Coho en agua dulce: la etapa que define la calidad del futuro salmón
Antes de que el salmón coho llegue al mar, buena parte de su destino productivo ya está escrito. En las pisciculturas (de flujo abierto o de recirculación), la calidad del agua, la genética, la nutrición, la vacunación y el manejo sanitario determinan qué tan robusto será el smolt que enfrentará la engorda.
Chile es el principal productor mundial de salmón coho (Oncorhynchus kisutch) y en 2023 alcanzó 276.327 toneladas, según los anuarios estadísticos de Sernapesca. Es, además, la especie salmonídea de mayor crecimiento productivo del país en la última década. Pero ese resultado, que se mide en el mar y se corona en la cosecha, empieza en etapas más tempranas: en las pisciculturas de agua dulce del sur de Chile, donde la ova se transforma en alevín y el alevín en smolt.
La etapa determinante
“Para cualquier especie, sea la que sea, la etapa de agua dulce es tremendamente relevante en los aspectos productivos y sanitarios que ocurren después en el mar”, afirma Rubén Avendaño Herrera, investigador del Centro Interdisciplinario para la Investigación Acuícola (INCAR). Durante los primeros estadios, explica, el pez enfrenta su primera exposición al estrés: vacunación, manejos, tratamientos y el éxito de todo ese proceso “está determinado por lo que se hizo operativamente en agua dulce y termina finalmente en el mar”. En coho, salar y trucha, la fase dulceacuícola es clave.
Esa afirmación tiene una base fisiológica precisa. “Durante la fase dulceacuícola el pez está construyendo su capacidad branquial, su eje hipotálamo-hipófisis-tejido interrenal y las bases fisiológicas de la osmorregulación que necesitará para tolerar el agua de mar”, detalla Óscar Rozas, especialista de NIVA. Las exposiciones crónicas, aunque sean subletales, a dióxido de carbono, amonio no ionizado, hipoxia intermitente o pH inestable elevan el cortisol basal, reducen la eficiencia de conversión alimenticia, retrasan la esmoltificación y comprometen la función de la enzima Na⁺/K⁺-ATPasa, motor de la osmorregulación.
“Los errores de calidad de agua en esta etapa no se ‘borran’, se arrastran”, señaló Rozas. El resultado no es solo un menor crecimiento, sino “un smolt que llega al mar con menor buffer fisiológico”, lo que se traduce en mayor mortalidad post-transferencia y peor desempeño en la engorda.
El agua, un espejo del ambiente
La calidad del agua funciona como un diagnóstico integral de dónde se está desarrollando el pez. Existen parámetros gobernantes: pH, temperatura, alcalinidad, oxígeno disuelto, materia orgánica y dureza que modulan el comportamiento de otras variables de riesgo como el CO₂, el NH₃, el nitrito, los metales biodisponibles o el ácido sulfhídrico. “La interacción entre estos parámetros es tan importante como sus valores individuales”, explicó Rozas. “La dureza y la materia orgánica, por ejemplo, protegen frente a metales; el cloruro compite con el nitrito y ampara al pez”.
El territorio impone condiciones propias. “Nuestra agua, sobre todo donde están las pisciculturas, tiene una alta concentración de minerales, porque son áreas volcánicas o con vertientes”, apunta Avendaño Herrera, lo que obliga al pez a un esfuerzo adicional de regulación osmótica y branquial que a veces termina en altas mortalidades. A ello se suman, en invierno, los lodos que arrastran las lluvias intensas y deterioran la calidad del agua de origen.
Las aguas blandas del sur de Chile tienden además a acidificarse en los estanques producto del elevado metabolismo del coho. Esa acidosis metabólica “normalmente no genera mortalidad de forma directa, pero sí predispone a la población a enfermedades infecciosas y metabólicas”, advierte Claudio Arcos, médico veterinario de PHARMAQ Analytiq. La magnitud de la ventana de mejora es concreta: según Rozas, mantener el CO₂ por debajo de 15 mg/L y el NH₃-N bajo 0,0125 mg/L, en lugar de niveles apenas “tolerables”, puede significar diferencias de 10 a 20 % en la tasa de crecimiento específico y mejoras notables en el factor de conversión.
Flujo abierto versus RAS
Ningún debate resume mejor la fase de agua dulce que el que enfrenta a las pisciculturas de flujo abierto con los sistemas de recirculación (RAS). Y aquí la experiencia de campo introduce un matiz que la promesa tecnológica a veces olvida. “Los peces de recirculación se adaptan más lentamente a las condiciones ambientales marinas que aquellos de sistema de flujo abierto”, observa Avendaño Herrera, y lo atribuye a la temperatura. En flujo abierto el pez vive a temperatura ambiental, sube y baja con el entorno y se vuelve flexible; en un RAS fijo a 14 °C crece más rápido y con menos mortalidad, “pero el resultado en mar es completamente disímil en los primeros dos meses”, sobre todo si se traslada a un centro donde el agua está a 12 o 10 grados.
La literatura científica respalda ese cuidado con la temperatura. Un estudio de 2025 que comparó salmón Atlántico criado en RAS a 14 y 12 °C encontró que la menor temperatura redujo la ganancia de peso durante la fase en RAS, pero mejoró el crecimiento muscular tras la transferencia al mar; además, aumentó la acumulación de fósforo disuelto y hierro total en el agua del sistema. Una comparación experimental entre RAS y flujo abierto, bajo condiciones equivalentes de temperatura, oxígeno y velocidad del agua, no encontró diferencias de crecimiento entre ambos grupos. Sin embargo, registró una mayor mortalidad en el grupo criado en RAS durante la semana posterior a la vacunación; al final del ensayo, la mortalidad acumulada fue inferior al 6 % en ambos sistemas.
control productivo y riesgos que exigen monitoreo
Rozas, que trabaja a diario con estos sistemas, lo indicó. Entre las ventajas del RAS enumera el control fino de temperatura y fotoperiodo y, por tanto, “una esmoltificación programable y predecible, no dependiente de la estación”, una bioseguridad reforzada, más de 95 % de recirculación posible y la opción de producir post-smolts de mayor tamaño, que reducen el tiempo de exposición a los riesgos en el mar. Pero los desafíos son igualmente nítidos: acumulación de metabolitos (CO₂, TAN, nitrito), dependencia de un biofiltro estable y una fragilidad operativa que no admite descuidos. “Una falla eléctrica o de inyección de oxígeno en un RAS de alta densidad puede causar mortalidad masiva en minutos”.
A ese riesgo se suma el error de diseño: si la carga de alimento crece por sobre la base con que se dimensionó el sistema, el desgasificador deja de remover suficiente CO₂ y de sostener el oxígeno; y si no se compensa el consumo de alcalinidad de la nitrificación, el pH cae y desestabiliza el biofiltro en un círculo vicioso difícil de revertir. Por eso, advierte Rozas, limitar el monitoreo a oxígeno, pH y temperatura, dejando fuera CO₂, TAN, nitrito y nitrato, “constituye una falla grave para entender realmente cómo se está comportando el sistema”.
nfraestructura de un sistema de recirculación acuícola, tecnología que permite controlar y reutilizar gran parte del agua empleada en la producción de peces. Foto: Wikimedia Commons
Bioseguridad y el largo viaje del pez
Tras la crisis del virus ISA de 2007, la bioseguridad en pisciculturas quedó estrictamente regulada: control de ingresos, pediluvios, rodiluvios y separación de áreas. “Hoy es muy difícil que tengas un brote sanitario por un tema de bioseguridad”, reconoció Avendaño Herrera. Lo que sí lo preocupa es un problema estructural del agua dulce: el pez no se cría en un solo lugar. Desde los reproductores hasta el smolt, un ejemplar puede pasar por varias pisciculturas, y en cada traslado “no lo están moviendo solo, lo están moviendo con las bacterias que están asociadas”.
Un estudio del equipo de Fernando Mardones (Preventive Veterinary Medicine, 2014), que analizó la gran epidemia de ISA de 2007-2009, demostró que mientras mayor era el número de envíos de peces que ingresaban a un centro, menor era el tiempo hasta que ese centro se infectaba; que sembrar peces con pesos sobre 120 gramos también acortaba ese tiempo; y que el traslado de peces infectados de forma latente originó cerca de siete brotes y podría explicar alrededor del 6 % de los casos del episodio. Trabajos previos del mismo grupo (2011; 2013) ya habían modelado cómo se propaga el virus dentro y entre centros, reforzando que cada movimiento de peces es también un movimiento de patógenos.
¿Cuál es el riesgo?
El riesgo se agrava cuando esas pisciculturas cultivan más de una especie. Si un brote de flavobacteriosis originado por aislados de trucha, más virulentos, coincide con salar y coho, puede producirse, en palabras del investigador, un intercambio de genes entre aislados “y no sabemos lo que puede ocurrir”. Su recomendación es cultivar en un solo flujo, con la misma lógica sanitaria que impuso el COVID-19: mantener a los grupos dentro de sus propios grupos para no contagiar al resto.
Flavobacterium psychrophilum es considerado hoy el principal patógeno bacteriano de las pisciculturas de agua dulce del país, con una elevada diversidad de linajes que llegaron, se expandieron y hoy coexisten en las granjas chilenas; investigaciones recientes han documentado incluso la presencia de aislados heterogéneos dentro de una misma granja y durante un mismo brote. Entre 2005 y 2010, los laboratorios diagnósticos reportaron cerca de 1.937 casos, una escala que dimensiona el desafío.
El smolt de calidad: ¿tamaño o fisiología?
“La calidad del smolt se viene hablando hace más de 15 años”, explica Avendaño Herrera. Antes se asociaba al tamaño, a mayor peso, mejor smolt, pero hoy los indicadores dependen de cada empresa y se apoyan en estudios hematológicos, enzimas branquiales y evaluación del mucus. La ciencia aporta un matiz relevante: en salmón Atlántico, la actividad de la Na⁺/K⁺-ATPasa medida en agua dulce, en el pico de la esmoltificación, predice la aclimatación aguda de los primeros días, pero no el crecimiento de largo plazo en el mar. En cambio, el fotoperiodo actúa como una señal ambiental clave para gatillar correctamente la transformación.
Para Arcos, el diagnóstico es la brújula de toda esta etapa. “Cuando tienes un buen monitoreo sanitario y fisiológico de tus poblaciones, vas conociendo su condición de salud, puedes tomar acciones adecuadas en los momentos adecuados”, señala; sin un programa frecuente, planificado y con presupuesto, “los resultados son bastante inciertos”. Es clave monitorear al menos cuatro agentes infecciosos en salmón coho: PRV, IPN, BKD y flavobacteriosis; conocer el estado de salud mediante hematología, perfiles bioquímicos e histología; y evaluar el estado de esmoltificación con apoyo de herramientas moleculares como SmoltVision.
La vacunación como pilar
La vacunación es el otro gran pilar, y su éxito depende tanto del momento de aplicación como de la vacuna utilizada. Así lo plantea Cristián Sayeg, médico veterinario y key account manager (KAM) de PHARMAQ: “Es fundamental que los peces estén vacunados en el momento oportuno y bajo condiciones óptimas de peso, estado sanitario y nutricional; así como asegurar la acumulación de las unidades térmicas acumuladas (UTA), ya que de ello depende un desarrollo inmunitario efectivo”.
En esa línea, Sayeg destaca el aporte de las vacunas en microdosis, una estrategia que permite inmunizar de forma temprana a peces de menor tamaño y, por ende, con un menor impacto asociado a la manipulación. Un estudio que comparó dosis de 0,05 y 0,1 ml observó menos adherencias internas y depósitos de melanina con el volumen reducido. Estos resultados respaldan su uso para disminuir efectos adversos locales y favorecer el bienestar animal.
La idea es vacunar al menos un mes antes del traslado, con 600 unidades térmicas acumuladas, para que el pez llegue al mar “con el sistema inmune súper arriba”, sin arrastrar tratamientos ni brotes previos, señaló Avendaño.
La inversión que rinde
Los efectos del estrés ambiental temprano son acumulativos y, según Rozas, en parte “programan” la trayectoria fisiológica del pez, con efectos de arrastre bien documentados en salmónidos. De ahí su conclusión económica: la fase de agua dulce “es la etapa donde el retorno de inversión en calidad de agua es más alto por unidad de biomasa, precisamente porque sus efectos se multiplican durante todo el ciclo productivo posterior”.
Avendaño Herrera lo traduce a una imagen: si se prepara bien a un niño en el jardín infantil y la enseñanza básica, los resultados en la universidad serán mejores, porque se potenció al organismo cuando estaba más ávido de desarrollo. Con el coho ocurre lo mismo. Y sobre el horizonte se proyecta un factor que volverá todo más exigente: el cambio climático, que, según advierte Rozas, empuja a la industria (por la vía de la escasez de caudal y el alza de la temperatura del agua) hacia sistemas “con mayor tecnicismo”, más recirculación y más sofisticación de tratamiento. La etapa que define la calidad del futuro salmón, todo indica, será cada vez más una etapa de ingeniería fina.
Chile es el principal productor mundial de salmón coho (Oncorhynchus kisutch) y en 2023 alcanzó 276.327 toneladas, según los anuarios estadísticos de Sernapesca. Es, además, la especie salmonídea de mayor crecimiento productivo del país en la última década. Pero ese resultado, que se mide en el mar y se corona en la cosecha, empieza en etapas más tempranas: en las pisciculturas de agua dulce del sur de Chile, donde la ova se transforma en alevín y el alevín en smolt.
“Para cualquier especie, sea la que sea, la etapa de agua dulce es tremendamente relevante en los aspectos productivos y sanitarios que ocurren después en el mar”, afirma Rubén Avendaño Herrera, investigador del Centro Interdisciplinario para la Investigación Acuícola (INCAR). Durante los primeros estadios, explica, el pez enfrenta su primera exposición al estrés: vacunación, manejos, tratamientos y el éxito de todo ese proceso “está determinado por lo que se hizo operativamente en agua dulce y termina finalmente en el mar”. En coho, salar y trucha, la fase dulceacuícola es clave.
Esa afirmación tiene una base fisiológica precisa. “Durante la fase dulceacuícola el pez está construyendo su capacidad branquial, su eje hipotálamo-hipófisis-tejido interrenal y las bases fisiológicas de la osmorregulación que necesitará para tolerar el agua de mar”, detalla Óscar Rozas, especialista de NIVA. Las exposiciones crónicas, aunque sean subletales, a dióxido de carbono, amonio no ionizado, hipoxia intermitente o pH inestable elevan el cortisol basal, reducen la eficiencia de conversión alimenticia, retrasan la esmoltificación y comprometen la función de la enzima Na⁺/K⁺-ATPasa, motor de la osmorregulación.
“Los errores de calidad de agua en esta etapa no se ‘borran’, se arrastran”, señaló Rozas. El resultado no es solo un menor crecimiento, sino “un smolt que llega al mar con menor buffer fisiológico”, lo que se traduce en mayor mortalidad post-transferencia y peor desempeño en la engorda.
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El agua, un espejo del ambiente
La calidad del agua funciona como un diagnóstico integral de dónde se está desarrollando el pez. Existen parámetros gobernantes: pH, temperatura, alcalinidad, oxígeno disuelto, materia orgánica y dureza que modulan el comportamiento de otras variables de riesgo como el CO₂, el NH₃, el nitrito, los metales biodisponibles o el ácido sulfhídrico. “La interacción entre estos parámetros es tan importante como sus valores individuales”, explicó Rozas. “La dureza y la materia orgánica, por ejemplo, protegen frente a metales; el cloruro compite con el nitrito y ampara al pez”.
El territorio impone condiciones propias. “Nuestra agua, sobre todo donde están las pisciculturas, tiene una alta concentración de minerales, porque son áreas volcánicas o con vertientes”, apunta Avendaño Herrera, lo que obliga al pez a un esfuerzo adicional de regulación osmótica y branquial que a veces termina en altas mortalidades. A ello se suman, en invierno, los lodos que arrastran las lluvias intensas y deterioran la calidad del agua de origen.
Las aguas blandas del sur de Chile tienden además a acidificarse en los estanques producto del elevado metabolismo del coho. Esa acidosis metabólica “normalmente no genera mortalidad de forma directa, pero sí predispone a la población a enfermedades infecciosas y metabólicas”, advierte Claudio Arcos, médico veterinario de PHARMAQ Analytiq. La magnitud de la ventana de mejora es concreta: según Rozas, mantener el CO₂ por debajo de 15 mg/L y el NH₃-N bajo 0,0125 mg/L, en lugar de niveles apenas “tolerables”, puede significar diferencias de 10 a 20 % en la tasa de crecimiento específico y mejoras notables en el factor de conversión.
Flujo abierto versus RAS
Ningún debate resume mejor la fase de agua dulce que el que enfrenta a las pisciculturas de flujo abierto con los sistemas de recirculación (RAS). Y aquí la experiencia de campo introduce un matiz que la promesa tecnológica a veces olvida. “Los peces de recirculación se adaptan más lentamente a las condiciones ambientales marinas que aquellos de sistema de flujo abierto”, observa Avendaño Herrera, y lo atribuye a la temperatura. En flujo abierto el pez vive a temperatura ambiental, sube y baja con el entorno y se vuelve flexible; en un RAS fijo a 14 °C crece más rápido y con menos mortalidad, “pero el resultado en mar es completamente disímil en los primeros dos meses”, sobre todo si se traslada a un centro donde el agua está a 12 o 10 grados.
La literatura científica respalda ese cuidado con la temperatura. Un estudio de 2025 que comparó salmón Atlántico criado en RAS a 14 y 12 °C encontró que la menor temperatura redujo la ganancia de peso durante la fase en RAS, pero mejoró el crecimiento muscular tras la transferencia al mar; además, aumentó la acumulación de fósforo disuelto y hierro total en el agua del sistema. Una comparación experimental entre RAS y flujo abierto, bajo condiciones equivalentes de temperatura, oxígeno y velocidad del agua, no encontró diferencias de crecimiento entre ambos grupos. Sin embargo, registró una mayor mortalidad en el grupo criado en RAS durante la semana posterior a la vacunación; al final del ensayo, la mortalidad acumulada fue inferior al 6 % en ambos sistemas.
control productivo y riesgos que exigen monitoreo
Rozas, que trabaja a diario con estos sistemas, lo indicó. Entre las ventajas del RAS enumera el control fino de temperatura y fotoperiodo y, por tanto, “una esmoltificación programable y predecible, no dependiente de la estación”, una bioseguridad reforzada, más de 95 % de recirculación posible y la opción de producir post-smolts de mayor tamaño, que reducen el tiempo de exposición a los riesgos en el mar. Pero los desafíos son igualmente nítidos: acumulación de metabolitos (CO₂, TAN, nitrito), dependencia de un biofiltro estable y una fragilidad operativa que no admite descuidos. “Una falla eléctrica o de inyección de oxígeno en un RAS de alta densidad puede causar mortalidad masiva en minutos”.
A ese riesgo se suma el error de diseño: si la carga de alimento crece por sobre la base con que se dimensionó el sistema, el desgasificador deja de remover suficiente CO₂ y de sostener el oxígeno; y si no se compensa el consumo de alcalinidad de la nitrificación, el pH cae y desestabiliza el biofiltro en un círculo vicioso difícil de revertir. Por eso, advierte Rozas, limitar el monitoreo a oxígeno, pH y temperatura, dejando fuera CO₂, TAN, nitrito y nitrato, “constituye una falla grave para entender realmente cómo se está comportando el sistema”.
nfraestructura de un sistema de recirculación acuícola, tecnología que permite controlar y reutilizar gran parte del agua empleada en la producción de peces. Foto: Wikimedia Commons
Bioseguridad y el largo viaje del pez
Tras la crisis del virus ISA de 2007, la bioseguridad en pisciculturas quedó estrictamente regulada: control de ingresos, pediluvios, rodiluvios y separación de áreas. “Hoy es muy difícil que tengas un brote sanitario por un tema de bioseguridad”, reconoció Avendaño Herrera. Lo que sí lo preocupa es un problema estructural del agua dulce: el pez no se cría en un solo lugar. Desde los reproductores hasta el smolt, un ejemplar puede pasar por varias pisciculturas, y en cada traslado “no lo están moviendo solo, lo están moviendo con las bacterias que están asociadas”.
Un estudio del equipo de Fernando Mardones (Preventive Veterinary Medicine, 2014), que analizó la gran epidemia de ISA de 2007-2009, demostró que mientras mayor era el número de envíos de peces que ingresaban a un centro, menor era el tiempo hasta que ese centro se infectaba; que sembrar peces con pesos sobre 120 gramos también acortaba ese tiempo; y que el traslado de peces infectados de forma latente originó cerca de siete brotes y podría explicar alrededor del 6 % de los casos del episodio. Trabajos previos del mismo grupo (2011; 2013) ya habían modelado cómo se propaga el virus dentro y entre centros, reforzando que cada movimiento de peces es también un movimiento de patógenos.
¿Cuál es el riesgo?
El riesgo se agrava cuando esas pisciculturas cultivan más de una especie. Si un brote de flavobacteriosis originado por aislados de trucha, más virulentos, coincide con salar y coho, puede producirse, en palabras del investigador, un intercambio de genes entre aislados “y no sabemos lo que puede ocurrir”. Su recomendación es cultivar en un solo flujo, con la misma lógica sanitaria que impuso el COVID-19: mantener a los grupos dentro de sus propios grupos para no contagiar al resto.
“La calidad del smolt se viene hablando hace más de 15 años”, explica Avendaño Herrera. Antes se asociaba al tamaño, a mayor peso, mejor smolt, pero hoy los indicadores dependen de cada empresa y se apoyan en estudios hematológicos, enzimas branquiales y evaluación del mucus. La ciencia aporta un matiz relevante: en salmón Atlántico, la actividad de la Na⁺/K⁺-ATPasa medida en agua dulce, en el pico de la esmoltificación, predice la aclimatación aguda de los primeros días, pero no el crecimiento de largo plazo en el mar. En cambio, el fotoperiodo actúa como una señal ambiental clave para gatillar correctamente la transformación.
Para Arcos, el diagnóstico es la brújula de toda esta etapa. “Cuando tienes un buen monitoreo sanitario y fisiológico de tus poblaciones, vas conociendo su condición de salud, puedes tomar acciones adecuadas en los momentos adecuados”, señala; sin un programa frecuente, planificado y con presupuesto, “los resultados son bastante inciertos”. Es clave monitorear al menos cuatro agentes infecciosos en salmón coho: PRV, IPN, BKD y flavobacteriosis; conocer el estado de salud mediante hematología, perfiles bioquímicos e histología; y evaluar el estado de esmoltificación con apoyo de herramientas moleculares como SmoltVision.
La vacunación como pilar
La vacunación es el otro gran pilar, y su éxito depende tanto del momento de aplicación como de la vacuna utilizada. Así lo plantea Cristián Sayeg, médico veterinario y key account manager (KAM) de PHARMAQ: “Es fundamental que los peces estén vacunados en el momento oportuno y bajo condiciones óptimas de peso, estado sanitario y nutricional; así como asegurar la acumulación de las unidades térmicas acumuladas (UTA), ya que de ello depende un desarrollo inmunitario efectivo”.
En esa línea, Sayeg destaca el aporte de las vacunas en microdosis, una estrategia que permite inmunizar de forma temprana a peces de menor tamaño y, por ende, con un menor impacto asociado a la manipulación. Un estudio que comparó dosis de 0,05 y 0,1 ml observó menos adherencias internas y depósitos de melanina con el volumen reducido. Estos resultados respaldan su uso para disminuir efectos adversos locales y favorecer el bienestar animal.
La idea es vacunar al menos un mes antes del traslado, con 600 unidades térmicas acumuladas, para que el pez llegue al mar “con el sistema inmune súper arriba”, sin arrastrar tratamientos ni brotes previos, señaló Avendaño.
La inversión que rinde
Los efectos del estrés ambiental temprano son acumulativos y, según Rozas, en parte “programan” la trayectoria fisiológica del pez, con efectos de arrastre bien documentados en salmónidos. De ahí su conclusión económica: la fase de agua dulce “es la etapa donde el retorno de inversión en calidad de agua es más alto por unidad de biomasa, precisamente porque sus efectos se multiplican durante todo el ciclo productivo posterior”.
Avendaño Herrera lo traduce a una imagen: si se prepara bien a un niño en el jardín infantil y la enseñanza básica, los resultados en la universidad serán mejores, porque se potenció al organismo cuando estaba más ávido de desarrollo. Con el coho ocurre lo mismo. Y sobre el horizonte se proyecta un factor que volverá todo más exigente: el cambio climático, que, según advierte Rozas, empuja a la industria (por la vía de la escasez de caudal y el alza de la temperatura del agua) hacia sistemas “con mayor tecnicismo”, más recirculación y más sofisticación de tratamiento. La etapa que define la calidad del futuro salmón, todo indica, será cada vez más una etapa de ingeniería fina.