Una revisión científica publicada en Frontiers in Microbiology concluye que el uso de antibióticos en la salmonicultura chilena responde a factores estructurales, biológicos y ambientales que van mucho más allá de la sola presencia de enfermedades. Los investigadores advierten que la persistencia del síndrome rickettsial del salmón (SRS), sumada a limitaciones en vacunas y condiciones productivas, mantiene a Chile como el mayor usuario mundial de antimicrobianos en la producción de salmón.
La expansión global de la acuicultura ha permitido consolidar a la salmonicultura como uno de los pilares de la seguridad alimentaria mundial. Sin embargo, este crecimiento también ha intensificado desafíos sanitarios complejos, especialmente en torno al uso de antibióticos y la aparición de resistencia antimicrobiana (AMR, por sus siglas en inglés). En este escenario, Chile —segundo productor mundial de salmón cultivado— se ha convertido en un caso de estudio internacional debido a su histórica dependencia de antimicrobianos para controlar enfermedades bacterianas.
Un reciente trabajo publicado en la revista científica Frontiers in Microbiology analizó en profundidad el uso de antibióticos en la salmonicultura chilena, sus efectos ambientales, los riesgos asociados a la resistencia antimicrobiana y las implicancias desde el enfoque “One Health”, que entiende la salud humana, animal y ambiental como sistemas interconectados.
La revisión concluye que, pese a avances regulatorios y programas de optimización sanitaria, la industria chilena continúa dependiendo de compuestos como florfenicol y oxitetraciclina, principalmente debido al persistente impacto del síndrome rickettsial del salmón (SRS), causado por Piscirickettsia salmonis.
El SRS: el principal motor del uso de antibióticos
Según el análisis, la principal diferencia entre Chile y otros países líderes en producción salmonicultora radica en la capacidad de controlar enfermedades bacterianas mediante vacunación efectiva.
Mientras países como Noruega han reducido el uso de antibióticos en más de 99% gracias a programas robustos de inmunización y estrictas regulaciones sanitarias, Chile continúa registrando consumos anuales superiores a las 300–500 toneladas de antimicrobianos en salmonicultura.
El principal responsable de esta situación es el SRS, enfermedad endémica que sigue siendo la mayor causa de mortalidad bacteriana durante la fase marina de cultivo. A diferencia de otros patógenos, Piscirickettsia salmonis posee un comportamiento intracelular, lo que dificulta tanto la acción de tratamientos farmacológicos como la eficacia de las vacunas disponibles.
Los autores señalan que, bajo condiciones comerciales, las vacunas existentes han mostrado una protección “limitada e inconsistente”, situación que ha favorecido el uso extendido de tratamientos metafilácticos: es decir, la administración de antibióticos a poblaciones completas de peces cuando aparecen signos iniciales de enfermedad en parte del stock.

El problema de tratar poblaciones completas
Uno de los puntos más críticos destacados por la revisión es el actual modelo de administración de antibióticos en fase marina.
En Chile, la mayoría de los tratamientos se suministra mediante alimento medicado. Aunque este sistema resulta operacionalmente viable para grandes centros de cultivo, genera un problema biológico importante: los peces enfermos suelen disminuir su consumo de alimento debido a pérdida de apetito, por lo que reciben menores dosis del antibiótico. En contraste, peces clínicamente sanos o con infecciones subclínicas consumen más alimento y quedan expuestos innecesariamente a mayores concentraciones del fármaco.
Esta distribución desigual puede reducir la eficacia terapéutica y aumentar la presión de selección sobre bacterias resistentes.
El estudio advierte además que el criterio regulatorio que activa tratamientos contra SRS —una mortalidad semanal igual o superior al 0,35% atribuible a P. salmonis— funciona principalmente como un umbral operativo y no necesariamente como un indicador biológicamente validado de cuándo un tratamiento tendrá mejores resultados.
“Las decisiones terapéuticas basadas exclusivamente en mortalidad podrían no reflejar adecuadamente la dinámica real de la infección”, plantean los autores.
Resistencia antimicrobiana: una amenaza que trasciende los centros de cultivo
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que el problema no se limita únicamente a los patógenos del salmón.
La revisión muestra que bacterias presentes en sedimentos marinos, microbiota intestinal de peces y ambientes costeros asociados a centros salmonicultores funcionan como reservorios de genes de resistencia antimicrobiana.
Diversas investigaciones citadas documentan bacterias resistentes a múltiples antibióticos en sedimentos cercanos a centros de cultivo del sur de Chile, incluyendo genes de resistencia relevantes para medicina humana, como aquellos asociados a tetraciclinas, quinolonas y β-lactámicos.
Incluso, estudios previos han identificado secuencias genéticas compartidas entre bacterias marinas y Escherichia coli aisladas de infecciones urinarias humanas en zonas salmonicultoras, sugiriendo posibles intercambios genéticos entre ambientes acuáticos y clínicos.
No obstante, los investigadores son enfáticos en aclarar que esto no constituye evidencia directa de transmisión desde salmonicultura hacia personas, sino más bien una señal de conectividad ecológica que debe ser monitoreada bajo una perspectiva One Health.
“La plausibilidad biológica existe, pero aún faltan pruebas epidemiológicas concluyentes que permitan atribuir efectos clínicos humanos directamente a la acuicultura”, explican.

El impacto ambiental: antibióticos que permanecen en el ecosistema
El estudio también advierte sobre efectos ambientales de largo plazo.
Una fracción importante de los antibióticos administrados oralmente no es absorbida completamente por los peces y termina depositándose en sedimentos marinos mediante fecas o alimento no consumido.
En particular, la oxitetraciclina preocupa por su persistencia ambiental. Evidencia recopilada en fiordos del sur de Chile muestra que este antibiótico puede permanecer por más de 100 días en sedimentos, transformando zonas bentónicas en reservorios prolongados de exposición antimicrobiana.
Esto podría alterar comunidades microbianas, modificar ciclos biogeoquímicos esenciales y afectar organismos no objetivo dentro del ecosistema marino.
Asimismo, investigaciones realizadas en humedales costeros de Chiloé encontraron bacterias resistentes en más del 60% de muestras de sedimentos, incluso en fauna silvestre asociada, como aves migratorias.
Más allá del patógeno: las causas estructurales de la dependencia antibiótica
Uno de los aportes conceptuales más importantes del trabajo es su propuesta de entender la dependencia antibiótica chilena como un fenómeno multicausal.
Los investigadores argumentan que el problema no puede atribuirse exclusivamente a Piscirickettsia salmonis. También intervienen factores productivos y ambientales, entre ellos:
- Altas densidades de cultivo y presión productiva exportadora, que incentivan evitar pérdidas de biomasa.
- Largos ciclos productivos, que exponen a los peces durante años a episodios sanitarios recurrentes.
- Incorporación aún limitada de resistencia genética al SRS en programas de selección, pese a evidencia de heredabilidad.
- Eventos ambientales extremos, como floraciones algales nocivas y bajas concentraciones de oxígeno, que aumentan el estrés fisiológico y la susceptibilidad a enfermedades.
Los autores sostienen que estos factores generan un escenario donde los antibióticos terminan funcionando como respuesta reactiva frente al deterioro sanitario, más que como parte de una estrategia preventiva integral.
¿Cómo reducir el uso de antibióticos?
A juicio del equipo científico, disminuir la dependencia antimicrobiana en la salmonicultura chilena requerirá una transición hacia modelos preventivos más sofisticados y biológicamente informados.
Entre las prioridades identificadas destacan el desarrollo de vacunas más eficaces contra SRS, el fortalecimiento de programas genéticos orientados a resistencia natural, una vigilancia epidemiológica más precisa y sistemas regulatorios sustentados en evidencia biológica robusta.
El estudio también destaca iniciativas como el Programa para la Optimización del Uso de Antimicrobianos (PROA) impulsado por Sernapesca, que ha permitido certificar cientos de ciclos productivos con menores niveles de uso farmacológico, aunque reconoce que el desafío sanitario sigue siendo considerable.
En conclusión, la investigación plantea que el futuro de la salmonicultura chilena dependerá no solo de reducir antibióticos, sino de redefinir la forma en que se comprende y gestiona la salud de peces, ecosistemas y personas como parte de un mismo sistema interdependiente.


















