El desafío metabólico que comienza en agua dulce: advierten que el salmón llega al mar con margen fisiológico cada vez más estrecho
Durante la 28.ª edición del Seminario de Veterquimica, el Dr. Marco Rozas, CEO y fundador de Pathovet Labs, abordó cómo la acumulación de desafíos ambientales, sanitarios, nutricionales y de manejo puede comprometer la capacidad de adaptación del salmón.
La condición fisiológica con la que un salmón llega al mar podría estar determinada mucho antes de su transferencia. Esta fue una de las principales ideas planteadas por el Dr. Marco Rozas, CEO y fundador de Pathovet Labs, durante su presentación “Alteraciones metabólicas del salmón y el rol del smolt en el desempeño post-transferencia”, realizada en la 28.ª edición del Seminario de Veterquimica en Pucón.
Su exposición puso el foco en un desafío que requiere ampliar la mirada sanitaria y productiva de la salmonicultura. Se trata de la acumulación de exigencias fisiológicas que enfrenta el pez durante todo su ciclo, desde agua dulce hasta la cosecha.
“La respuesta comenzó aquí, en la cuna del smolt”, planteó Rozas al introducir uno de los ejes centrales de su presentación: la posibilidad de que algunas alteraciones metabólicas comiencen a desarrollarse antes de que existan señales externas evidentes.
A juicio del investigador, los peces de cultivo enfrentan una combinación de factores. Estos pueden favorecer estados de inflamación crónica de bajo grado y estrés oxidativo. Entre ellos mencionó las condiciones ambientales, los sistemas de cultivo, los manejos productivos, los desafíos sanitarios, las vacunas y la nutrición.
“Desde el agua dulce hasta que se cosechan en el mar, son peces que están en un estado en general proinflamatorio, en un estado de estrés oxidativo”, señaló.
La preocupación no se limita a la presencia de estos procesos. También incluye sus posibles consecuencias sobre la capacidad del animal para responder a nuevas exigencias. En ese sentido, Rozas sostuvo que la inflamación sostenida y el estrés oxidativo pueden estrechar el margen fisiológico del pez. Así se reduce su capacidad para enfrentar los desafíos propios de la producción.
La carga alostática: el costo acumulado de adaptarse
Uno de los conceptos centrales de la presentación fue la carga alostática, entendida como el costo fisiológico acumulado que debe asumir el organismo cuando necesita adaptarse de manera reiterada o prolongada a las condiciones del entorno.
A diferencia de la homeostasis, que busca mantener la estabilidad interna, la alostasis permite alcanzar esa estabilidad mediante ajustes y respuestas frente a los cambios. El problema aparece cuando esas adaptaciones se suceden o mantienen durante períodos prolongados, generando un desgaste que puede comprometer otras funciones del organismo.
Rozas utilizó una comparación sencilla para explicar el fenómeno: “La carga alostática es un impuesto acumulado que el pez paga por cada adaptación durante su ciclo productivo”.
Ese costo, explicó, comienza a acumularse desde las primeras etapas de cultivo. En agua dulce, los peces pueden enfrentar factores asociados a los sistemas RAS, como gases y compuestos nitrogenados. A ello se suman las densidades de cultivo, las dietas de alta energía y las condiciones ambientales. Posteriormente, se suman la vacunación, los cambios de fotoperíodo, la manipulación, la esmoltificación y el traslado al mar.
Una vez en ambiente marino, aparecen nuevas exigencias. Entre ellas están los cambios osmóticos, la exposición a patógenos, las variaciones de temperatura, la hipoxia, los baños y otros procedimientos de manejo.
“Desde que tiene medio gramo hasta que tiene seis kilos para cosechar, el pececito está constantemente adaptándose a un ambiente natural que ya no es el mismo”, explicó.
La consecuencia productiva de esta acumulación es especialmente relevante para la industria. Un pez puede llegar aparentemente preparado a la transferencia, pero con una capacidad de respuesta limitada frente a las exigencias posteriores.
En este contexto, el investigador llamó a diferenciar conceptos como robustez, resistencia y resiliencia. Destacó que la capacidad de soportar una condición no equivale necesariamente a recuperarse o adaptarse a otra.
Más allá de las enfermedades infecciosas: la atención sobre las causas no infecciosas
Otro de los puntos abordados fue la distribución de las causas de mortalidad en centros de cultivo. Rozas usó los informes sanitarios de Sernapesca del período 2016–2025. Presentó medianas de mortalidad atribuida a causas infecciosas de 23% para salmón del Atlántico, 19% para trucha arcoíris y 16% para salmón coho.
En el salmón del Atlántico durante 2025, la presentación mostró que el daño mecánico representó un 22,2% de la mortalidad total. La eliminación alcanzó un 17,4% y el SRS un 13,6%, según el cálculo expuesto a partir de los datos disponibles.
El investigador no planteó que los desafíos infecciosos hayan dejado de ser importantes. Su argumento apuntó a equilibrar los esfuerzos de vigilancia. Propuso ampliar la atención hacia las causas no infecciosas, entre ellas las relacionadas con el ambiente, la adaptación y el estado metabólico de los peces.
“Los temas infecciosos son importantes, pero ¿por qué no equilibramos la balanza? Nadie está vigilando los temas no infecciosos, básicamente metabólicos”, planteó.
En su análisis, esta brecha es relevante porque algunos problemas no se expresan de inmediato como mortalidad. Pueden manifestarse en un menor crecimiento, dificultades de adaptación, deterioro de la condición del pez o una respuesta menos eficiente frente a desafíos posteriores.
Por ello, propuso elevar la atención sobre la calidad fisiológica de los smolts y los riesgos ambientales que acompañan su desarrollo.
Peces rezagados: señales metabólicas antes de que aparezcan las diferencias visibles
Uno de los hallazgos más destacados fue el de los peces rezagados. La presentación planteó la posibilidad de identificarlos antes de que muestren diferencias evidentes de tamaño o condición.
Según explicó Rozas, los estudios de su equipo indican que estos peces presentan un estado metabólico distinto. Esto los diferencia de los individuos que mantienen un crecimiento adecuado. En particular, describió un perfil catabólico, en contraste con el estado anabólico requerido para favorecer el crecimiento.
“Nuestros estudios indican que los peces rezagados están en un estado catabólico, es decir, totalmente diferente al anabólico que necesitamos para que los peces crezcan”, afirmó.
La investigación incluyó un ensayo de validación en agua dulce. Allí, un 13,3% de los peces analizados ya mostraba un patrón proteómico asociado al perfil de los rezagados, aunque todavía no presentaba un fenotipo visible.
“El 13,3% de los peces que analizamos en agua dulce representaban un patrón metabólico de peces rezagados, pero sin el fenotipo”, explicó.
Este resultado abre una posibilidad de interés para la gestión productiva. Consiste en detectar tempranamente a los individuos que podrían enfrentar dificultades más adelante, antes de que las diferencias de desempeño sean evidentes.
Para ello, el equipo ha trabajado con perfiles proteómicos y herramientas de inteligencia artificial capaces de reconocer patrones asociados a peces normales y rezagados. De acuerdo con las cifras expuestas, el algoritmo alcanzó aproximadamente un 89% de exactitud predictiva en salmón del Atlántico y coho.
El investigador aclaró que estos desarrollos forman parte de una línea de trabajo que todavía requiere nuevas definiciones y validaciones. No obstante, planteó que el uso de biomarcadores podría contribuir a anticipar riesgos y mejorar las decisiones de manejo.
Entre las alternativas mencionadas se encuentran la selección genómica y el monitoreo de biomarcadores durante la etapa de smolt. También figuran la separación proactiva de grupos de riesgo y el desarrollo de dietas funcionales diferenciadas.
Nutrición: un factor que cambió y que puede modularse
La nutrición ocupó un lugar central en la exposición. Para Rozas, los cambios en las formulaciones de alimentos durante las últimas décadas merecen especial atención. Son un elemento clave al analizar el estado fisiológico de los peces.
El investigador puso el foco en la evolución de los ingredientes utilizados y en la mayor participación de fuentes vegetales. También mencionó los niveles de lípidos y el equilibrio entre ácidos grasos omega-3 y omega-6, particularmente EPA y DHA.
“La nutrición es un tema que hoy en día es transversal y conduce a muchos de los efectos, llámese fenotipos alterados”, sostuvo.
Durante su presentación mostró cifras comparativas para ilustrar estos cambios. Entre ellas, destacó la reducción de ingredientes marinos en el alimento noruego desde un 90% a un 22% entre 1990 y 2020. Además, citó una disminución cercana al 50% del contenido de EPA+DHA por cada 100 gramos de filete en datos de Escocia entre 2006 y 2015. Por último, mencionó que la melanosis focal en filetes de salmón noruego subió de un 7% a un 20% entre 2003 y 2015.
Estos antecedentes fueron utilizados por el expositor para plantear preguntas sobre la relación entre la composición de las dietas y determinados fenómenos metabólicos y tisulares. En particular, abordó la importancia de considerar no solo la cantidad total de grasa. También planteó mirar el perfil de ácidos grasos y el balance entre omega-3 y omega-6. Sumó la proporción de grasas saturadas e insaturadas, la calidad de las fuentes lipídicas y su relación con los antioxidantes.
Respecto de la melanosis, Rozas expuso una hipótesis de trabajo que relaciona la degeneración de adipocitos con una respuesta inflamatoria. Sin embargo, se trata de una línea de investigación que requiere más estudio. No es una causalidad que pueda darse por establecida para todos los casos.
El mensaje del investigador apuntó a revisar los criterios de formulación. Propuso considerar las condiciones reales que enfrenta el pez durante el ciclo productivo, y no únicamente su crecimiento en escenarios favorables.
En esa línea, planteó una pregunta directa para la industria: “¿Para qué escenario estamos nosotros formulando nuestra dieta, nuestra base nutricional: para el promedio o el peor escenario esperable?”.
La ventana de esmoltificación y la importancia de coordinar los manejos
La presentación también abordó la esmoltificación como una etapa en la que coinciden transformaciones fisiológicas relevantes y distintas intervenciones productivas.
Rozas explicó que durante esta ventana cambian el fotoperíodo, el cortisol, la tiroxina y el gasto energético. Además, las decisiones de vacunación y manejo pueden superponerse con esos procesos.
Por ello, sostuvo que es necesario evaluar los tiempos y la combinación de las intervenciones. Deben considerarse las respuestas fisiológicas del pez y las características de cada sistema productivo.
En su exposición presentó antecedentes sobre la relación entre el aumento del cortisol y la reducción de células mucosas en la piel. También mostró datos vinculados a la respuesta inmune. También describió resultados sobre protección frente a distintos genogrupos de Piscirickettsia salmonis. En los desafíos mencionados, una vacuna basada en M90 registró un 100% de supervivencia frente al desafío homólogo y un 77% frente a F89. Rozas lo describió como una inmunidad cruzada parcial.
A partir de esos antecedentes, planteó la importancia de considerar ambos genogrupos en las estrategias de protección. No obstante, precisó que los resultados de los ajustes de manejo y vacunación que su equipo está evaluando todavía se encuentran en procesamiento.
La conclusión para esta etapa es que la preparación del smolt no debería evaluarse con un indicador aislado. Debe integrar la condición fisiológica, la respuesta inmunitaria y la secuencia de intervenciones antes de la transferencia.
Medir antes de que el problema sea visible
En el tramo final de su presentación, Rozas planteó avanzar hacia una gestión más predictiva de la salud y el desempeño productivo. Para ello propuso integrar información ambiental, metabólica, nutricional y sanitaria.
También abordó el papel de la microbiota en los sistemas RAS, presentando asociaciones entre determinados grupos bacterianos y condiciones del sistema o del pez. Entre los ejemplos mencionó la presencia de Carnobacterium intestinal, Mycobacterium en el agua y bacterias nitrificantes en el biofiltro. Los porcentajes expuestos fueron presentados como referencias de su análisis y no como umbrales universales aplicables a cualquier instalación.
La propuesta general consiste en aprovechar la información disponible para construir indicadores. Estos permitirían anticipar escenarios de riesgo, en lugar de actuar solo cuando las alteraciones ya se manifiestan.
En esa dirección, el investigador resumió uno de los mensajes centrales de su exposición en una frase: “La carga empieza acá, en agua dulce”.
Y vinculó esa advertencia con la necesidad de revisar las decisiones nutricionales y productivas que acompañan al pez desde sus primeras etapas.
“El salmón de cultivo opera hoy en un margen fisiológico mucho más estrecho que hace 20 años”, afirmó.
La reflexión final apunta a un cambio de enfoque para la salmonicultura. El desempeño en mar no depende solo de lo que ocurre tras la transferencia. También depende de la historia fisiológica que el pez acumula en agua dulce.
En palabras de Rozas, el desafío es “formular para el peor escenario, no para el promedio” y utilizar indicadores biológicos que permitan anticipar riesgos antes de que se expresen en el crecimiento, la condición o la supervivencia.
Es una mirada que invita a considerar al smolt como un punto decisivo para el desempeño productivo del salmón. No es solo una etapa de transición entre ambientes.
Sobre este tema, Aquabench destacó la importancia del factor tiempo frente al SRS. Además, se reveló que el suero fetal bovino en vacunas oleosas causa deformidades vertebrales.
La condición fisiológica con la que un salmón llega al mar podría estar determinada mucho antes de su transferencia. Esta fue una de las principales ideas planteadas por el Dr. Marco Rozas, CEO y fundador de Pathovet Labs, durante su presentación “Alteraciones metabólicas del salmón y el rol del smolt en el desempeño post-transferencia”, realizada en la 28.ª edición del Seminario de Veterquimica en Pucón.
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Su exposición puso el foco en un desafío que requiere ampliar la mirada sanitaria y productiva de la salmonicultura. Se trata de la acumulación de exigencias fisiológicas que enfrenta el pez durante todo su ciclo, desde agua dulce hasta la cosecha.
“La respuesta comenzó aquí, en la cuna del smolt”, planteó Rozas al introducir uno de los ejes centrales de su presentación: la posibilidad de que algunas alteraciones metabólicas comiencen a desarrollarse antes de que existan señales externas evidentes.
A juicio del investigador, los peces de cultivo enfrentan una combinación de factores. Estos pueden favorecer estados de inflamación crónica de bajo grado y estrés oxidativo. Entre ellos mencionó las condiciones ambientales, los sistemas de cultivo, los manejos productivos, los desafíos sanitarios, las vacunas y la nutrición.
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“Desde el agua dulce hasta que se cosechan en el mar, son peces que están en un estado en general proinflamatorio, en un estado de estrés oxidativo”, señaló.
La preocupación no se limita a la presencia de estos procesos. También incluye sus posibles consecuencias sobre la capacidad del animal para responder a nuevas exigencias. En ese sentido, Rozas sostuvo que la inflamación sostenida y el estrés oxidativo pueden estrechar el margen fisiológico del pez. Así se reduce su capacidad para enfrentar los desafíos propios de la producción.
La carga alostática: el costo acumulado de adaptarse
Uno de los conceptos centrales de la presentación fue la carga alostática, entendida como el costo fisiológico acumulado que debe asumir el organismo cuando necesita adaptarse de manera reiterada o prolongada a las condiciones del entorno.
A diferencia de la homeostasis, que busca mantener la estabilidad interna, la alostasis permite alcanzar esa estabilidad mediante ajustes y respuestas frente a los cambios. El problema aparece cuando esas adaptaciones se suceden o mantienen durante períodos prolongados, generando un desgaste que puede comprometer otras funciones del organismo.
Rozas utilizó una comparación sencilla para explicar el fenómeno: “La carga alostática es un impuesto acumulado que el pez paga por cada adaptación durante su ciclo productivo”.
Ese costo, explicó, comienza a acumularse desde las primeras etapas de cultivo. En agua dulce, los peces pueden enfrentar factores asociados a los sistemas RAS, como gases y compuestos nitrogenados. A ello se suman las densidades de cultivo, las dietas de alta energía y las condiciones ambientales. Posteriormente, se suman la vacunación, los cambios de fotoperíodo, la manipulación, la esmoltificación y el traslado al mar.
Una vez en ambiente marino, aparecen nuevas exigencias. Entre ellas están los cambios osmóticos, la exposición a patógenos, las variaciones de temperatura, la hipoxia, los baños y otros procedimientos de manejo.
“Desde que tiene medio gramo hasta que tiene seis kilos para cosechar, el pececito está constantemente adaptándose a un ambiente natural que ya no es el mismo”, explicó.
La consecuencia productiva de esta acumulación es especialmente relevante para la industria. Un pez puede llegar aparentemente preparado a la transferencia, pero con una capacidad de respuesta limitada frente a las exigencias posteriores.
En este contexto, el investigador llamó a diferenciar conceptos como robustez, resistencia y resiliencia. Destacó que la capacidad de soportar una condición no equivale necesariamente a recuperarse o adaptarse a otra.
Más allá de las enfermedades infecciosas: la atención sobre las causas no infecciosas
Otro de los puntos abordados fue la distribución de las causas de mortalidad en centros de cultivo. Rozas usó los informes sanitarios de Sernapesca del período 2016–2025. Presentó medianas de mortalidad atribuida a causas infecciosas de 23% para salmón del Atlántico, 19% para trucha arcoíris y 16% para salmón coho.
En el salmón del Atlántico durante 2025, la presentación mostró que el daño mecánico representó un 22,2% de la mortalidad total. La eliminación alcanzó un 17,4% y el SRS un 13,6%, según el cálculo expuesto a partir de los datos disponibles.
El investigador no planteó que los desafíos infecciosos hayan dejado de ser importantes. Su argumento apuntó a equilibrar los esfuerzos de vigilancia. Propuso ampliar la atención hacia las causas no infecciosas, entre ellas las relacionadas con el ambiente, la adaptación y el estado metabólico de los peces.
“Los temas infecciosos son importantes, pero ¿por qué no equilibramos la balanza? Nadie está vigilando los temas no infecciosos, básicamente metabólicos”, planteó.
En su análisis, esta brecha es relevante porque algunos problemas no se expresan de inmediato como mortalidad. Pueden manifestarse en un menor crecimiento, dificultades de adaptación, deterioro de la condición del pez o una respuesta menos eficiente frente a desafíos posteriores.
Por ello, propuso elevar la atención sobre la calidad fisiológica de los smolts y los riesgos ambientales que acompañan su desarrollo.
Peces rezagados: señales metabólicas antes de que aparezcan las diferencias visibles
Uno de los hallazgos más destacados fue el de los peces rezagados. La presentación planteó la posibilidad de identificarlos antes de que muestren diferencias evidentes de tamaño o condición.
Según explicó Rozas, los estudios de su equipo indican que estos peces presentan un estado metabólico distinto. Esto los diferencia de los individuos que mantienen un crecimiento adecuado. En particular, describió un perfil catabólico, en contraste con el estado anabólico requerido para favorecer el crecimiento.
“Nuestros estudios indican que los peces rezagados están en un estado catabólico, es decir, totalmente diferente al anabólico que necesitamos para que los peces crezcan”, afirmó.
La investigación incluyó un ensayo de validación en agua dulce. Allí, un 13,3% de los peces analizados ya mostraba un patrón proteómico asociado al perfil de los rezagados, aunque todavía no presentaba un fenotipo visible.
“El 13,3% de los peces que analizamos en agua dulce representaban un patrón metabólico de peces rezagados, pero sin el fenotipo”, explicó.
Este resultado abre una posibilidad de interés para la gestión productiva. Consiste en detectar tempranamente a los individuos que podrían enfrentar dificultades más adelante, antes de que las diferencias de desempeño sean evidentes.
Para ello, el equipo ha trabajado con perfiles proteómicos y herramientas de inteligencia artificial capaces de reconocer patrones asociados a peces normales y rezagados. De acuerdo con las cifras expuestas, el algoritmo alcanzó aproximadamente un 89% de exactitud predictiva en salmón del Atlántico y coho.
El investigador aclaró que estos desarrollos forman parte de una línea de trabajo que todavía requiere nuevas definiciones y validaciones. No obstante, planteó que el uso de biomarcadores podría contribuir a anticipar riesgos y mejorar las decisiones de manejo.
Entre las alternativas mencionadas se encuentran la selección genómica y el monitoreo de biomarcadores durante la etapa de smolt. También figuran la separación proactiva de grupos de riesgo y el desarrollo de dietas funcionales diferenciadas.
Nutrición: un factor que cambió y que puede modularse
La nutrición ocupó un lugar central en la exposición. Para Rozas, los cambios en las formulaciones de alimentos durante las últimas décadas merecen especial atención. Son un elemento clave al analizar el estado fisiológico de los peces.
El investigador puso el foco en la evolución de los ingredientes utilizados y en la mayor participación de fuentes vegetales. También mencionó los niveles de lípidos y el equilibrio entre ácidos grasos omega-3 y omega-6, particularmente EPA y DHA.
“La nutrición es un tema que hoy en día es transversal y conduce a muchos de los efectos, llámese fenotipos alterados”, sostuvo.
Durante su presentación mostró cifras comparativas para ilustrar estos cambios. Entre ellas, destacó la reducción de ingredientes marinos en el alimento noruego desde un 90% a un 22% entre 1990 y 2020. Además, citó una disminución cercana al 50% del contenido de EPA+DHA por cada 100 gramos de filete en datos de Escocia entre 2006 y 2015. Por último, mencionó que la melanosis focal en filetes de salmón noruego subió de un 7% a un 20% entre 2003 y 2015.
Estos antecedentes fueron utilizados por el expositor para plantear preguntas sobre la relación entre la composición de las dietas y determinados fenómenos metabólicos y tisulares. En particular, abordó la importancia de considerar no solo la cantidad total de grasa. También planteó mirar el perfil de ácidos grasos y el balance entre omega-3 y omega-6. Sumó la proporción de grasas saturadas e insaturadas, la calidad de las fuentes lipídicas y su relación con los antioxidantes.
Respecto de la melanosis, Rozas expuso una hipótesis de trabajo que relaciona la degeneración de adipocitos con una respuesta inflamatoria. Sin embargo, se trata de una línea de investigación que requiere más estudio. No es una causalidad que pueda darse por establecida para todos los casos.
El mensaje del investigador apuntó a revisar los criterios de formulación. Propuso considerar las condiciones reales que enfrenta el pez durante el ciclo productivo, y no únicamente su crecimiento en escenarios favorables.
En esa línea, planteó una pregunta directa para la industria: “¿Para qué escenario estamos nosotros formulando nuestra dieta, nuestra base nutricional: para el promedio o el peor escenario esperable?”.
La ventana de esmoltificación y la importancia de coordinar los manejos
La presentación también abordó la esmoltificación como una etapa en la que coinciden transformaciones fisiológicas relevantes y distintas intervenciones productivas.
Rozas explicó que durante esta ventana cambian el fotoperíodo, el cortisol, la tiroxina y el gasto energético. Además, las decisiones de vacunación y manejo pueden superponerse con esos procesos.
Por ello, sostuvo que es necesario evaluar los tiempos y la combinación de las intervenciones. Deben considerarse las respuestas fisiológicas del pez y las características de cada sistema productivo.
En su exposición presentó antecedentes sobre la relación entre el aumento del cortisol y la reducción de células mucosas en la piel. También mostró datos vinculados a la respuesta inmune. También describió resultados sobre protección frente a distintos genogrupos de Piscirickettsia salmonis. En los desafíos mencionados, una vacuna basada en M90 registró un 100% de supervivencia frente al desafío homólogo y un 77% frente a F89. Rozas lo describió como una inmunidad cruzada parcial.
A partir de esos antecedentes, planteó la importancia de considerar ambos genogrupos en las estrategias de protección. No obstante, precisó que los resultados de los ajustes de manejo y vacunación que su equipo está evaluando todavía se encuentran en procesamiento.
La conclusión para esta etapa es que la preparación del smolt no debería evaluarse con un indicador aislado. Debe integrar la condición fisiológica, la respuesta inmunitaria y la secuencia de intervenciones antes de la transferencia.
Medir antes de que el problema sea visible
En el tramo final de su presentación, Rozas planteó avanzar hacia una gestión más predictiva de la salud y el desempeño productivo. Para ello propuso integrar información ambiental, metabólica, nutricional y sanitaria.
También abordó el papel de la microbiota en los sistemas RAS, presentando asociaciones entre determinados grupos bacterianos y condiciones del sistema o del pez. Entre los ejemplos mencionó la presencia de Carnobacterium intestinal, Mycobacterium en el agua y bacterias nitrificantes en el biofiltro. Los porcentajes expuestos fueron presentados como referencias de su análisis y no como umbrales universales aplicables a cualquier instalación.
La propuesta general consiste en aprovechar la información disponible para construir indicadores. Estos permitirían anticipar escenarios de riesgo, en lugar de actuar solo cuando las alteraciones ya se manifiestan.
En esa dirección, el investigador resumió uno de los mensajes centrales de su exposición en una frase: “La carga empieza acá, en agua dulce”.
Y vinculó esa advertencia con la necesidad de revisar las decisiones nutricionales y productivas que acompañan al pez desde sus primeras etapas.
“El salmón de cultivo opera hoy en un margen fisiológico mucho más estrecho que hace 20 años”, afirmó.
La reflexión final apunta a un cambio de enfoque para la salmonicultura. El desempeño en mar no depende solo de lo que ocurre tras la transferencia. También depende de la historia fisiológica que el pez acumula en agua dulce.
En palabras de Rozas, el desafío es “formular para el peor escenario, no para el promedio” y utilizar indicadores biológicos que permitan anticipar riesgos antes de que se expresen en el crecimiento, la condición o la supervivencia.
Es una mirada que invita a considerar al smolt como un punto decisivo para el desempeño productivo del salmón. No es solo una etapa de transición entre ambientes.