La vida del coho en el centro de cultivo: crecimiento, sanidad y tecnología en mar
En el mar, el smolt de coho se transforma en salmón de cosecha en apenas 8 a 9 meses: una ventana corta, estacional y a contrarreloj donde el oxígeno, la sanidad y la tecnología definen el resultado.
Un ciclo corto y a contrarreloj
El salmón coho tiene una particularidad que lo distingue del resto de los salmónidos cultivados en Chile: crece rápido y se cosecha pronto. A diferencia del salmón del Atlántico, que se cosecha en torno a los 4-5 kilos tras un ciclo marino cercano a 14 meses, el coho se cosecha a un peso promedio de entre 3 y 4 kilos en un período de solo 8 a 9 meses. Esa tasa de crecimiento acelerada (alcanza unos 3,5 kg en seis meses, mientras el Atlántico y la trucha rondan los 2,3 kg en el mismo lapso) permite ciclos más cortos, mayor rotación de los centros y una planificación más estacional. Las siembras se concentran entre noviembre y julio y las cosechas entre julio y febrero.
Esa ventana comprimida convierte a la engorda en el corazón operativo del ciclo. Hay menos margen para el error y cada variable productiva pesa más. Y entre todas, hay una que los especialistas sitúan en el centro.
El oxígeno, la variable crítica
“El oxígeno es esencial para el metabolismo de los peces y mejora su crecimiento y bienestar”, resume Claudio Baeza, de Cumbre Gases. Mantener niveles adecuados de oxígeno disuelto permite maximizar el consumo de alimento, la eficiencia productiva y reducir el estrés fisiológico. Sus requerimientos, además, no son constantes: “la demanda de oxígeno va aumentando a medida que crece la biomasa”, explica. En agua dulce se busca estabilidad en sistemas confinados, mientras que en el mar “la mayor biomasa y los desafíos ambientales exigen sistemas de mayor capacidad y respuesta rápida”.
Las consecuencias de una gestión inadecuada son severas y escalonadas: menor crecimiento, caída del consumo de alimento, mayor susceptibilidad a enfermedades y, en el extremo, mortalidades masivas por anoxia. La evidencia científica pone cifras a ese riesgo. Investigaciones en salmónidos muestran que, incluso en hipoxia cíclica moderada, una hora al 50 % de saturación cada seis horas, la tasa de crecimiento cae alrededor de un 13% frente a peces en normoxia. El umbral de oxígeno bajo el cual el pez cambia a metabolismo anaeróbico sube con la temperatura, desde cerca del 30 % de saturación a 6 °C hasta el 55 % a 19 °C. Mediciones en balsas-jaula comerciales confirman que la variabilidad del oxígeno expone a los peces a condiciones que limitan el crecimiento. “Sin sistemas confiables, con capacidad de respuestas inmediata y respaldo operacional, es imposible enfrentar las floraciones algales, las bajas de oxígeno y las altas temperaturas”, afirmó Claudio Baeza.
Cuando el ambiente predispone la enfermedad
El oxígeno no actúa solo. Baeza subraya que debe monitorearse junto a temperatura, salinidad, CO₂, pH, amonio, corrientes y floraciones de microalgas, porque todas esas variables influyen directamente en su disponibilidad y en el metabolismo del pez. Y ese equilibrio ambiental tiene una consecuencia sanitaria directa que conecta la operación con la enfermedad.
Del estrés ambiental a los brotes sanitarios
“Condiciones variables o bajas de oxígeno pueden actuar como factores predisponentes para cuadros clínicos asociados a PRV, que se expresan como HSMI o síndrome ictérico”, explica Claudio Arcos, médico veterinario de PHARMAQAnalytiq. Los sitios con alta variabilidad de oxígeno tienden a presentar brotes recurrentes de este tipo, precisa. En la misma línea, la piscirickettsiosis (SRS) en salmón coho suele asociarse a la calidad del smolt que ingresó al mar. Poblaciones con mortalidad de ingreso, desadaptadas o con infecciones previas, sobre todo por PRV, son las que con más frecuencia terminan presentando brotes por Piscirickettsia salmonis. Al respecto, Cristián Sayeg, médico veterinario y KAM de PHARMAQ Chile, complementa: “En la etapa de engorda en mar, uno de los principales desafíos sanitarios para el salmón coho es la presencia de agentes infecciosos como Piscirickettsia salmonis, que puede provocar mortalidades y cuadros clínicos, con lesiones, disminución del apetito y del crecimiento”.
El estrés oxidativo como factor de riesgo
A ello se suma un factor que la industria observa con atención: el estrés oxidativo, particularmente relevante en el salmón coho por su metabolismo y sus altas tasas de crecimiento. Según la experiencia compartida por los profesionales de PHARMAQ, compañía con más de 30 años de investigación y desarrollo (I+D) en salud de peces y vacunas acuícolas, este estrés oxidativo repetitivo (favorecido por CO₂ elevado en agua dulce o bajo oxígeno en el mar) no solo puede afectar la calidad del producto final. También sería uno de los principales gatillantes de los cuadros asociados a PRV. De ahí que un manejo de la alimentación alineado con las condiciones ambientales sea, para los especialistas, una herramienta sanitaria en sí misma.
La ventaja sanitaria del salmón coho y sus límites
El salmón coho carga con una reputación favorable, y en parte la merece. No es afectado por el Caligus, el piojo de mar que representa un desafío mayor para el salmón del Atlántico. Además, resiste mejor la piscirickettsiosis, lo que ha permitido reducir de forma importante el uso de antibióticos. Buena parte de las compañías logra hoy cosechar salmón coho sin tratamiento antibiótico ni antiparasitario, un atributo cada vez más valorado por los mercados. Su mortalidad en mar, cercana al 6 %, es inferior a la del Atlántico, en torno al 10 % en condiciones normales.
Los desafíos que aún persisten
Pero esa ventaja tiene límites. Según el informe sanitario de Sernapesca con datos de 2023, las principales causas de mortalidad del salmón coho en agua de mar son la eliminación (37 %) y las causas secundarias (16 %). Dentro de estas últimas destacan el BKD (30,6 %), el HSMI (27,5 %) y el síndrome ictérico (25,6 %). El BKD, cuando se hace crónico y recurrente desde agua dulce, puede incluso terminar generando abscesos en el músculo que provocan rechazos en productos como el HG (sin cabeza y sin vísceras). Para Arcos, la respuesta es un diagnóstico que combine biología molecular con patología clínica (hematología y bioquímica sanguínea) e histología. Esta última es clave para conocer cómo quedarán los tejidos y, de esta forma, establecer un pronóstico adecuado tras una infección.
Genética y prevención como herramientas
La genética también empuja en la misma dirección. Estudios de desafío experimental han demostrado que la resistencia del salmón coho a Piscirickettsia salmonis tiene una base hereditaria aprovechable. En una población evaluada, las mejores familias mostraron cerca de 19 % de mortalidad frente a 63 % en las peores, y la selección genómica permite acelerar esa mejora. En prevención, Sayeg insiste en la herramienta de base: “El uso de vacunas adecuadas, en particular en microdosis, permite vacunar peces de menor tamaño con un menor impacto por manipulación, lo que favorece el bienestar animal y una rápida recuperación posterior al manejo de vacunación. Esto contribuye al desarrollo inmunitario previo a los mayores desafíos sanitarios”.
La amenaza que llega desde el agua
Si hay un evento capaz de borrar en pocos días el trabajo de todo un ciclo, es una floración algal nociva. Baeza las nombra entre los principales desafíos operacionales, junto con las bajas de oxígeno, las altas temperaturas y los cambios de corrientes. La memoria de la industria tiene una fecha: el verano austral de 2016. En ese momento, una floración de la microalga Pseudochattonella cf. verruculosa mató cerca del 12 % de la producción chilena de salmón (más de 40.000 toneladas) y provocó pérdidas superiores a los US$800 millones. Fue la mayor mortalidad registrada en la historia de la salmonicultura nacional, solo comparable a la crisis del ISA.
Aquel evento, ligado a un fuerte El Niño y a condiciones de sequía y estratificación de la columna de agua, no fue un hecho aislado. Floraciones nocivas han vuelto a golpear a la industria en años posteriores, y la ciencia advierte que el cambio climático podría aumentar su frecuencia e intensidad. La lección operativa es la que resume Baeza: frente a estos eventos, la diferencia la hacen los sistemas confiables, la capacidad de respuesta inmediata y el respaldo en el suministro.
Centro de cultivo de salmones ubicado en el estuario de Reloncaví, Región de Los Lagos.Foto: Sam Beebe/Ecotrust
Hacia una operación predictiva
La tecnología es el hilo que atraviesa todos estos desafíos. En oxigenación, dice Baeza, “hoy predominan sensores en línea, controladores automáticos y plataformas de monitoreo remoto con datos en tiempo real”, con una tendencia clara a integrar inteligencia operacional para automatizar la dosificación y optimizar el consumo. Destaca, además, el rol de los proveedores locales, que “entienden la dinámica de la industria” y desarrollan soluciones ajustadas a la realidad chilena. Las buenas prácticas que marcan la diferencia, enumera, son el monitoreo continuo, la automatización de la dosificación, el mantenimiento preventivo de equipos, los planes de contingencia y un suministro seguro y confiable de oxígeno.
Del monitoreo a la anticipación
Esa mirada conversa con la tendencia que observa Óscar Rozas, de NIVA, desde la gestión del agua: el valor ya no está solo en tener el dato en línea, sino en lo que se hace con él. Modelos de machine learning entrenados con series de tiempo de alta resolución permiten anticipar variables críticas como el oxígeno disuelto y actuar antes de que se produzca un evento de hipoxia, en lugar de reaccionar a una alarma. Y la visión computacional aplicada con cámaras subacuáticas aporta una segunda fuente de información sobre el estado del pez. El futuro de la gestión, coinciden ambos, es preventivo y predictivo antes que reactivo.
En un ciclo tan corto y tan estacional como el del coho, donde el smolt que llega del agua dulce, el oxígeno que respira en la jaula y la tecnología que lo vigila se juegan en apenas ocho o nueve meses, cada decisión operativa se traduce, casi de inmediato, en biomasa de cosecha. Y esa biomasa es la que, en el siguiente eslabón de la cadena, emprenderá el camino desde el wellboat hasta la planta.
Un ciclo corto y a contrarreloj
El salmón coho tiene una particularidad que lo distingue del resto de los salmónidos cultivados en Chile: crece rápido y se cosecha pronto. A diferencia del salmón del Atlántico, que se cosecha en torno a los 4-5 kilos tras un ciclo marino cercano a 14 meses, el coho se cosecha a un peso promedio de entre 3 y 4 kilos en un período de solo 8 a 9 meses. Esa tasa de crecimiento acelerada (alcanza unos 3,5 kg en seis meses, mientras el Atlántico y la trucha rondan los 2,3 kg en el mismo lapso) permite ciclos más cortos, mayor rotación de los centros y una planificación más estacional. Las siembras se concentran entre noviembre y julio y las cosechas entre julio y febrero.
Esa ventana comprimida convierte a la engorda en el corazón operativo del ciclo. Hay menos margen para el error y cada variable productiva pesa más. Y entre todas, hay una que los especialistas sitúan en el centro.
El oxígeno, la variable crítica
“El oxígeno es esencial para el metabolismo de los peces y mejora su crecimiento y bienestar”, resume Claudio Baeza, de Cumbre Gases. Mantener niveles adecuados de oxígeno disuelto permite maximizar el consumo de alimento, la eficiencia productiva y reducir el estrés fisiológico. Sus requerimientos, además, no son constantes: “la demanda de oxígeno va aumentando a medida que crece la biomasa”, explica. En agua dulce se busca estabilidad en sistemas confinados, mientras que en el mar “la mayor biomasa y los desafíos ambientales exigen sistemas de mayor capacidad y respuesta rápida”.
Las consecuencias de una gestión inadecuada son severas y escalonadas: menor crecimiento, caída del consumo de alimento, mayor susceptibilidad a enfermedades y, en el extremo, mortalidades masivas por anoxia. La evidencia científica pone cifras a ese riesgo. Investigaciones en salmónidos muestran que, incluso en hipoxia cíclica moderada, una hora al 50 % de saturación cada seis horas, la tasa de crecimiento cae alrededor de un 13% frente a peces en normoxia. El umbral de oxígeno bajo el cual el pez cambia a metabolismo anaeróbico sube con la temperatura, desde cerca del 30 % de saturación a 6 °C hasta el 55 % a 19 °C. Mediciones en balsas-jaula comerciales confirman que la variabilidad del oxígeno expone a los peces a condiciones que limitan el crecimiento. “Sin sistemas confiables, con capacidad de respuestas inmediata y respaldo operacional, es imposible enfrentar las floraciones algales, las bajas de oxígeno y las altas temperaturas”, afirmó Claudio Baeza.
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Cuando el ambiente predispone la enfermedad
El oxígeno no actúa solo. Baeza subraya que debe monitorearse junto a temperatura, salinidad, CO₂, pH, amonio, corrientes y floraciones de microalgas, porque todas esas variables influyen directamente en su disponibilidad y en el metabolismo del pez. Y ese equilibrio ambiental tiene una consecuencia sanitaria directa que conecta la operación con la enfermedad.
Del estrés ambiental a los brotes sanitarios
“Condiciones variables o bajas de oxígeno pueden actuar como factores predisponentes para cuadros clínicos asociados a PRV, que se expresan como HSMI o síndrome ictérico”, explica Claudio Arcos, médico veterinario de PHARMAQAnalytiq. Los sitios con alta variabilidad de oxígeno tienden a presentar brotes recurrentes de este tipo, precisa. En la misma línea, la piscirickettsiosis (SRS) en salmón coho suele asociarse a la calidad del smolt que ingresó al mar. Poblaciones con mortalidad de ingreso, desadaptadas o con infecciones previas, sobre todo por PRV, son las que con más frecuencia terminan presentando brotes por Piscirickettsia salmonis. Al respecto, Cristián Sayeg, médico veterinario y KAM de PHARMAQ Chile, complementa: “En la etapa de engorda en mar, uno de los principales desafíos sanitarios para el salmón coho es la presencia de agentes infecciosos como Piscirickettsia salmonis, que puede provocar mortalidades y cuadros clínicos, con lesiones, disminución del apetito y del crecimiento”.
El estrés oxidativo como factor de riesgo
A ello se suma un factor que la industria observa con atención: el estrés oxidativo, particularmente relevante en el salmón coho por su metabolismo y sus altas tasas de crecimiento. Según la experiencia compartida por los profesionales de PHARMAQ, compañía con más de 30 años de investigación y desarrollo (I+D) en salud de peces y vacunas acuícolas, este estrés oxidativo repetitivo (favorecido por CO₂ elevado en agua dulce o bajo oxígeno en el mar) no solo puede afectar la calidad del producto final. También sería uno de los principales gatillantes de los cuadros asociados a PRV. De ahí que un manejo de la alimentación alineado con las condiciones ambientales sea, para los especialistas, una herramienta sanitaria en sí misma.
La ventaja sanitaria del salmón coho y sus límites
El salmón coho carga con una reputación favorable, y en parte la merece. No es afectado por el Caligus, el piojo de mar que representa un desafío mayor para el salmón del Atlántico. Además, resiste mejor la piscirickettsiosis, lo que ha permitido reducir de forma importante el uso de antibióticos. Buena parte de las compañías logra hoy cosechar salmón coho sin tratamiento antibiótico ni antiparasitario, un atributo cada vez más valorado por los mercados. Su mortalidad en mar, cercana al 6 %, es inferior a la del Atlántico, en torno al 10 % en condiciones normales.
Los desafíos que aún persisten
Pero esa ventaja tiene límites. Según el informe sanitario de Sernapesca con datos de 2023, las principales causas de mortalidad del salmón coho en agua de mar son la eliminación (37 %) y las causas secundarias (16 %). Dentro de estas últimas destacan el BKD (30,6 %), el HSMI (27,5 %) y el síndrome ictérico (25,6 %). El BKD, cuando se hace crónico y recurrente desde agua dulce, puede incluso terminar generando abscesos en el músculo que provocan rechazos en productos como el HG (sin cabeza y sin vísceras). Para Arcos, la respuesta es un diagnóstico que combine biología molecular con patología clínica (hematología y bioquímica sanguínea) e histología. Esta última es clave para conocer cómo quedarán los tejidos y, de esta forma, establecer un pronóstico adecuado tras una infección.
Genética y prevención como herramientas
La genética también empuja en la misma dirección. Estudios de desafío experimental han demostrado que la resistencia del salmón coho a Piscirickettsia salmonis tiene una base hereditaria aprovechable. En una población evaluada, las mejores familias mostraron cerca de 19 % de mortalidad frente a 63 % en las peores, y la selección genómica permite acelerar esa mejora. En prevención, Sayeg insiste en la herramienta de base: “El uso de vacunas adecuadas, en particular en microdosis, permite vacunar peces de menor tamaño con un menor impacto por manipulación, lo que favorece el bienestar animal y una rápida recuperación posterior al manejo de vacunación. Esto contribuye al desarrollo inmunitario previo a los mayores desafíos sanitarios”.
La amenaza que llega desde el agua
Si hay un evento capaz de borrar en pocos días el trabajo de todo un ciclo, es una floración algal nociva. Baeza las nombra entre los principales desafíos operacionales, junto con las bajas de oxígeno, las altas temperaturas y los cambios de corrientes. La memoria de la industria tiene una fecha: el verano austral de 2016. En ese momento, una floración de la microalga Pseudochattonella cf. verruculosa mató cerca del 12 % de la producción chilena de salmón (más de 40.000 toneladas) y provocó pérdidas superiores a los US$800 millones. Fue la mayor mortalidad registrada en la historia de la salmonicultura nacional, solo comparable a la crisis del ISA.
Aquel evento, ligado a un fuerte El Niño y a condiciones de sequía y estratificación de la columna de agua, no fue un hecho aislado. Floraciones nocivas han vuelto a golpear a la industria en años posteriores, y la ciencia advierte que el cambio climático podría aumentar su frecuencia e intensidad. La lección operativa es la que resume Baeza: frente a estos eventos, la diferencia la hacen los sistemas confiables, la capacidad de respuesta inmediata y el respaldo en el suministro.
Centro de cultivo de salmones ubicado en el estuario de Reloncaví, Región de Los Lagos. Foto: Sam Beebe/Ecotrust
Hacia una operación predictiva
La tecnología es el hilo que atraviesa todos estos desafíos. En oxigenación, dice Baeza, “hoy predominan sensores en línea, controladores automáticos y plataformas de monitoreo remoto con datos en tiempo real”, con una tendencia clara a integrar inteligencia operacional para automatizar la dosificación y optimizar el consumo. Destaca, además, el rol de los proveedores locales, que “entienden la dinámica de la industria” y desarrollan soluciones ajustadas a la realidad chilena. Las buenas prácticas que marcan la diferencia, enumera, son el monitoreo continuo, la automatización de la dosificación, el mantenimiento preventivo de equipos, los planes de contingencia y un suministro seguro y confiable de oxígeno.
Del monitoreo a la anticipación
Esa mirada conversa con la tendencia que observa Óscar Rozas, de NIVA, desde la gestión del agua: el valor ya no está solo en tener el dato en línea, sino en lo que se hace con él. Modelos de machine learning entrenados con series de tiempo de alta resolución permiten anticipar variables críticas como el oxígeno disuelto y actuar antes de que se produzca un evento de hipoxia, en lugar de reaccionar a una alarma. Y la visión computacional aplicada con cámaras subacuáticas aporta una segunda fuente de información sobre el estado del pez. El futuro de la gestión, coinciden ambos, es preventivo y predictivo antes que reactivo.
En un ciclo tan corto y tan estacional como el del coho, donde el smolt que llega del agua dulce, el oxígeno que respira en la jaula y la tecnología que lo vigila se juegan en apenas ocho o nueve meses, cada decisión operativa se traduce, casi de inmediato, en biomasa de cosecha. Y esa biomasa es la que, en el siguiente eslabón de la cadena, emprenderá el camino desde el wellboat hasta la planta.