Quienes servimos cargos en el mundo privado o nos desenvolvemos como proveedores en un sector industrial, usualmente consideramos que involucrarnos en política o postular a cargos de representación, es inconveniente y que puede traer consecuencias negativas. Eso causa que el universo de postulantes sea cada vez menor y normalmente insuficiente como para lograr organismos colegiados robustos y competentes. Y este resultado si que es negativo, pues tiene efectos sobre nuestras actividades, nuestras familias y nuestras expectativas.
Actualmente he decidido postular al cargo de Concejal en mi ciudad, Puerto Varas, y lo hago con esfuerzo, para poder servir a una ciudad que ha acogido a mucha gente de la acuicultura, entre productores, proveedores y sus familias. Y claro, es con esfuerzo, porque no me puedo desligar de mis actividades profesionales, que con frecuencia involucran viajes y grados de dedicación que impactan cualquier campaña eleccionaria. No obstante, resulta difícil ignorar la responsabilidad que uno tiene cuando se trata del bienestar y del futuro de la comunidad en que estamos insertos. La ciudad, el pueblo, el barrio donde residimos, son la base comunitaria de nuestra realización como personas y como familias y el aporte que podamos hacer dentro de nuestras posibilidades será siempre una contribución. Quejarse siempre de quienes nos dirigen no es suficiente para cambiar las cosas. La sociedad ha definido caminos para que nuestros proyectos colectivos puedan someterse al juicio de la ciudadanía. Intentarlo, no sólo es legítimo, sino además bueno y necesario, porque se trata de un bien superior.
Los concejos y otros diversos organismos comunales, públicos y privados son un camino de aporte para quienes hemos recibido tanto de las comunas donde residimos, y en las cuales, la magnitud y complejidad de los desafíos del próximo tiempo, exigen más y diversas capacidades. Los invito a reflexionar al respecto, particularmente a quienes tienen la oportunidad de involucrarse y aportar, y a los que no, a entender que, dentro de nuestra actividad, hacerlo no es un error, sino un legitimo afán de servicio público.


















