive dos horas sin electricidad, tampoco permite escuchar a Don José hablar desde Puerto Gaviota. No muestra a ochenta estudiantes entrando a un buque, no permite ver a un grupo de niños hacer fila para sostener una cámara.
Tampoco permite comprender completamente qué significa que una industria forme parte de un territorio hasta conversar con las personas que viven alrededor de ella.