Durante las últimas décadas, el desarrollo de la salmonicultura ha consolidado a Chile como un pilar fundamental de la seguridad alimentaria global, alcanzando una producción de cerca de 1 millón de toneladas anuales frente a las 1,6 millones toneladas de Noruega. Esta «Revolución Azul» introdujo proteínas saludables al mundo y transformó la matriz económica de la macrozona sur, impulsando una cadena de valor de vanguardia e integrada a los mercados más exigentes.
Sin embargo, desde las aulas de la Universidad de Bergen se está gestando una ofensiva narrativa diseñada para socavar la legitimidad operativa y comercial del sector: el proyecto de investigación DARKLAX.
El Activismo Disfrazado de Academia
Bajo la premisa de redactar la «primera historia socioambiental de la salmonicultura chilena», DARKLAX plantea una hipótesis alarmista que cataloga a la industria nacional como un «experimento incontrolado en un laboratorio al aire libre». El documento asegura, sin espacio a dudas, que las operaciones en Chile han traído «catastróficas consecuencias medioambientales, económicas y sociales». El proyecto recibió un financiamiento por 12 millones de coronas noruegas a través de FRIPRO.
Pero una revisión exhaustiva de la estructura de este proyecto revela una alarmante falta de neutralidad. Entre los colaboradores clave y fuentes principales del escritor e historiador argentino Ernesto Semán (ver recuadro) se encuentran reconocidos activistas y opositores históricos del desarrollo salmonicultor nacional, entre los que se cuenta una reconocida ONG ambientalista, académicos y activistas políticos indigenistas. (Para revisar su línea editorial acceda al siguiente link).
Lejos de buscar un análisis objetivo del concepto de «sustentabilidad», el proyecto se apoya en una red preexistente de detractores para concluir que los beneficios del sector se obtienen eludiendo riesgos ambientales y aprovechando desigualdades sociales.

La Necesidad de una Contraofensiva basada en Evidencia
La narrativa avalada por la institución académica escandinava pretende dictar que las intervenciones tecnológicas chilenas son un asalto a la naturaleza, minimizando la inversión en bioseguridad y tecnología que caracteriza a los centros de cultivo modernos. No podemos permitir que el relato sobre nuestra principal fuerza exportadora del sur sea dictado por quienes desconocen la realidad de las operaciones diarias.
La industria no es el «legado tóxico» que describe DARKLAX. Es un ecosistema de innovación compuesto por productores y miles de profesionales que operan bajo estrictas normativas internacionales.
El sector salmonicultor, desde los gremios hasta las empresas de servicios, debe abandonar la posición defensiva. Es imperativo movilizar a la comunidad científica nacional, a los técnicos de terreno y a los ingenieros para poner sobre la mesa los verdaderos datos de eficiencia, reducción de antimicrobianos y desarrollo comunitario.
Si dejamos que una visión activista transnacional monopolice la discusión sobre el «futuro post-fósil» de la producción de alimentos, el daño reputacional y regulatorio será incalculable. Es momento de que la industria cuente su propia historia, con el rigor y la visión global que la llevaron a liderar los mercados del mundo.


















