El salmón coho tiene una gran virtud que, al mismo tiempo, es un desafío: crece rápido. Esa rapidez lo hace muy atractivo para la industria, pero tiene un costo poco visible. Cuanto más rápido funciona el organismo de un pez, más compuestos reactivos genera, como lo son las moléculas capaces de dañar sus propias células, causando un desgaste interno que los especialistas llaman estrés oxidativo. En el coho, buena parte de su salud depende de mantener ese desgaste bajo control.
De ahí surge una pregunta sencilla, pero difícil de responder: ¿cómo sabemos si un coho está en buenas condiciones? La respuesta cambia con el tiempo. Antes bastaba con mirar la mortalidad (una señal que llega tarde) o medir el cortisol, conocido como la “hormona del estrés”. Hoy los expertos prefieren leer varias señales a la vez y, sobre todo, distinguir una alteración puntual de un malestar sostenido en el tiempo.
Por qué el cortisol no basta
El cortisol sigue siendo útil, pero por sí solo puede resultar engañoso. Según Rubén Avendaño Herrera, investigador del Centro Interdisciplinario para la Investigación Acuícola (INCAR), “Uno podría medir cortisol, pero en realidad el cortisol no es el indicador; va a depender de si el estrés es crónico o no”. La diferencia importa. Un pez puede tener un alza de cortisol por un manejo puntual (una clasificación, un traslado) y recuperarse sin problemas. Lo que de verdad afecta su crecimiento es el estrés que se mantiene en el tiempo, y ese no siempre aparece en una sola muestra.
Por eso conviene mirar otras pistas. El investigador apunta a un grupo de enzimas, entre ellas la superóxido dismutasa, que reflejan cuánto desgaste está soportando el pez y ayudan a saber si el estrés “pasa o se mantiene durante todo el proceso”. La ciencia respalda este hecho a través de un estudio publicado en la revista BMC Physiology (2010) mostrando que, en el salmón del Atlántico, la barrera del intestino empieza a fallar cuando falta oxígeno durante mucho tiempo, incluso cuando el cortisol todavía parece normal. Otra alternativa, estudiada por el investigador Toby Ellis y otros especialistas en salmónidos, es medir el cortisol directamente en el agua: como la hormona sale por las branquias, analizarla en el estanque permite estimar el estrés de todo un grupo sin tener que manipular a los peces uno por uno.
El talón de Aquiles del coho: el estrés oxidativo
Aquí es donde el coho se distingue del resto. Para Cristian Sayeg, de PHARMAQ, el estrés oxidativo es un problema especialmente relevante en esta especie, justamente por su metabolismo acelerado y su rápido crecimiento. Y ocurre en dos momentos del ciclo: en agua dulce, cuando se acumula dióxido de carbono (CO₂); y en el mar, cuando baja el oxígeno. En ambos casos, el pez genera más “radicales” dañinos de los que su cuerpo alcanza a neutralizar. No es un problema genérico ya que en enero de 2024, episodios de bajo oxígeno y floraciones de algas nocivas en el sur de Chile aumentaron el estrés de los peces y, con ello, la mortalidad y el uso de tratamientos, según los informes de Sernapesca.
Su organismo, como defensa, cuenta con un equipo de enzimas antioxidantes que neutralizan esos radicales antes de que hagan daño. Como explican Ighodaro y Akinloye en un trabajo de 2018, la superóxido dismutasa (SOD), la catalasa y la glutatión peroxidasa forman la “primera línea” de esa defensa. Cuando ese sistema se ve superado, el desgaste empieza a acumularse en las células. Medir la actividad de esas enzimas, y no solo buscar bacterias o virus, es una forma de evaluar el desgaste interno del pez. Claudio Arcos, también de PHARMAQ, coincide: el metabolismo y el estrés oxidativo están entre los factores que abren la puerta a las enfermedades cuando las defensas bajan.
La conclusión práctica es directa. según Sayeg, la principal herramienta está en la alimentación: “Un manejo adecuado de la alimentación, alineado con las condiciones ambientales, es clave para prevenir esta problemática”. Es decir, no se trata solo de cuánto comen los peces, sino de alimentarlos en el momento adecuado, según el oxígeno y la temperatura del agua.

Leer la sangre y los tejidos
El estrés deja huellas, y hay que saber dónde encontrarlas. En los últimos años, una disciplina llamada patología clínica se volvió clave para traducir esas huellas en información útil. Arcos lo reconoce de esta forma: “Recién en el último tiempo se le está dando la verdadera importancia al estudio de la salud a través de la patología clínica”. En la práctica, el diagnóstico se divide en dos partes: buscar los agentes que causan enfermedad, como: bacterias, virus, entre otros. Y además, evaluar el estado general de salud de la población.
Cada herramienta aporta una parte de la historia. El análisis de sangre muestra cómo está el pez por dentro; el estudio de los tejidos, o histología, revela qué tan dañados están sus órganos y qué se puede esperar de esa población más adelante. Sayeg lo explica así: “No basta con diagnosticar patógenos; también hay que evaluar la condición de salud de la población”. Los tejidos, además, guardan el registro de lo que vivió el pez: Óscar Rozas, de NIVA, señala que una buena calidad de agua deja menos marcas de daño en las branquias y en los riñones. Leer esas marcas al revés permite reconstruir su historia.
El bienestar como cuarto pilar
Medir el estrés y cuidar el bienestar son, en realidad, dos caras de lo mismo. Sayeg lo considera un pilar de la producción: junto con la vacunación, la bioseguridad y el diagnóstico, “incorporaría un cuarto pilar: el bienestar”. Cuando el pez vive en buenas condiciones, se enferma menos, muere menos y aprovecha mejor su potencial de crecimiento. El bienestar deja de ser solo una cuestión ética para convertirse en un factor productivo.
La ciencia del bienestar de peces ha avanzado en esa línea. El manual del proyecto FISHWELL, coordinado por el científico Chris Noble en el instituto noruego Nofima, ordenó una serie de señales fáciles de observar en el propio centro de cultivo: el apetito, el estado de las aletas, la condición de las branquias o la forma de nadar. La idea es que si alguna de esas señales empeora, el productor puede actuar a tiempo, antes de que el problema crezca.
La tecnología también ayuda actualmente. Hoy se usan cámaras submarinas con inteligencia artificial para observar cómo se comportan los peces y detectar cualquier anomalía en tiempo real. La meta es pasar de reaccionar cuando ya suena la alarma a anticiparse antes de que el problema aparezca.
Leer el estrés es rentable
Un pez que no destina energía a hacer frente a un ambiente adverso crece mejor. Rozas lo señala así, con buena calidad de agua, el coho no necesita gastar energía en compensar el entorno (respirando más rápido o esforzándose por regular su organismo), y esa energía disponible se traduce en crecimiento y en mejores defensas. Por eso, medir el estrés a tiempo no es un gasto de laboratorio: es una forma de proteger la producción antes de perderla.
En el coho, esto es todavía más importante. Su rapidez para crecer, que lo hace tan valioso, es también lo que lo obliga a cuidar con especial atención el equilibrio entre oxígeno, alimentación y desgaste. Leer bien sus señales (el cortisol en su justa medida, las enzimas antioxidantes, la sangre, los tejidos y el comportamiento) marca la diferencia entre un pez que aprovecha su potencial y uno que lo desperdicia enfrentando un entorno adverso.



















