¿Qué significa realmente ser transparente en sostenibilidad? ¿Mostrar solamente aquello que hacemos bien? ¿O estar dispuestos a medir, publicar y someternos al escrutinio también cuando los resultados no son los que quisiéramos?
Desde la semana pasada, podemos revisar el Sustainability Report 2025 del Global Salmon Initiative (GSI) y creo que vale la pena detenerse a sacar lecciones.
Ya son 13 años en que las empresas que participamos en GSI publicamos nuestro desempeño en sostenibilidad utilizando métricas comunes y consistentes. El reporte permite comparar la evolución de 11 compañías en las principales regiones productoras -especialmente Chile- y conocer dónde estamos avanzando y, muy importante, dónde todavía tenemos desafíos.
Porque sostenibilidad no significa que haya que mejorar todos los indicadores todos los años. Hay años en que avanzamos y otros en que retrocedemos. Tenemos mortalidades, escapes, problemas sanitarios o ambientales y accidentes. La transparencia consiste precisamente en mostrar también esos resultados.
Cuando uno deja de mirar la fotografía solo de un año y observa la evolución de estos 13 años, aparecen cosas muy interesantes.
- Desde 2013, entre las empresas GSI, el uso promedio de antibióticos se ha reducido 68%.
- Los tratamientos medicinales contra el piojo de mar han disminuido 79%.
- El uso promedio de harina de pescado en la alimentación cayó 64% y el de aceite de pescado, 31%.
- Además, hoy 65% de la producción promedio de los miembros está certificada bajo el estándar ASC, el más exigente del mundo para la acuicultura.
Y la transparencia continúa aumentando. Este año se incorporaron nuevas métricas sobre ingredientes marinos provenientes de subproductos, nuevos ingredientes para alimentos y abastecimiento de soja con bajo riesgo de deforestación y conversión.
Es decir: no estamos midiendo menos. Estamos midiendo más.
Hay además una paradoja que me parece interesante. Chile suele estar en el centro de las críticas contra la salmonicultura. Sin embargo, las principales empresas chilenas que participan en GSI exponen públicamente sus resultados bajo métricas comunes y comparables.
Buena parte de la salmonicultura noruega, en cambio, permanece fuera de este ejercicio colectivo de transparencia. Eso no significa necesariamente que ellos no reportan, pero sí que no se someten a esta misma comparación pública y homogénea.
Y esto también importa frente a las ONG que cuestionan permanentemente a nuestra industria. Las críticas pueden ser legítimas, incluso a veces necesarias. Pero quienes las hacen deben hacerlo con evidencia clara y auditable. Cuando se afirma que la salmonicultura no ha progresado ambientalmente, GSI aporta 13 años de información pública para verificarlo.
La transparencia, además, debiera operar en ambos sentidos. Si legítimamente se exige a las empresas explicar qué hacemos, qué impactos generamos y cómo evolucionamos, parece igualmente razonable pedir a quienes intervienen activamente en este debate -las ONGs- que transparenten quién los financia y qué intereses existen detrás de esos recursos.
Por último, no afirmamos que la salmonicultura no tiene impactos; de hecho, ninguna actividad humana se puede realizar sin algún impacto. El desafío es más complejo: es medirlos, transparentarlos y demostrar que somos capaces de reducirlos con el tiempo.
Y después de 13 años de datos, creo que podemos decir algo importante: queda mucho por hacer, pero el progreso es real y evidente, se puede medir y está abierto al escrutinio de cualquiera.


















