El salmón coho puede completar su etapa de engorda en mar en menos tiempo que otras especies cultivadas en Chile. Esa velocidad suele presentarse como una fortaleza: permite concentrar el ciclo, reducir la exposición temporal a ciertos riesgos y alcanzar la cosecha en una ventana acotada. Sin embargo, detrás de ese desempeño existe una condición básica que no siempre se observa a simple vista. Para crecer, digerir alimento, nadar y mantener sus funciones fisiológicas, el pez necesita disponer de oxígeno suficiente.
La diferencia es importante porque una baja disponibilidad de oxígeno no comienza a ser relevante recién cuando aparecen peces boqueando o mortalidades. Mucho antes de ese punto, el organismo puede reducir actividad, apetito y crecimiento para ajustar su gasto energético. Por eso, el verdadero desafío no consiste únicamente en evitar la anoxia, sino en conservar un margen que permita sostener el desempeño esperado del cultivo.
Desde SalmonChile, Alexander Jaramillo, Jefe de área en salud e inocuidad de Intesal, señaló que el coho presenta características particulares frente al salmón Atlántico. “Además, destaca por su rápido crecimiento y pigmentación muscular intensa, atributos valorados por mercados asiáticos”. Ese crecimiento acelerado ayuda a explicar por qué el oxígeno debe analizarse junto con la biomasa, la alimentación y las condiciones ambientales: a medida que el pez y la población crecen, también cambia la demanda respiratoria del centro.
Crecer dentro de un presupuesto
El oxígeno disuelto sostiene la producción de energía mediante el metabolismo aeróbico. Una parte se destina a las funciones básicas del organismo y otra queda disponible para actividades como la natación, la digestión y la formación de tejido. A ese margen se le conoce como capacidad o alcance aeróbico. Cuando la disponibilidad disminuye, el espacio para sostener simultáneamente todas esas funciones también se estrecha.
En términos productivos, esto significa que un pez puede seguir vivo y, aun así, encontrarse bajo una condición que limita su desempeño. La primera señal no tiene por qué ser una mortalidad: también puede expresarse como menor consumo de alimento, crecimiento más lento o deterioro de la conversión alimenticia. Mirar solo la supervivencia, por tanto, entrega una lectura incompleta.
Claudio Baeza, director comercial de Cumbre Gases, lo explica desde la operación de los centros: “La demanda de oxígeno va aumentando a medida que crece la biomasa. En agua dulce se requiere estabilidad para favorecer el desarrollo en sistemas confinados, mientras que en mar la mayor biomasa y los desafíos ambientales exigen sistemas de mayor capacidad y respuesta rápida”.
El punto central es que la concentración disponible y la demanda de los peces se mueven al mismo tiempo. La temperatura, la salinidad y la presión modifican la cantidad de oxígeno que el agua puede contener. En paralelo, la temperatura, el nivel de actividad, la alimentación y el tamaño de la biomasa influyen en el consumo. Dos mediciones idénticas en miligramos por litro, tomadas en condiciones distintas, no necesariamente representan el mismo margen fisiológico para el pez. De ahí la utilidad de observar también el porcentaje de saturación y el contexto en que se obtiene cada dato.
Lo que muestra la evidencia en coho
Una investigación publicada en abril de 2026 en el Journal of the World Aquaculture Society examinó los efectos de la hipoxia prolongada en juveniles de coho. Los peces fueron mantenidos durante 30 días bajo cinco condiciones: 100 %, 60 %, 50 %, 35 % y 25 % de saturación de oxígeno.
Los resultados permiten separar supervivencia de desempeño. La mortalidad se registró únicamente en el grupo expuesto a 25 % de saturación, pero el crecimiento se redujo significativamente tanto a 35 % como a 25 %. En esas mismas condiciones severas, la conversión alimenticia fue más alta, es decir, se necesitó más alimento para producir una unidad de crecimiento. Los investigadores también detectaron modificaciones metabólicas en hígado y músculo, especialmente bajo los niveles más bajos de oxígeno.
En cambio, las condiciones moderadas de 60 % y 50 % produjeron efectos limitados dentro de ese diseño experimental. Los autores interpretaron este resultado como una señal de resiliencia fisiológica y productiva del coho frente a hipoxia moderada. No obstante, esa conclusión no equivale a definir un umbral universal para los centros de cultivo. El ensayo se realizó bajo condiciones controladas y con una exposición determinada; en el mar, el oxígeno fluctúa junto con la temperatura, las corrientes, la alimentación, el estado sanitario y otros factores.
La duración también importa
Una caída breve no es igual a una exposición sostenida durante días o semanas. Del mismo modo, un promedio diario puede ocultar descensos puntuales en ciertas horas o profundidades. La lectura operacional, por lo tanto, no debería buscar un único número válido para cualquier centro, sino reconocer cuánto tiempo permanecen los peces bajo determinada condición y qué otras exigencias enfrentan simultáneamente.
Otro estudio, publicado en 2020 en Fish & Shellfish Immunology, expuso cohos durante 28 días a los mismos porcentajes de saturación. Además de observar mortalidad en la condición de 25%, los investigadores detectaron cambios en la transcripción de genes asociados con la respuesta inmune en el riñón anterior y el bazo. El resultado refuerza una idea relevante: la hipoxia crónica no es solamente un problema respiratorio. También puede modificar procesos internos que influyen en la capacidad del pez para responder a otros desafíos.
La literatura previa ya había mostrado que el coho ajusta su respiración cuando el oxígeno desciende de manera gradual. Estudios experimentales publicados en el Journal of Applied Ichthyology en 1997 y 2000 analizaron la respuesta de juveniles a disminuciones progresivas y exposiciones prolongadas. En conjunto con la evidencia más reciente, esos trabajos muestran que el efecto depende de la intensidad, la duración y las condiciones en que ocurre la reducción.

Más que la medición de concentración
Gestionar el oxígeno requiere pasar de la fotografía a la película completa. Una lectura aislada indica lo que ocurría en un punto y momento determinados, pero no necesariamente describe la experiencia de toda la jaula. La profundidad, el movimiento del agua, la distribución de los peces y la acumulación de biomasa pueden generar diferencias dentro de un mismo módulo.
Por eso, el valor del monitoreo no reside únicamente en acumular datos. Está en relacionarlos con decisiones concretas: cuándo alimentar, cuándo reducir o postergar una entrega de alimento, en qué profundidad se concentra el riesgo, cómo está cambiando la tendencia y cuánto respaldo existe si la disponibilidad continúa descendiendo. Temperatura, salinidad, corrientes y biomasa ayudan a interpretar la cifra de oxígeno; sin esa información, el número puede perder parte de su significado.
También es necesario distinguir entre prevención y reacción. Una estrategia basada exclusivamente en responder cuando se cruza un límite crítico puede evitar parte de una emergencia, pero llegar tarde para proteger el crecimiento o la eficiencia alimentaria. Incorporar umbrales de alerta temprana, validar sensores, observar tendencias y contar con capacidad de respuesta permite actuar antes de que el margen fisiológico se agote.
Esto no significa que una tecnología, por sí sola, resuelva el problema. Sensores, plataformas remotas, automatización y sistemas de oxigenación necesitan criterios operacionales, mantención y personal capaz de interpretar los datos. La capacidad instalada debe dialogar con la biomasa real y con el escenario ambiental del centro. De otro modo, puede existir información sin decisión, o equipamiento sin la velocidad necesaria para responder.
Resiliencia no significa invulnerabilidad
Los resultados obtenidos bajo hipoxia moderada muestran que el coho posee capacidad para sostener varias funciones frente a una reducción de oxígeno. Esa resistencia es una ventaja biológica, pero no debería confundirse con ausencia de riesgo. Un sistema productivo no busca solamente mantener peces vivos: busca que consuman alimento, crezcan, se mantengan robustos y alcancen la cosecha con un uso eficiente de los recursos.
En ese contexto, el oxígeno funciona como un techo invisible. Mientras existe margen, el rápido crecimiento del coho puede expresarse como una ventaja. Cuando ese margen se reduce, el pez comienza a redistribuir energía y la pérdida puede aparecer en indicadores productivos antes que en una contingencia evidente.
La discusión, entonces, debe avanzar desde cuánto oxígeno necesita el coho para sobrevivir hacia cuánto requiere para sostener el desempeño que se espera de él. Esa diferencia transforma el monitoreo: deja de ser solo una alarma frente a la mortalidad y pasa a convertirse en una herramienta para decidir cómo, cuándo y hasta dónde puede crecer la biomasa sin sobrepasar la capacidad ambiental y operacional del centro.



















