“No tiene nada de obvio lograr que un invento termine en una innovación”. Con esa frase, el vicepresidente ejecutivo de Corfo, José Miguel Benavente, abrió una reflexión crítica sobre el desempeño de Chile en materia de innovación durante su exposición en el Congreso Futuro 2026. Su diagnóstico fue claro: el país sabe inventar, pero falla al momento de convertir esas ideas en soluciones adoptadas, usadas y valorizadas por la sociedad.
Benavente advirtió que persiste una confusión estructural entre invención, desarrollo tecnológico e innovación efectiva, lo que limita la capacidad de transformar conocimiento en crecimiento económico y valor social. A su juicio, esta brecha explica por qué muchos avances científicos y tecnológicos no logran escalar ni generar impacto real, así lo replica el Diario Financiero.
De la invención a la innovación: una brecha crítica
El economista estructuró su análisis a partir de la tradición de Joseph Schumpeter y del concepto de “destrucción creativa”, recientemente revalorizado con el Premio Nobel de Economía otorgado a Philippe Aghion. Desde esa mirada, el crecimiento de largo plazo depende de la incorporación sistemática de nuevo conocimiento en los procesos productivos.
Para que eso ocurra, explicó, deben articularse tres etapas: invención, innovación y difusión. Mientras Chile muestra una buena capacidad en la primera, sus mayores debilidades se concentran en las dos últimas. “Investigación científica, pruebas piloto, productos mínimos viables o incluso patentes no son innovación”, subrayó Benavente. “Forman parte del camino, pero no garantizan impacto”.
La adopción como verdadero indicador de innovación
La clave, sostuvo, está en la adopción. Una solución solo se transforma en innovación cuando existe un tercero —una empresa, una institución o la sociedad— dispuesto a usarla, valorarla o pagar por ella. “Quien define que algo es innovador no es quien lo desarrolla, sino quien lo usa”, afirmó, recordando que más del 90% de las patentes registradas en el mundo no generan royalties ni valor económico.
Este problema se acentúa en economías intensivas en recursos naturales como la chilena. En sectores como la minería o la energía, explicó, la innovación suele surgir desde los proveedores tecnológicos y no desde las grandes empresas productoras. A diferencia de países como Australia o Canadá, Chile no ha logrado consolidar ecosistemas locales de proveedores intensivos en conocimiento, dependiendo aún de soluciones importadas.
Capital humano, Estado y desafíos abiertos
Para Benavente, la brecha no es solo tecnológica, sino también institucional y de capital humano. La limitada presencia de doctores en ministerios sectoriales o industrias estratégicas reduce la capacidad del país para estructurar desafíos complejos abordables mediante innovación, condicionando dónde y cómo ocurre el cambio tecnológico.
En ese contexto, planteó avanzar hacia esquemas de innovación abierta, donde el sector público y privado formulen problemas claros y permitan que universidades, startups y centros tecnológicos desarrollen soluciones pertinentes. Destacó la necesidad de contar con hubs tecnológicos que conecten necesidades reales con capacidades disponibles.
Si bien reconoció avances en formación de capital humano avanzado y financiamiento a la I+D, advirtió que persiste una debilidad estructural en la demanda por innovación. En ese sentido, valoró el rol del Estado como demandante de soluciones, especialmente tras la reforma a la Ley de Compras Públicas, que permite licitar problemas y no solo soluciones prediseñadas.


















