Durante décadas, las estrategias sanitarias de la salmonicultura se concentraron en virus, bacterias y parásitos. Sin embargo, un desafío mucho más silencioso está ganando protagonismo en las pisciculturas del sur de Chile: la creciente alteración de la química del agua producto del cambio climático y de fenómenos hidrológicos cada vez más extremos.
La evidencia presentada por Xavier Gutiérrez, director ejecutivo de XG Consultoría, durante el seminario internacional «La Ruta del Smolt: Ciencia, Producción y Salud en el Camino al Mar», desarrollado recientemente por VeHiCe en Pucón, muestra que la presencia de aluminio, cobre, hierro y otros metales está alcanzando concentraciones muy superiores a las registradas históricamente, modificando el ambiente en el que se desarrolla la primera etapa del ciclo productivo del salmón.
«La relación entre el pez y el agua determina el bienestar fisiológico. Si cuidamos el agua, cuidamos al pez», resumió durante su exposición.
Un problema que se intensifica con el tiempo
La investigación sobre la presencia de metales en las aguas del sur de Chile comenzó hace más de dos décadas. Lo que inicialmente parecía un problema puntual hoy se ha convertido en una preocupación creciente para la industria; y particularmente, para la fase de agua dulce.
«Hace mucho tiempo atrás empezamos a estudiar estos temas de aluminio y cobre en las aguas y empezamos a describir cómo se movían en los ríos y vertientes que abastecen principalmente la IX y X Región. A partir de eso comenzaron a diseñarse sistemas de tratamiento que fueron implementados aproximadamente entre 2008 y 2010, y desde entonces hemos seguido desarrollando nuevas técnicas de diagnóstico», explica Gutiérrez a nuestro medio especializado acuícola InfoSALMON.
Lo más preocupante, agrega, es que la situación ha cambiado rápidamente. «Hoy nos damos cuenta de que el problema de los metales en los últimos años ha sido mucho más incidente. Hemos detectado concentraciones mucho más altas que las descritas anteriormente. En aluminio encontramos niveles sobre los 8.000 microgramos por litro (µg/l) cuando antes los máximos no alcanzaban los 2.000 µg/l. También observamos niveles de turbidez mucho más altos de lo esperado, pasando desde niveles reportados previamente de 40 hasta cerca de 200 NTU. Es impresionante documentar cómo el medio ambiente está cambiando tan rápido. Al parecer, el cambio climático nos está golpeando muy fuerte en el sur”, enfatiza.
Los datos presentados muestran precisamente ese cambio de escenario. Mientras históricamente las concentraciones de aluminio en ríos del sur fluctuaban entre 100 y 2.000 µg/L, entre 2021 y 2026 comenzaron a registrarse eventos de entre 2.500 y 8.600 µg/L, valores inéditos para Chile.
Según el investigador, estos episodios estarían asociados a una combinación de lluvias extremas, erosión de suelos, deforestación, escorrentía, cambios de uso de suelo y aumento de la turbidez, todos procesos potenciados por el cambio climático.
El verdadero riesgo son los metales biodisponibles
Uno de los conceptos centrales de la exposición fue distinguir entre la concentración total de un metal y la fracción que realmente puede ingresar al organismo del pez.
Las especies metálicas libres poseen una elevada afinidad por las branquias, donde compiten con elementos esenciales como calcio y magnesio, alterando el intercambio iónico y desencadenando importantes trastornos fisiológicos.
En cuadros tóxicos se observan incrementos de cortisol y glucosa, alteraciones osmóticas, pérdida de sodio y/o cloro y un severo daño branquial.
Pero el mayor desafío productivo proviene de las exposiciones crónicas. Peces sometidos durante largos períodos a bajas concentraciones de metales presentan menor crecimiento, inmunodepresión, peor conversión alimenticia, menor respuesta a tratamientos sanitarios y una menor capacidad para enfrentar la esmoltificación. En muchos casos no existen mortalidades evidentes en agua dulce. Simplemente se produce de forma menos eficiente y más variable. Sin embargo, las exposiciones crónicas en etapa de smolt pueden generar mortalidad o mal performance luego de la transferencia al mar; lo cual, reviste un problema mayor..
Del diagnóstico ocasional al monitoreo permanente
Frente a un escenario ambiental cada vez más dinámico, Gutiérrez sostiene que la manera tradicional de evaluar la calidad del agua ya no resulta suficiente.
«Hoy ya tenemos que dejar de ver la calidad del agua como una fotografía que tomamos esporádicamente y empezar a construir una película. Existe mucha tecnología para medir en línea, sincronizar los sistemas con PLC y lograr que los tratamientos entreguen una calidad de agua mucho más estable”, afirma.
La estabilidad aparece como uno de los conceptos más relevantes de la nueva ingeniería acuícola. Estudios muestran que peces mantenidos bajo parámetros ambientales estables presentan una mejora en índicadores productivos claves, como eficiencia de conversión alimenticia, mayor consumo de alimento y mejor tasa de crecimiento que peces sometidos a constantes fluctuaciones, incluso cuando la calidad promedio del ingreso de agua es similar.
«Cuando logramos automatizar y estabilizar los sistemas de tratamiento contra metales podemos observar un bienestar superior. A los peces les gusta estar en un agua estable. Cuando esa estabilidad no se logra, comen menos, convierten menos y crecen menos», lo que impacta la performance y aumenta los costos de producción, señala.
La automatización reduce incertidumbre
Los sistemas modernos ya no se limitan a dosificar productos químicos. Actualmente permiten medir caudal en tiempo real, ajustar automáticamente las dosis, monitorear variables como pH y conductividad y almacenar continuamente toda la información operacional.
Para Gutiérrez, el verdadero valor de estas tecnologías radica en que generan información confiable para tomar decisiones. «La base es un buen diagnóstico. Cuando uno tiene un buen diagnóstico puede incorporar tecnología mucho más avanzada para automatizar los sistemas, obtener más datos y construir modelos que entreguen mucha más certeza al productor. Eso es precisamente lo que los clientes nos han pedido durante los últimos cinco años: más certeza en los diagnósticos, en las soluciones y en la asesoría”, manifiesta.
Los resultados operacionales presentados respaldan esa estrategia. En una piscicultura donde se automatizó la dosificación de cloruro de calcio, las mortalidades durante primera alimentación disminuyeron aproximadamente un 52% respecto del ciclo anterior.
En otro ensayo utilizando silicato para reducir la toxicidad del aluminio, los peces tratados no registraron mortalidades, mientras el grupo control alcanzó cerca de un 25% de mortalidad, asociado a una importante acumulación de aluminio y fierro en las branquias, que permitió validar y generar certeza sobre la ocurrencia de un cuadro de tóxico.
Sensores simples para un problema complejo
Aunque todavía no existen equipos capaces de medir en línea cada metal específico presente en el agua, Gutiérrez considera que hoy existen herramientas suficientemente robustas para mejorar significativamente el control de los sistemas.
«Hoy no existe un tester que mida directamente cada metal en tiempo real, pero sí existen indicadores que pueden manejarse mediante sensores muy simples, como pH y conductividad. Eso ya representa una ganancia muy importante”, destaca.
La integración de estos sensores con sistemas automatizados permite estabilizar la concentración de compuestos como cloruro de calcio o silicato de sodio en los afluentes tratados, reduciendo las fluctuaciones de calidad de agua que afectan el bienestar de los peces.
«Hoy trabajamos en modernizar los sistemas antiguos hacia sistemas inteligentes y automatizados. Eso nos ayuda a entender mejor esta caja negra que representan los metales, disponer de diagnósticos mucho mejores porque los propios sistemas automatizados almacenan información auditable y, finalmente, entregar la certeza que hoy necesita la industria”, sostiene.
Chile y Noruega: un intercambio permanente de conocimiento
Consultado sobre la posición de Chile respecto de otros países productores, Gutiérrez plantea que la relación ha sido mucho más colaborativa que competitiva.
«Nosotros aprendimos mucho de los noruegos en las tecnologías para reducir la toxicidad del aluminio mediante silicato. Posteriormente desarrollamos mucho conocimiento sobre cobre que ellos no tenían y esa experiencia fue transferida desde Chile hacia Noruega. También comenzamos antes con sistemas de recirculación, y cuando me tocó visitar Noruega ellos recién estaban iniciando ese camino”, manifiesta.
No obstante, advierte que existen diferencias importantes en inversión en ciencia. «En Noruega la investigación y desarrollo avanzan mucho más rápido. Se invierte aproximadamente diez veces más, en proporción al PIB, que en Chile. Eso acelera enormemente la innovación y el desarrollo de soluciones”, señala.
Aun así, considera que el país posee capacidades científicas y tecnológicas para cerrar esa brecha. «A Chile le falta creer más en la innovación y en la investigación. Hoy contamos con herramientas diagnósticas de primer nivel y con expertos internacionales. La combinación entre distintas disciplinas —como la histopatología y la ingeniería del agua— genera un valor enorme para los productores”, indica.
Una nueva visión para la competitividad
El mensaje final de la exposición trasciende la toxicología de los metales. En un escenario donde el cambio climático modifica aceleradamente las características de las fuentes de agua dulce, la gestión de la calidad del agua deja de ser una tarea operacional para transformarse en una decisión estratégica.
La productividad ya no depende únicamente de controlar enfermedades o mejorar la genética. Depende también de comprender la interacción entre la química del agua, la fisiología del pez y la capacidad tecnológica para anticipar problemas antes de que afecten la producción.
En esa transición, la automatización, el monitoreo continuo y el diagnóstico basado en evidencia aparecen como herramientas capaces de reducir la incertidumbre y fortalecer la competitividad de una industria que enfrenta desafíos ambientales cada vez más complejos.
Como resume Xavier Gutiérrez, el futuro de la salmonicultura probablemente no estará determinado solo por cómo combatir las enfermedades, sino por la capacidad de comprender y controlar aquello que ocurre mucho antes: la calidad del agua que sostiene toda la producción.


















