Chile está en un punto de quiebre. Por un lado, avanzamos hacia una regulación ambiental más moderna; por otro, seguimos tropezando con la forma en que el Estado gestiona los permisos y equilibra desarrollo con conservación. La aprobación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) y la nueva Ley Marco de Autorizaciones Sectoriales reflejan ese dilema: buenas ideas, pero riesgosas en su ejecución.
Protección y desarrollo
El SBAP nace con una promesa ambiciosa: ordenar décadas de dispersión institucional y fortalecer la protección de los ecosistemas. Pero su implementación rápida y poco dialogada ya genera fricciones con sectores productivos como la salmonicultura, que hoy representa cerca del 10% del PIB en regiones como Magallanes y Aysén. El problema no es proteger, es cómo hacerlo sin destruir los equilibrios económicos y sociales que dependen de esa actividad.
La industria siente que las reglas cambiaron en medio del partido. Reclama falta de participación, procesos opacos y decisiones que podrían frenar inversiones y empleo. Del otro lado, el Estado intenta responder a la presión ambiental con nuevas herramientas, pero sin los recursos ni la coordinación suficiente. El resultado es el peor de ambos mundos, incertidumbre y desconfianza mutua.
Ventanilla única
En paralelo, la Ley de Autorizaciones Sectoriales busca digitalizar y simplificar la tramitación de permisos. Ventanilla única, plazos acotados, trazabilidad. Todo suena bien, pero la pregunta es si la urgencia por acelerar proyectos no terminará chocando con el rigor que exige una evaluación ambiental seria. Agilidad sin control es tan dañina como fiscalización sin criterio.
Lo que está en juego es más grande que un sector o una ley. Es la credibilidad del Estado para diseñar reglas estables y justas, que concilien sostenibilidad con desarrollo real. Si no hay diálogo horizontal, innovación institucional y coordinación efectiva, terminaremos atrapados entre dos extremos: la parálisis regulatoria o el activismo sin rumbo.
Chile no necesita más normas, necesita aplicarlas bien. Ni la economía ni el medio ambiente resisten seguir en este péndulo. Cumplir la promesa de sostenibilidad requiere algo más simple y más difícil a la vez: coherencia.
Por José Ignacio Camus / Co- Founder Admiral One


















