Chile vive una fiebre silenciosa. Mientras la atención pública se concentra en industrias como el litio, el hidrógeno verde o el salmón, en nuestras costas se desarrolla un fenómeno que merece mayor atención: el boom en la extracción de macroalgas. Resulta especialmente relevante preguntarnos qué tipo de relación estamos construyendo con nuestros ecosistemas marinos y con los recursos que extraemos de ellos.
Solo en 2024 se extrajeron más de 400.000 toneladas de algas en el país, una cifra que representa el 88% de la cosecha latinoamericana y más del 10% de los desembarques mundiales de ciertos grupos, como las algas pardas. Detrás de estos números hay una pregunta urgente que debemos plantearnos: ¿estamos ante una oportunidad real de transición sustentable o simplemente ante una nueva versión de la lógica extractivista que ha marcado nuestra relación con la naturaleza?
Los datos invitan al escepticismo. A diferencia de otros grandes productores mundiales, como los países asiáticos, donde las algas cultivadas dominan la oferta, en Chile apenas el 2,4% del total de las algas exportadas proviene del cultivo. El resto se extrae directamente del mar, una práctica que ha provocado reducciones masivas de bosques de algas a lo largo de toda nuestra costa.
Dado que las macroalgas operan como “ingenieros ecosistémicos” del océano (ya que sostienen múltiples procesos biológicos), su posible colapso arrastrará consigo a ecosistemas enteros. Siguiendo la lógica extractivista habitual, mientras estos daños permanecen en territorios que ya enfrentan diversos problemas socioambientales, las ganancias quedan en manos de un grupo reducido de empresas. En la mayoría de los casos, estos miles de toneladas de algas salen del país como materia prima y sin procesamiento, repitiendo un modelo que Chile conoce desde hace décadas.
Frente a este panorama, surge una pregunta legítima: ¿pueden las iniciativas que hoy se presentan como “sustentables” cambiar realmente el rumbo? En la mayoría de los casos, proyectos y políticas implementados para aumentar la sustentabilidad del sector alguero, tanto públicos como privados, solo proponen soluciones parciales y de corto plazo que no modifican realmente el modelo extractivo de esta naciente industria.
Una transición genuina hacia la sustentabilidad en el sector alguero exige no solo iniciativas que incentiven cambios puntuales, sino también repensar por completo nuestra relación con las algas, sus ecosistemas y quienes las trabajan. Exige dejar de ver a las algas como mera materia prima y entenderlas como entidades vivas, base de los ecosistemas y de las vidas humanas que dependen de ellas, ya que las comunidades costeras no son solo agentes económicos, sino también formaciones sociales complejas.
Existen experiencias incipientes que apuntan en esa dirección: cultivos comunitarios a pequeña escala, iniciativas de procesamiento cooperativo y proyectos que valorizan el alga más allá de su exportación como materia prima. Aunque son experimentos frágiles y con resultados inciertos, podrían marcar la diferencia entre una transición real y otro ciclo extractivo disfrazado de sostenibilidad. La pregunta no es si Chile debe exportar más algas, sino si puede crear una industria realmente sustentable y justa.



















