¿Pueden las Malvinas producir salmones? La experiencia canadiense entra al debate
Dos consultores presentaron la experiencia de Columbia Británica ante la comunidad de las Islas Malvinas. El análisis abordó los posibles impactos sobre el fondo marino, las especies silvestres y las actividades existentes, además de las condiciones que deberían estudiarse antes de autorizar centros de cultivo.
¿Pueden las Islas Malvinas desarrollar salmonicultura a gran escala? Esa es la pregunta que comienza a discutirse en el archipiélago, donde dos consultores canadienses expusieron su experiencia en producción de salmones, salud de peces y regulación ambiental.
Según informó Penguin News, el patólogo veterinario de peces Gary Marty y el biólogo especializado en acuicultura Bernie Taekema fueron invitados por Unity Marine para participar en una reunión pública realizada como parte de la consulta sobre una posible salmonicultura a gran escala.
Darren Christie, gerente general de Fortuna y representante de Unity Marine, aclaró durante la actividad que el proceso no busca evaluar actualmente un proyecto específico. La discusión se concentra, por ahora, en determinar si la producción de salmones debería permitirse en las islas.
La experiencia de Columbia Británica
Gary Marty presentó antecedentes relacionados con la interacción entre los centros de cultivo y las poblaciones de salmones silvestres de Columbia Británica.
El especialista comparó el número de salmones rojos que regresaron a desovar al río Fraser durante periodos sucesivos de 30 años, antes y durante el desarrollo de la salmonicultura. Según su exposición, el número total de reproductores aumentó durante las tres décadas en que los centros operaron a lo largo de su ruta migratoria.
Marty sostuvo que esos datos no respaldan la afirmación de que la salmonicultura haya provocado una disminución de las poblaciones silvestres. También mencionó un estudio revisado por pares, elaborado junto con otros especialistas en salud de peces, según el cual la evidencia disponible indicaría que los patógenos procedentes de salmones cultivados tendrían un impacto mínimo sobre las poblaciones silvestres.
Además, utilizó imágenes satelitales para mostrar que los centros ocupan una superficie reducida frente a la extensión total de la costa de Columbia Británica. También presentó información sobre las poblaciones de arenque y su consumo por parte de focas, lobos marinos, ballenas jorobadas y salmones Chinook.
Evaluaciones de al menos dos años
Bernie Taekema explicó el proceso ambiental aplicado en Columbia Británica para analizar la instalación de nuevos centros de cultivo marinos.
De acuerdo con el consultor, una evaluación puede extenderse durante al menos dos años, debido a que algunos estudios solamente pueden realizarse en determinadas épocas. Antes de considerar adecuado un emplazamiento, pueden revisarse alrededor de 60 factores ambientales, productivos y territoriales.
Entre ellos se encuentran la profundidad del agua, las corrientes, el oleaje, la composición del fondo marino, las pesquerías, las rutas migratorias de salmones juveniles, los mamíferos marinos, las aves, la navegación, el turismo y la presencia de sitios culturalmente relevantes.
Taekema señaló que la información es recopilada y financiada principalmente por la empresa interesada, mientras la autoridad establece los requisitos y revisa los antecedentes. El conocimiento de los habitantes sobre los ecosistemas, las pesquerías y otros usos del territorio también forma parte del análisis.
También explicó que se monitorea la distancia hasta la cual el material orgánico procedente de un centro puede afectar el fondo marino. Después de un ciclo productivo, los peces no pueden regresar al sitio hasta que los análisis demuestren que el fondo se ha recuperado suficientemente.
Las Malvinas necesitan estudios propios
Uno de los principales cuestionamientos surgidos durante la reunión fue si la experiencia de Columbia Británica puede aplicarse directamente en las Islas Malvinas.
Los asistentes plantearon que la costa canadiense posee bosques y aguas con una mayor disponibilidad de nutrientes, mientras que las aguas del archipiélago presentarían condiciones diferentes.
Taekema respondió que los efectos de un centro dependerán del tamaño del cuerpo de agua, las corrientes, la renovación del agua y los niveles naturales de nutrientes. Por ello, sostuvo que deberán realizarse estudios y modelaciones locales antes de determinar los posibles impactos.
El sistema canadiense también tendría que adaptarse para considerar especies relevantes para las islas, como pingüinos y calamares. Taekema definió la herramienta de evaluación como un “documento vivo” que puede modificarse, y no como una regulación que pueda trasladarse sin cambios desde Canadá.
El desafío de construir una regulación local
Durante la actividad también se abordaron los efectos del ruido producido por generadores, embarcaciones y operaciones acuícolas. Taekema reconoció que el ruido puede afectar a la fauna marina.
Los especialistas señalaron, además, que en Columbia Británica se han registrado casos poco frecuentes de ballenas jorobadas enredadas en instalaciones salmonicultoras. Focas y lobos marinos también pueden ingresar o quedar atrapados alrededor de las jaulas, por lo que los centros han incorporado barreras adicionales para impedir su entrada.
Los consultores fueron consultados igualmente por la decisión del Gobierno canadiense de retirar los centros de redes abiertas de algunas zonas de Columbia Británica. Ambos atribuyeron esa determinación principalmente a presiones políticas y afirmaron que los antecedentes poblacionales presentados no demostrarían una disminución de salmones silvestres causada por la industria.
Marty agregó que la salmonicultura puede reducirse o terminarse después de haber sido autorizada, mencionando cierres en el estado de Washington y Columbia Británica, además de reducciones productivas en Tasmania.
Sin embargo, los propios expositores reconocieron que las conclusiones obtenidas en Canadá no pueden trasladarse automáticamente al archipiélago.
La respuesta a la pregunta sobre si las Malvinas pueden producir salmones dependerá, por lo tanto, de estudios realizados en sus propias aguas, de la capacidad para identificar sitios adecuados y de la construcción de una regulación que considere las características ambientales, económicas y productivas locales.
¿Pueden las Islas Malvinas desarrollar salmonicultura a gran escala? Esa es la pregunta que comienza a discutirse en el archipiélago, donde dos consultores canadienses expusieron su experiencia en producción de salmones, salud de peces y regulación ambiental.
Según informó Penguin News, el patólogo veterinario de peces Gary Marty y el biólogo especializado en acuicultura Bernie Taekema fueron invitados por Unity Marine para participar en una reunión pública realizada como parte de la consulta sobre una posible salmonicultura a gran escala.
Darren Christie, gerente general de Fortuna y representante de Unity Marine, aclaró durante la actividad que el proceso no busca evaluar actualmente un proyecto específico. La discusión se concentra, por ahora, en determinar si la producción de salmones debería permitirse en las islas.
La experiencia de Columbia Británica
Gary Marty presentó antecedentes relacionados con la interacción entre los centros de cultivo y las poblaciones de salmones silvestres de Columbia Británica.
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El especialista comparó el número de salmones rojos que regresaron a desovar al río Fraser durante periodos sucesivos de 30 años, antes y durante el desarrollo de la salmonicultura. Según su exposición, el número total de reproductores aumentó durante las tres décadas en que los centros operaron a lo largo de su ruta migratoria.
Marty sostuvo que esos datos no respaldan la afirmación de que la salmonicultura haya provocado una disminución de las poblaciones silvestres. También mencionó un estudio revisado por pares, elaborado junto con otros especialistas en salud de peces, según el cual la evidencia disponible indicaría que los patógenos procedentes de salmones cultivados tendrían un impacto mínimo sobre las poblaciones silvestres.
Además, utilizó imágenes satelitales para mostrar que los centros ocupan una superficie reducida frente a la extensión total de la costa de Columbia Británica. También presentó información sobre las poblaciones de arenque y su consumo por parte de focas, lobos marinos, ballenas jorobadas y salmones Chinook.
Evaluaciones de al menos dos años
Bernie Taekema explicó el proceso ambiental aplicado en Columbia Británica para analizar la instalación de nuevos centros de cultivo marinos.
De acuerdo con el consultor, una evaluación puede extenderse durante al menos dos años, debido a que algunos estudios solamente pueden realizarse en determinadas épocas. Antes de considerar adecuado un emplazamiento, pueden revisarse alrededor de 60 factores ambientales, productivos y territoriales.
Entre ellos se encuentran la profundidad del agua, las corrientes, el oleaje, la composición del fondo marino, las pesquerías, las rutas migratorias de salmones juveniles, los mamíferos marinos, las aves, la navegación, el turismo y la presencia de sitios culturalmente relevantes.
Taekema señaló que la información es recopilada y financiada principalmente por la empresa interesada, mientras la autoridad establece los requisitos y revisa los antecedentes. El conocimiento de los habitantes sobre los ecosistemas, las pesquerías y otros usos del territorio también forma parte del análisis.
También explicó que se monitorea la distancia hasta la cual el material orgánico procedente de un centro puede afectar el fondo marino. Después de un ciclo productivo, los peces no pueden regresar al sitio hasta que los análisis demuestren que el fondo se ha recuperado suficientemente.
Las Malvinas necesitan estudios propios
Uno de los principales cuestionamientos surgidos durante la reunión fue si la experiencia de Columbia Británica puede aplicarse directamente en las Islas Malvinas.
Los asistentes plantearon que la costa canadiense posee bosques y aguas con una mayor disponibilidad de nutrientes, mientras que las aguas del archipiélago presentarían condiciones diferentes.
Taekema respondió que los efectos de un centro dependerán del tamaño del cuerpo de agua, las corrientes, la renovación del agua y los niveles naturales de nutrientes. Por ello, sostuvo que deberán realizarse estudios y modelaciones locales antes de determinar los posibles impactos.
El sistema canadiense también tendría que adaptarse para considerar especies relevantes para las islas, como pingüinos y calamares. Taekema definió la herramienta de evaluación como un “documento vivo” que puede modificarse, y no como una regulación que pueda trasladarse sin cambios desde Canadá.
El desafío de construir una regulación local
Durante la actividad también se abordaron los efectos del ruido producido por generadores, embarcaciones y operaciones acuícolas. Taekema reconoció que el ruido puede afectar a la fauna marina.
Los especialistas señalaron, además, que en Columbia Británica se han registrado casos poco frecuentes de ballenas jorobadas enredadas en instalaciones salmonicultoras. Focas y lobos marinos también pueden ingresar o quedar atrapados alrededor de las jaulas, por lo que los centros han incorporado barreras adicionales para impedir su entrada.
Los consultores fueron consultados igualmente por la decisión del Gobierno canadiense de retirar los centros de redes abiertas de algunas zonas de Columbia Británica. Ambos atribuyeron esa determinación principalmente a presiones políticas y afirmaron que los antecedentes poblacionales presentados no demostrarían una disminución de salmones silvestres causada por la industria.
Marty agregó que la salmonicultura puede reducirse o terminarse después de haber sido autorizada, mencionando cierres en el estado de Washington y Columbia Británica, además de reducciones productivas en Tasmania.
Sin embargo, los propios expositores reconocieron que las conclusiones obtenidas en Canadá no pueden trasladarse automáticamente al archipiélago.
La respuesta a la pregunta sobre si las Malvinas pueden producir salmones dependerá, por lo tanto, de estudios realizados en sus propias aguas, de la capacidad para identificar sitios adecuados y de la construcción de una regulación que considere las características ambientales, económicas y productivas locales.