Una botella tomada dentro de una jaula puede contener algo que no se ve a simple vista: material genético de virus y bacterias presentes en el agua. Los investigadores filtran la muestra y buscan esos rastros en el laboratorio. Así pueden vigilar un centro sin tener que extraer peces adicionales para cada análisis. La pregunta es si esa información llega con suficiente anticipación para ayudar a quienes toman decisiones sanitarias.
La primera pista apareció en el agua
La veterinaria e investigadora en salud de peces, Lisa-Victoria Bernhardt y su equipo estudiaron el virus SAV, causante de la enfermedad del páncreas en salmones. En los centros donde después se obtuvo un resultado positivo en peces, su investigación en jaulas marinas publicada en 2021 detectó antes el virus en el agua que en las muestras periódicas de peces utilizadas para la comparación. Eso podía adelantar una alerta sobre la presencia del virus. No significa que los salmones aún estuvieran sanos cuando se tomó el agua: podían estar infectados sin haber sido detectados por el control programado.

¿Sirve para buscar cualquier patógeno?
La respuesta comenzó a precisarse en un estudio publicado en Aquaculture en 2026. Durante doce semanas, los investigadores analizaron el agua de dos unidades comerciales de recirculación con pre-smolts de salmón Atlántico y compararon los resultados con muestras tomadas de los peces.
Para dos de los virus examinados, las señales del agua se correspondieron bien con las obtenidas mediante hisopados branquiales. Para otros, incluidos el virus de la necrosis pancreática infecciosa y PRV-1, esa correspondencia fue menos consistente o no apareció. El hallazgo permite seguir algunas infecciones sin depender exclusivamente del muestreo de peces, pero impide suponer que una misma prueba en agua funcionará igual para todas las enfermedades.
También importa de qué agua se obtiene la muestra. Un trabajo de 2026 publicado en PLOS One buscó ADN de la bacteria Phocoenobacter atlanticus, asociada a pasteurelosis, en centros salmoneros noruegos. Entre cinco centros con brotes leves, el análisis del agua de las jaulas detectó la bacteria en uno; el agua utilizada durante un tratamiento contra piojos la detectó en los cinco. El resultado no es una razón para efectuar tratamientos con fines de muestreo: esos procedimientos implican manipular peces. Sí demuestra que la elección del lugar de muestreo puede cambiar radicalmente lo que encuentra el laboratorio.
En otra parte del mismo estudio, seis de once centros considerados previamente libres de la infección dieron positivo al analizar agua de tratamiento. En cuatro de esos seis, la bacteria se confirmó más tarde en los peces. Pero también hubo centros con una muestra de agua negativa donde se detectó la bacteria meses después. Los propios autores concluyeron que una muestra aislada no bastaba para predecir futuros casos de enfermedad.
Para realizar estos análisis, el agua pasa por un filtro que retiene el material que luego se examina. La fotografía siguiente muestra ese paso en la investigación noruega sobre pasteurelosis. Matilde Holmeset, quien aparece filtrando la muestra, figura también entre los autores del artículo publicado en 2026. Es la conexión visual entre la muestra tomada en el centro y el resultado que finalmente recibe el equipo sanitario.

La gran pregunta: ¿podría hacerse con SRS?
En Chile ya existe un antecedente: investigadores detectaron material genético de Piscirickettsia salmonis en agua de centros afectados para estudiar cómo cambiaba su presencia durante el descanso sanitario. Detectarla en agua es posible; demostrar que esa medición anticipa un brote de SRS en centros comerciales es otra investigación, todavía pendiente.
Para responderla haría falta seguir centros a lo largo del tiempo: tomar muestras de agua con regularidad, compararlas con los exámenes de peces y registrar cuándo aparecen los criterios sanitarios de alerta. Habría que medir cuántas advertencias llegan temprano, cuántas pasan por alto un problema y qué decisiones podrían tomarse con ese margen. Esa es la contribución potencial de esta vigilancia para la salmonicultura chilena: saber si una señal invisible en el agua ofrece tiempo útil para investigar lo que está ocurriendo entre los peces.


















