Durante años, el salmón del Atlántico triploide fue visto como una solución elegante a uno de los mayores dilemas de la acuicultura moderna: evitar que los peces escapados se reproduzcan con poblaciones silvestres y alteren su genética. Estéril por definición, este salmón —portador de tres juegos de cromosomas en lugar de dos— prometía proteger los ecosistemas naturales sin comprometer la producción.
Sin embargo, la promesa comenzó a resquebrajarse cuando los peces alcanzaron la etapa final de su crecimiento en el mar.
“Al principio parecía una buena solución”, recuerda el investigador noruego Malthe Hvas. “Pero con el tiempo observamos que los salmones triploides listos para la cosecha presentaban sistemáticamente un peor bienestar que los salmones convencionales”, comenta.
La señal fue tan clara que, tras 2023, Noruega —el mayor productor mundial de salmón— impuso una moratoria temporal al uso comercial de este tipo de pez en jaulas marinas. En otros países, como Canadá y Australia, su cultivo sigue estando permitido. La gran incógnita era por qué estos peces fallaban precisamente cuando más grandes y valiosos se volvían. Hoy, la ciencia parece haber encontrado la respuesta.
Células más grandes, un problema mayor
La clave está en algo tan microscópico como determinante: el tamaño celular.
El proceso que vuelve estéril al salmón triploide —un tratamiento de presión aplicado a las ovas fertilizadas— impide la expulsión de un conjunto de cromosomas maternos. El resultado es un pez con un 50 % más de ADN por célula, y, como consecuencia directa, células considerablemente más grandes.
A primera vista, esto no parece problemático. De hecho, durante las primeras etapas de vida, el salmón triploide crece y se desempeña de forma similar al salmón convencional. El problema emerge cuando el pez crece.
Las células grandes tienen una menor relación superficie/volumen, y muchas de las funciones vitales del organismo —como el intercambio de oxígeno— dependen precisamente de las superficies celulares.
“Cuando el pez alcanza alrededor de los tres kilos, la superficie celular comienza a convertirse en un cuello de botella”, explica Hvas. “En ese punto, el salmón triploide ya no puede absorber suficiente oxígeno ni sostener adecuadamente otras funciones vitales, especialmente bajo estrés”, explica el experto.

El oxígeno: el factor limitante
Para comprobar esta hipótesis, los investigadores realizaron experimentos fisiológicos exhaustivos en salmones triploides y diploides de gran tamaño (≈ 3 kg), algo poco habitual en estudios anteriores, que solían centrarse en peces pequeños.
Los resultados fueron consistentes y contundentes:
- Los salmones triploides presentaron un mayor consumo de oxígeno en reposo, lo que indica mayores costos basales de mantenimiento.
- Bajo estrés, mostraron un consumo máximo de oxígeno menor, reduciendo su capacidad aeróbica total.
- Fueron menos tolerantes a bajos niveles de oxígeno (hipoxia) y a altas temperaturas.
- Mostraron una menor eficiencia general para extraer oxígeno del agua.
- Sus branquias presentaron menos lamelas por milímetro, lo que se traduce en una menor superficie funcional para el intercambio gaseoso.
En conjunto, estos factores significan que, cuando el entorno se vuelve exigente —altas temperaturas, menor oxígeno disuelto, enfermedades o manipulación—, el salmón triploide entra en déficit fisiológico antes que su contraparte diploide.
Estrés ambiental y acuicultura moderna
En sistemas de acuicultura industrial, el estrés no es una excepción, sino una condición recurrente. Olas de calor, eventos de hipoxia, tratamientos antiparasitarios, infestaciones de piojo de mar y operaciones de manejo forman parte del ciclo productivo.
En este contexto, los salmones triploides grandes operan con un margen de seguridad mucho más estrecho.
“Nuestros hallazgos muestran que el deficiente bienestar del salmón triploide no es aleatorio”, concluye Hvas. “Es una consecuencia directa de una fisiología alterada que lo hace más vulnerable a los factores de estrés propios de la acuicultura moderna”, afirma.
La situación se agrava si se consideran las proyecciones climáticas: aguas más cálidas y menos oxigenadas en las principales regiones productoras de salmón. Justamente el escenario donde las limitaciones fisiológicas de los triploides se hacen más evidentes.

Créditos: Estudio.
Un dilema ético sin resolver
El debate de fondo sigue abierto. Por un lado, el uso de salmones estériles es una herramienta clave para proteger a las poblaciones silvestres de la introgresión genética. Por otro, la evidencia científica indica que los salmones triploides, especialmente en su fase final de crecimiento, son menos robustos fisiológicamente y más propensos a sufrir problemas de bienestar.
En un contexto donde las mortalidades en la acuicultura del salmón alcanzaron cifras récord —63 millones de peces muertos solo en Noruega durante 2023—, el uso de animales intrínsecamente más vulnerables resulta cada vez más difícil de justificar.
El desafío ahora es doble: proteger los ecosistemas naturales sin comprometer el bienestar animal. Las biotecnologías emergentes podrían ofrecer, en el futuro, alternativas para producir salmones estériles sin los costos fisiológicos asociados a la triploidía.
Hasta entonces, el salmón triploide queda como una lección incómoda de la acuicultura moderna: no toda solución genética es neutra para la biología del animal que la porta.
Lea el artículo completo aquí: Triploid Atlantic salmon are physiologically disadvantaged at larger body sizes


















