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Más allá de los mapas: estudio reabre debate sobre la verdadera protección marina de Noruega e implicancias para la salmonicultura

Una investigación científica de la Universidade do Algarve y el Institute of Marine Research evaluó más de 800 áreas marinas protegidas utilizando el estándar internacional The MPA Guide, y reveló que la conservación oceánica no depende únicamente de la superficie protegida, sino también de las actividades que continúan desarrollándose dentro de dichas áreas.

Por Jocelyn Vargas
21 de julio, 2026 - 18:14 hrs.
Créditos: Cedida.

Créditos: Cedida.

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Aunque Noruega suele ser reconocida por su liderazgo en la gestión de los océanos, la extensión de sus áreas marinas protegidas es relativamente modesta en comparación con otros referentes internacionales. Según la base de datos internacional Marine Protection Atlas (MPAtlas), el país protege alrededor del 0,8 % de sus aguas marinas, una cifra muy inferior al objetivo global de conservar el 30 % del océano al año 2030 y distante del 35 % que actualmente protege Chile. Esta diferencia convierte a Noruega en un caso particularmente interesante para la ciencia: más que evaluar la cantidad de océano protegido, el nuevo estudio se centra en la calidad de esa protección y en las actividades que continúan desarrollándose dentro de las áreas marinas protegidas, un aspecto cada vez más relevante para medir la efectividad real de las políticas de conservación. En este sentido, el estudio lo que hace es plantear una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa realmente proteger un área marina cuando diversas actividades industriales continúan permitidas dentro de ella? La investigación, publicada en Data in Brief y liderada por Barbara Horta e Costa junto a un equipo internacional de especialistas, constituye la evaluación más completa realizada hasta ahora sobre el nivel efectivo de protección de las áreas marinas protegidas de Noruega. Para ello, los investigadores analizaron más de 800 áreas protegidas, integrando bases de datos oficiales, regulaciones nacionales, información espacial, evidencia satelital y validación por expertos del Instituto de Investigación Marina de Noruega (IMR), la Dirección de Pesca y la Agencia Noruega de Medio Ambiente. La conclusión principal no es que Noruega proteja poco; es más sofisticada: la calidad de un área protegida depende menos de su denominación legal que de las actividades que realmente permite. Del tamaño a la calidad: el nuevo paradigma de la conservación marina Durante años, el éxito de las políticas oceánicas se midió principalmente en kilómetros cuadrados protegidos. Ese enfoque permitió impulsar compromisos internacionales como la meta global «30×30», que busca proteger el 30 % del océano para 2030. Pero la comunidad científica ha comenzado a advertir que esa métrica resulta insuficiente. Un área puede aparecer oficialmente como protegida y, sin embargo, permitir actividades capaces de alterar significativamente los ecosistemas que pretende conservar. Precisamente para responder a esa brecha nació The MPA Guide, un estándar científico internacional desarrollado para evaluar no solo la existencia de una figura de protección, sino también el nivel real de conservación que ofrece. Bajo este marco, las áreas marinas protegidas se clasifican según el impacto de las actividades autorizadas en su interior, desde Fully Protected hasta Incompatible with Nature Conservation, dependiendo de la intensidad de las presiones humanas presentes. Créditos: Estudio. Una radiografía sin precedentes de Noruega Para aplicar el estándar internacional The MPA Guide, los investigadores realizaron una revisión exhaustiva de las actividades humanas que continúan desarrollándose dentro de las áreas marinas protegidas, considerando que la existencia de una figura legal de protección no necesariamente implica una restricción efectiva sobre los usos del océano. El análisis incorporó una amplia variedad de actividades con potencial impacto sobre los ecosistemas marinos, entre ellas la pesca industrial y artesanal, la acuicultura, la infraestructura costera, el fondeo de grandes embarcaciones, la minería, los dragados, la disposición de materiales y las actividades recreativas. Cada una de estas actividades fue evaluada y clasificada de acuerdo con el nivel de impacto ecológico establecido por The MPA Guide, un marco que permite determinar el verdadero grado de conservación de un área protegida más allá de su denominación administrativa. Uno de los componentes más detallados del estudio correspondió al análisis de la actividad pesquera. Los investigadores evitaron clasificar la pesca como una práctica homogénea y, en cambio, evaluaron cada arte de pesca según su capacidad potencial de modificar las condiciones naturales de los ecosistemas marinos. Bajo este criterio, las artes de arrastre que generan contacto directo con el fondo marino —como el bottom trawl, el Danish seine y ciertos sistemas de arrastre utilizados en la captura de camarón— fueron consideradas incompatibles con objetivos estrictos de conservación, debido a su alta capacidad de perturbación del hábitat bentónico y a su operación frecuente a escala industrial. En contraste, métodos de menor impacto, como el uso de trampas, líneas individuales o la recolección manual, obtuvieron evaluaciones más favorables al presentar una menor alteración de los ecosistemas y una mayor compatibilidad con los objetivos de protección marina. Los resultados refuerzan una de las principales conclusiones del estudio: la efectividad de un área marina protegida no depende únicamente de su superficie o categoría legal, sino también de las actividades que se permiten dentro de sus límites y del nivel de presión que estas generan sobre los ecosistemas. Fig. 1. Distribución espacial de las Áreas Marinas Protegidas (AMP) en las aguas marinas de Noruega, clasificadas de acuerdo con el marco metodológico de The MPA Guide. Créditos: Estudio. La salmonicultura en el centro del análisis La acuicultura emerge como uno de los factores clave en la evaluación de las áreas marinas protegidas. Para la industria salmonera, uno de los resultados metodológicos más relevantes del estudio está relacionado con la forma en que The MPA Guide clasifica las actividades acuícolas dentro de las áreas marinas protegidas. Los investigadores diferenciaron entre distintos tipos de acuicultura. Mientras los cultivos de algas y moluscos fueron considerados actividades de bajo impacto relativo, la producción industrial de peces (finfish aquaculture) fue clasificada dentro de las categorías de mayor impacto según el estándar utilizado. Bajo esta metodología, la presencia o autorización de instalaciones de cultivo intensivo de peces dentro de un área marina protegida limita la posibilidad de que ese espacio alcance los niveles más altos de protección efectiva definidos por el marco de evaluación. Sin embargo, el estudio no concluye que la salmonicultura sea incompatible con la conservación marina. Su planteamiento se centra en un aspecto metodológico: la actividad acuícola intensiva influye en la clasificación del nivel de protección que puede atribuirse a un área protegida. La diferencia es relevante. Los investigadores no realizan una evaluación de la industria salmonera como actividad económica, sino que aplican un criterio estandarizado para medir la efectividad real de las medidas de conservación en los ecosistemas marinos. Cuando un área protegida sigue siendo un espacio productivo La investigación muestra que la conservación marina moderna enfrenta un desafío creciente. Muchas áreas protegidas continúan albergando infraestructura portuaria, zonas de fondeo, actividades de dragado, instalaciones energéticas y diversas formas de aprovechamiento económico. Por ejemplo, la presencia de puertos, parques eólicos u otras infraestructuras de alto impacto puede reducir significativamente la clasificación de protección de una AMP. Del mismo modo, actividades como el dragado, la disposición de materiales o determinadas operaciones mineras también disminuyen el nivel efectivo de protección cuando están autorizadas. En otras palabras, el estudio demuestra que la conservación marina ya no puede evaluarse únicamente observando los límites administrativos de un mapa. Debe analizarse qué ocurre dentro de esos límites. Fig. 3. Cobertura de las Áreas Marinas Protegidas (AMP) en Noruega según el Nivel de Protección (LOP) de la guía de AMP. Izquierda: total nacional; centro: Noruega continental; y derecha: islas —archipiélagos de Svalbard y Jan Mayen—. Créditos: Estudio. Una metodología construida sobre evidencia Uno de los principales aportes del trabajo radica en la robustez de su metodología. Los investigadores combinaron información proveniente de regulaciones nacionales, bases de datos geoespaciales, registros oficiales, sistemas AIS para validar la ocurrencia de determinadas actividades pesqueras y revisión por especialistas en conservación y pesquerías. Incluso aquellas áreas remotas cuyos resultados parecían inicialmente sorprendentes fueron verificadas nuevamente utilizando evidencia adicional antes de mantener su clasificación final. Esa validación independiente fortalece la credibilidad del estudio y lo convierte en una referencia para futuras evaluaciones internacionales. Un cambio de paradigma para la conservación marina Más allá de Noruega, el estudio refleja una transformación profunda en la ciencia de la conservación. Durante décadas, el éxito se medía en hectáreas. Hoy comienza a medirse en calidad. Las áreas marinas protegidas ya no serán evaluadas únicamente por su extensión geográfica, sino por la intensidad de las actividades humanas que albergan y por su capacidad real para conservar la biodiversidad. Para la salmonicultura —tanto noruega como chilena— esta evolución representa un desafío estratégico. El futuro del sector dependerá cada vez más de demostrar que producción y conservación pueden coexistir bajo estándares internacionalmente reconocidos. En ese contexto, el estudio no ofrece respuestas definitivas, pero sí plantea una pregunta que probablemente marcará la próxima década de la política oceánica: ¿es suficiente declarar un área protegida o el verdadero liderazgo ambiental dependerá, cada vez más, de lo que sucede dentro de ella? Lea el estudio completo aquí: Data on marine protection levels in Norwegian MPAs: A national application of The MPA guide Lea el artículo previo sobre áreas protegidas en Chile y Noruega publicado previamente en InfoSALMON

Aunque Noruega suele ser reconocida por su liderazgo en la gestión de los océanos, la extensión de sus áreas marinas protegidas es relativamente modesta en comparación con otros referentes internacionales.

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Según la base de datos internacional Marine Protection Atlas (MPAtlas), el país protege alrededor del 0,8 % de sus aguas marinas, una cifra muy inferior al objetivo global de conservar el 30 % del océano al año 2030 y distante del 35 % que actualmente protege Chile.

Esta diferencia convierte a Noruega en un caso particularmente interesante para la ciencia: más que evaluar la cantidad de océano protegido, el nuevo estudio se centra en la calidad de esa protección y en las actividades que continúan desarrollándose dentro de las áreas marinas protegidas, un aspecto cada vez más relevante para medir la efectividad real de las políticas de conservación.

En este sentido, el estudio lo que hace es plantear una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa realmente proteger un área marina cuando diversas actividades industriales continúan permitidas dentro de ella?

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La investigación, publicada en Data in Brief y liderada por Barbara Horta e Costa junto a un equipo internacional de especialistas, constituye la evaluación más completa realizada hasta ahora sobre el nivel efectivo de protección de las áreas marinas protegidas de Noruega.

Para ello, los investigadores analizaron más de 800 áreas protegidas, integrando bases de datos oficiales, regulaciones nacionales, información espacial, evidencia satelital y validación por expertos del Instituto de Investigación Marina de Noruega (IMR), la Dirección de Pesca y la Agencia Noruega de Medio Ambiente.

La conclusión principal no es que Noruega proteja poco; es más sofisticada: la calidad de un área protegida depende menos de su denominación legal que de las actividades que realmente permite.

Del tamaño a la calidad: el nuevo paradigma de la conservación marina

Durante años, el éxito de las políticas oceánicas se midió principalmente en kilómetros cuadrados protegidos. Ese enfoque permitió impulsar compromisos internacionales como la meta global «30×30», que busca proteger el 30 % del océano para 2030.

Pero la comunidad científica ha comenzado a advertir que esa métrica resulta insuficiente. Un área puede aparecer oficialmente como protegida y, sin embargo, permitir actividades capaces de alterar significativamente los ecosistemas que pretende conservar.

Precisamente para responder a esa brecha nació The MPA Guide, un estándar científico internacional desarrollado para evaluar no solo la existencia de una figura de protección, sino también el nivel real de conservación que ofrece.

Bajo este marco, las áreas marinas protegidas se clasifican según el impacto de las actividades autorizadas en su interior, desde Fully Protected hasta Incompatible with Nature Conservation, dependiendo de la intensidad de las presiones humanas presentes.

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Créditos: Estudio.

Una radiografía sin precedentes de Noruega

Para aplicar el estándar internacional The MPA Guide, los investigadores realizaron una revisión exhaustiva de las actividades humanas que continúan desarrollándose dentro de las áreas marinas protegidas, considerando que la existencia de una figura legal de protección no necesariamente implica una restricción efectiva sobre los usos del océano.

El análisis incorporó una amplia variedad de actividades con potencial impacto sobre los ecosistemas marinos, entre ellas la pesca industrial y artesanal, la acuicultura, la infraestructura costera, el fondeo de grandes embarcaciones, la minería, los dragados, la disposición de materiales y las actividades recreativas.

Cada una de estas actividades fue evaluada y clasificada de acuerdo con el nivel de impacto ecológico establecido por The MPA Guide, un marco que permite determinar el verdadero grado de conservación de un área protegida más allá de su denominación administrativa.

Uno de los componentes más detallados del estudio correspondió al análisis de la actividad pesquera. Los investigadores evitaron clasificar la pesca como una práctica homogénea y, en cambio, evaluaron cada arte de pesca según su capacidad potencial de modificar las condiciones naturales de los ecosistemas marinos.

Bajo este criterio, las artes de arrastre que generan contacto directo con el fondo marino —como el bottom trawl, el Danish seine y ciertos sistemas de arrastre utilizados en la captura de camarón— fueron consideradas incompatibles con objetivos estrictos de conservación, debido a su alta capacidad de perturbación del hábitat bentónico y a su operación frecuente a escala industrial.

En contraste, métodos de menor impacto, como el uso de trampas, líneas individuales o la recolección manual, obtuvieron evaluaciones más favorables al presentar una menor alteración de los ecosistemas y una mayor compatibilidad con los objetivos de protección marina.

Los resultados refuerzan una de las principales conclusiones del estudio: la efectividad de un área marina protegida no depende únicamente de su superficie o categoría legal, sino también de las actividades que se permiten dentro de sus límites y del nivel de presión que estas generan sobre los ecosistemas.

Fig. 1. Distribución espacial de las Áreas Marinas Protegidas (AMP) en las aguas marinas de Noruega, clasificadas de acuerdo con el marco metodológico de The MPA Guide. Créditos: Estudio.

La salmonicultura en el centro del análisis

La acuicultura emerge como uno de los factores clave en la evaluación de las áreas marinas protegidas. Para la industria salmonera, uno de los resultados metodológicos más relevantes del estudio está relacionado con la forma en que The MPA Guide clasifica las actividades acuícolas dentro de las áreas marinas protegidas.

Los investigadores diferenciaron entre distintos tipos de acuicultura. Mientras los cultivos de algas y moluscos fueron considerados actividades de bajo impacto relativo, la producción industrial de peces (finfish aquaculture) fue clasificada dentro de las categorías de mayor impacto según el estándar utilizado.

Bajo esta metodología, la presencia o autorización de instalaciones de cultivo intensivo de peces dentro de un área marina protegida limita la posibilidad de que ese espacio alcance los niveles más altos de protección efectiva definidos por el marco de evaluación.

Sin embargo, el estudio no concluye que la salmonicultura sea incompatible con la conservación marina. Su planteamiento se centra en un aspecto metodológico: la actividad acuícola intensiva influye en la clasificación del nivel de protección que puede atribuirse a un área protegida.

La diferencia es relevante. Los investigadores no realizan una evaluación de la industria salmonera como actividad económica, sino que aplican un criterio estandarizado para medir la efectividad real de las medidas de conservación en los ecosistemas marinos.

Cuando un área protegida sigue siendo un espacio productivo

La investigación muestra que la conservación marina moderna enfrenta un desafío creciente. Muchas áreas protegidas continúan albergando infraestructura portuaria, zonas de fondeo, actividades de dragado, instalaciones energéticas y diversas formas de aprovechamiento económico.

Por ejemplo, la presencia de puertos, parques eólicos u otras infraestructuras de alto impacto puede reducir significativamente la clasificación de protección de una AMP. Del mismo modo, actividades como el dragado, la disposición de materiales o determinadas operaciones mineras también disminuyen el nivel efectivo de protección cuando están autorizadas.

En otras palabras, el estudio demuestra que la conservación marina ya no puede evaluarse únicamente observando los límites administrativos de un mapa. Debe analizarse qué ocurre dentro de esos límites.

Fig. 3. Cobertura de las Áreas Marinas Protegidas (AMP) en Noruega según el Nivel de Protección (LOP) de la guía de AMP. Izquierda: total nacional; centro: Noruega continental; y derecha: islas —archipiélagos de Svalbard y Jan Mayen—. Créditos: Estudio.

Una metodología construida sobre evidencia

Uno de los principales aportes del trabajo radica en la robustez de su metodología. Los investigadores combinaron información proveniente de regulaciones nacionales, bases de datos geoespaciales, registros oficiales, sistemas AIS para validar la ocurrencia de determinadas actividades pesqueras y revisión por especialistas en conservación y pesquerías.

Incluso aquellas áreas remotas cuyos resultados parecían inicialmente sorprendentes fueron verificadas nuevamente utilizando evidencia adicional antes de mantener su clasificación final. Esa validación independiente fortalece la credibilidad del estudio y lo convierte en una referencia para futuras evaluaciones internacionales.

Un cambio de paradigma para la conservación marina

Más allá de Noruega, el estudio refleja una transformación profunda en la ciencia de la conservación. Durante décadas, el éxito se medía en hectáreas. Hoy comienza a medirse en calidad.

Las áreas marinas protegidas ya no serán evaluadas únicamente por su extensión geográfica, sino por la intensidad de las actividades humanas que albergan y por su capacidad real para conservar la biodiversidad.

Para la salmonicultura —tanto noruega como chilena— esta evolución representa un desafío estratégico. El futuro del sector dependerá cada vez más de demostrar que producción y conservación pueden coexistir bajo estándares internacionalmente reconocidos.

En ese contexto, el estudio no ofrece respuestas definitivas, pero sí plantea una pregunta que probablemente marcará la próxima década de la política oceánica: ¿es suficiente declarar un área protegida o el verdadero liderazgo ambiental dependerá, cada vez más, de lo que sucede dentro de ella?

Lea el estudio completo aquí: Data on marine protection levels in Norwegian MPAs: A national application of The MPA guide

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