La salmonicultura chilena volvió a entrar en el debate público desde una mirada poco habitual: no solo como industria exportadora, ni únicamente desde sus controversias ambientales o sanitarias, sino como una actividad estratégica que el país todavía no incorpora con suficiente orgullo a su relato productivo.
Así lo plantea la economista experta en ciencia de datos Cuky Pérez en “La industria que Chile no nombra con orgullo”, texto publicado en El Mercurio el domingo 31 de mayo, donde aborda las tensiones históricas, los avances pendientes y el potencial de una industria que, a su juicio, incomoda a parte de la opinión pública nacional, especialmente desde una mirada centralista.
La autora parte reconociendo que la salmonicultura chilena arrastra una deuda ambiental y sanitaria. Menciona hitos críticos como la crisis del virus ISA en 2007, que afectó fuertemente al empleo y a la producción del sector, y el vertimiento de salmones muertos al mar en 2016, episodio que marcó profundamente la percepción pública sobre la actividad.
Una industria que incomoda, pero sostiene empleo regional
También alude al uso de antibióticos, señalando que Chile mantiene cifras significativamente más altas que Noruega. Sin embargo, advierte que esa deuda no explica por sí sola la incomodidad que genera la industria en parte del país. En su análisis, compara esta situación con la minería chilena, actividad que también carga con impactos históricos, pero que aun así es reconocida como el “sueldo de Chile”.
Uno de los puntos más relevantes de la columna es la diferencia entre la percepción santiaguina y la mirada territorial. Pérez recuerda que en mayo de 2023 más de 10.000 personas marcharon en Puerto Montt en defensa de la salmonicultura, destacando que no se trató de una manifestación empresarial, sino de trabajadores y familias vinculadas directamente a la cadena productiva.
Desde esa perspectiva, la columna pone sobre la mesa el peso social del sector: miles de empleos, alta presencia en regiones del sur austral y un impacto relevante en ingresos femeninos y ocupación regional. Para la autora, esta dimensión territorial suele quedar fuera del debate nacional, donde la industria aparece más asociada a sus conflictos que a su contribución laboral, tecnológica y alimentaria.
El salmón como respuesta al desafío alimentario global
La reflexión también conecta la salmonicultura con el desafío global de producir más proteína desde el mar. Pérez recuerda que la mayor parte de la proteína mundial proviene de la tierra, mientras el océano aporta una proporción mucho menor. En un contexto de crecimiento poblacional y presión sobre la tierra agrícola, plantea que el salmón tiene ventajas comparativas difíciles de ignorar: eficiencia alimentaria, menor huella de carbono frente a otras proteínas animales y condiciones naturales que pocos países pueden ofrecer.
“El salmón no es parte del problema, sino de la respuesta”, sostiene la columna, instalando una idea que busca mover el eje de la discusión desde la defensa reactiva hacia una mirada estratégica sobre seguridad alimentaria, innovación y desarrollo productivo.
La brecha con Noruega: metas, regulación y liderazgo
Pero el texto también plantea una advertencia central: tener condiciones naturales no basta. La autora compara el desempeño de Mowi en Chile y Noruega, señalando que la brecha de margen operacional no se explica simplemente por gestión empresarial, sino por diferencias estructurales: modelo comercial, acceso a mercados, incertidumbre regulatoria, permisos y reglas que cambian a mitad de ciclo.
En esa línea, una de las frases más potentes de la columna apunta directamente a la ausencia de una hoja de ruta nacional: “Chile ni siquiera tiene meta; es la diferencia entre un productor y un líder”.
La columnista contrasta esta situación con Noruega, país que ha proyectado metas de largo plazo para su industria acuícola, incluso enfrentando limitaciones territoriales para crecer. A su juicio, esa ambición obliga a ordenar regulación, inversión y ciencia, mientras Chile sigue operando sin una visión compartida sobre el futuro de una de sus principales industrias exportadoras.
SRS, datos e inteligencia artificial: la oportunidad que Chile no puede perder
Otro eje relevante es el SRS, enfermedad que la autora identifica como una de las principales razones por las que Chile vende más filete congelado, mientras Noruega logra posicionar salmón fresco en mercados de alto valor. Pérez plantea que Chile tiene una ventaja única: décadas de experiencia clínica y conocimiento acumulado sobre esta patología. Sin embargo, advierte que si el desarrollo de soluciones, como una vacuna efectiva, no se asume como un problema país, probablemente terminará diseñándose fuera de Chile.
La columna también proyecta el debate hacia la inteligencia artificial y el uso de datos. Según la autora, muchos modelos predictivos aplicados a alimentación, mortalidad y reconocimiento individual de peces se están entrenando con datos noruegos, para luego ser importados al sur de Chile. El problema, señala, es que los datos chilenos son distintos: otra geografía, otras patologías y otros riesgos.
Por eso, plantea que el verdadero salto tecnológico no está solo en importar herramientas, sino en construir una plataforma que permita abrir, ordenar y estandarizar los datos que hoy las empresas mantienen por separado. En otras palabras, que Chile no solo opere tecnología diseñada afuera, sino que también pueda exportar conocimiento acuícola al mundo.
Del mercado global a la mesa chilena
Finalmente, Pérez aborda un punto cultural: el bajo consumo interno de productos del mar en Chile. Mientras Noruega integra el salmón a su mesa cotidiana, en Chile sigue siendo percibido principalmente como producto de exportación. La autora resume ese desafío con una frase especialmente gráfica: “La salmonicultura necesita llegar a la mesa del domingo en La Pintana y en Castro, no solo a los restaurantes de Singapur”.
La columna instala así una pregunta mayor para el país: si Chile quiere seguir siendo un productor relevante de salmón o si aspira a convertirse en un líder global capaz de diseñar ciencia, tecnología, regulación y mercados desde el sur del mundo.
Para la salmonicultura chilena, el desafío parece evidente: avanzar en sostenibilidad, reducir brechas sanitarias, fortalecer legitimidad social y construir una narrativa pública que reconozca sus impactos, pero también su aporte productivo. En ese equilibrio —entre deuda, oportunidad y ambición— se juega parte importante del futuro de una industria que Chile aún parece nombrar con cautela, pero que el mundo ya reconoce como estratégica.



















