En la carrera global por reducir la dependencia del aceite de pescado en la alimentación acuícola, los ácidos grasos omega-3 han pasado al centro del debate científico. Durante décadas, la nutrición del salmón del Atlántico se ha guiado por la cantidad total combinada de EPA y DHA —dos lípidos esenciales— bajo el supuesto de que ambos eran funcionalmente equivalentes. Sin embargo, un nuevo estudio realizado por el Instituto de Investigación Marina de Noruega y Cargill cuestiona esa premisa: el EPA por sí solo no puede cubrir las necesidades del pez, y el equilibrio entre ambos resulta clave para su desempeño biológico.
Un experimento para aislar el papel del equilibrio
Los investigadores diseñaron tres dietas experimentales para salmones cultivados en condiciones controladas:
- Una dieta similar a la comercial estándar, con proporción EPA:DHA cercana a 1:1;
- Una dieta con alto contenido de EPA y muy bajo DHA;
- Y una dieta equilibrada suplementada con EPA adicional.
El ensayo, que se extendió por cerca de diez semanas con más de 800 peces en estanques, permitió comparar el crecimiento, el consumo de alimento y la composición de ácidos grasos en tejidos y sangre.
El resultado más claro fue contundente: los peces alimentados con la dieta rica en EPA pero pobre en DHA crecieron significativamente menos —alrededor de un 15 % menos de ganancia de peso— pese a consumir cantidades similares de alimento. Esto descarta problemas de palatabilidad y apunta a una utilización metabólica menos eficiente de la energía.
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La bioquímica detrás del crecimiento
La explicación radica en el rol diferenciado de estos lípidos. El DHA cumple funciones estructurales críticas en membranas celulares, especialmente en tejidos nerviosos y visuales, mientras que el EPA participa más activamente en procesos bioactivos como inflamación y metabolismo energético.
Cuando el DHA escasea, el salmón puede sintetizarlo a partir de otros precursores —incluido el EPA— mediante rutas metabólicas complejas de elongación y desaturación. Pero esta conversión implica un gasto energético elevado. En el estudio, los peces con dietas desequilibradas activaron estos mecanismos compensatorios, logrando mantener niveles moderados de DHA en tejidos, aunque no equivalentes a los de los peces alimentados con dietas equilibradas. Ese esfuerzo metabólico adicional probablemente desvió energía del crecimiento hacia la síntesis lipídica.
Además, se observó competencia entre ambos ácidos grasos: incrementar la proporción EPA:DHA redujo los niveles de DHA en lípidos estructurales y en glóbulos rojos, confirmando que no son intercambiables dentro del organismo.
Más EPA no siempre significa mejor nutrición
Curiosamente, añadir EPA extra a una dieta equilibrada sí elevó el contenido total de omega-3 en tejidos, pero no generó ventajas claras en crecimiento frente a la dieta estándar. Esto sugiere que el beneficio de aumentar EPA tiene límites cuando las necesidades esenciales ya están cubiertas.
Los resultados también mostraron efectos sobre marcadores fisiológicos y de estrés, indicando que la composición lipídica de la dieta puede influir en la respuesta del pez a desafíos como el transporte, un aspecto relevante para la producción comercial.
Implicancias para la acuicultura sostenible
La investigación llega en un momento crítico: la disponibilidad mundial de aceite de pescado es limitada, y la industria explora alternativas como aceites vegetales modificados genéticamente o microbianos que suelen presentar proporciones desequilibradas de EPA y DHA.
El estudio advierte que reemplazar ingredientes tradicionales sin considerar el balance entre estos ácidos grasos puede generar dietas nutricionalmente subóptimas, incluso si el contenido total de omega-3 parece adecuado. Para los formuladores de alimentos, el mensaje es claro: no basta con contabilizar la suma de EPA y DHA; su proporción relativa importa tanto como su cantidad.
Más allá de la suma de los omega-3
Los autores destacan que existe todavía una brecha de conocimiento sobre las funciones específicas de EPA y DHA, tanto en peces como en otros organismos, incluida la salud humana. Pero la evidencia acumulada apunta a un consenso emergente: ambos compuestos cumplen roles complementarios y no sustituibles.
En el contexto acuícola, donde la eficiencia productiva y la sostenibilidad de los insumos están estrechamente ligadas, comprender esta interacción bioquímica podría marcar la diferencia entre una dieta viable y una que limite el rendimiento.
En definitiva, el estudio refuerza una lección fundamental de la nutrición —en peces y probablemente más allá—: el equilibrio molecular, más que la abundancia de un solo nutriente, es lo que sostiene el crecimiento y la salud.


















