Mientras Canadá mantiene su ruta para prohibir la salmonicultura en centros de engorda abiertos en las aguas costeras de Columbia Británica hacia el 30 de junio de 2029, Islandia comienza a emerger como un caso de estudio para la industria acuícola global: un país que busca expandir simultáneamente la producción de salmón en mar y en tierra, sin plantear ambos modelos como excluyentes.
El contraste fue destacado por Tim Kennedy, presidente y CEO de la Canadian Aquaculture Industry Alliance, tras participar en el Iceland Aquaculture and Ocean Forum 2026, realizado en Reikiavik el 21 y 22 de mayo. El encuentro reunió a inversionistas, autoridades, ejecutivos, investigadores y actores de la economía azul para discutir el futuro de la acuicultura, la innovación y la producción sostenible de alimentos del mar.
Cultivo en tierra y en mar: una estrategia complementaria
Según SeaWest News, Kennedy sostuvo que Islandia está construyendo su sector salmonicultor desde una lógica distinta a la aplicada en Columbia Británica. En vez de impulsar el desarrollo de sistemas en tierra como reemplazo de la producción oceánica, el país nórdico estaría combinando ambos modelos como parte de una estrategia de crecimiento productivo, tecnológico y territorial.
La diferencia no es menor. En Canadá, el Gobierno federal anunció que prohibirá la acuicultura de salmón en sistemas abiertos en Columbia Británica, con el objetivo de proteger al salmón silvestre del Pacífico y promover tecnologías de contención cerrada. Desde el 1 de julio de 2024, las nuevas solicitudes de licencia en la zona solo consideran sistemas de contención cerrada, ya sea marinos o terrestres.
Sin embargo, la medida sigue generando debate en la industria. El propio Gobierno canadiense ha reconocido que la transición involucra impactos para Primeras Naciones, comunidades costeras, trabajadores y empresas vinculadas a la acuicultura. Documentos oficiales de 2025 señalan que una mesa interdepartamental realizó más de 120 instancias de trabajo con comunidades indígenas y actores del sector, recogiendo “diversas visiones” sobre el futuro de la actividad en Columbia Británica.
En paralelo, las cifras productivas muestran el peso que sigue teniendo la salmonicultura para Canadá. De acuerdo con Fisheries and Oceans Canada, Columbia Británica produjo cerca de 55.000 toneladas de salmón en 2024, por debajo de las más de 86.000 toneladas registradas en 2022, caída asociada, entre otros factores, al cierre de centros y al proceso obligatorio de salida de los sistemas abiertos hacia 2029.
Islandia acelera su crecimiento acuícola
Islandia, en cambio, muestra una trayectoria ascendente. Statistics Iceland informó que la producción acuícola del país llegó a 64.417 toneladas en 2025, un 17% más que en 2024. De ese total, el salmón Atlántico representó 58.717 toneladas, con un crecimiento anual de 19%.
El caso islandés también destaca por el avance de proyectos en tierra bajo condiciones naturales muy particulares. First Water, empresa ubicada en Þorlákshöfn, desarrolla un proyecto land-based con meta de alcanzar 60.000 toneladas HOG anuales a plena producción, estructurado en seis fases. La compañía utiliza un sistema híbrido de flujo continuo y recirculación, con agua de mar subterránea filtrada naturalmente por capas de lava y temperatura estable de 7 a 9 °C gracias a la energía geotérmica.
Para Kennedy, esa combinación de recursos naturales, infraestructura, disponibilidad energética y base productiva en mar permite que Islandia avance de forma más pragmática. El ejecutivo planteó que el desarrollo de tecnologías en tierra requiere una base oceánica sólida, capaz de generar escala, conocimiento, financiamiento y redes industriales.

Una señal para Chile y la salmonicultura global
Ese punto resulta especialmente relevante para países salmonicultores como Chile, donde la discusión sobre innovación, relocalización, sistemas semicerrados, post-smolt y producción en tierra convive con presiones regulatorias, ambientales y territoriales. La experiencia islandesa sugiere que la transición tecnológica no necesariamente debe ser entendida como una sustitución abrupta del cultivo en mar, sino como una diversificación gradual de modelos productivos.
La discusión, además, ocurre en un contexto global de mayor demanda por proteínas acuáticas, pero también de creciente escrutinio ambiental sobre la salmonicultura. En ese escenario, la pregunta de fondo no parece ser únicamente dónde producir —en tierra o en mar—, sino bajo qué condiciones regulatorias, ambientales, tecnológicas y sociales cada modelo puede aportar a una industria más sostenible y competitiva.
Para la Columbia Británica, el reloj regulatorio ya está corriendo hacia 2029. Para Islandia, en cambio, la apuesta parece estar puesta en acelerar crecimiento, inversión e innovación, combinando fortalezas oceánicas y terrestres. Dos caminos distintos que hoy vuelven a instalar una pregunta clave para la salmonicultura global: si el futuro de la actividad se construirá reemplazando modelos productivos o integrándolos de manera más inteligente.


















