Algunas ciudades se recuerdan por sus calles, su arquitectura, la personalidad de sus habitantes y sus colores. Puerto Montt podría recordarse por el frío húmedo y salado del viento en la cara, el agua quieta de la costa y el olor a leña húmeda mezclado con brisa oceánica.
En la última encuesta Cadem, realizada durante el Mes del Mar, esta urbe quedó en el tercer lugar entre los puertos más lindos de Chile, solo detrás de Valparaíso y Castro. Fue una mención espontánea que surgió de la visión colectiva, sin ninguna campaña publicitaria detrás. Quizás eso le da más valor: el reflejo de que algo de este puerto austral se queda, aún con sus complejidades.
Puerto Montt es borde. Es entrada y salida. Un punto de partida hacia Chiloé, hacia los volcanes, hacia los canales patagónicos donde la geografía se vuelve azul. En su costanera, donde el Seno de Reloncaví se junta con los buques y los pasos apurados de los días de lluvia, todavía hay espacio para detenerse y contemplar hacia el sur.
La ciudad que hizo suya el salmón
Desde este lugar y el paisaje que lo rodea, nace el salmón. Ese pez que llegó desde el otro extremo del mundo y que ya forma parte de la esencia alimentaria de Chile. La misma encuesta lo ubicó entre los tres pescados favoritos de los chilenos, con un 23% de las menciones.
No es poco, y da cuenta de una integración cultural profunda que va más allá del consumo. Porque el salmón también se ha convertido en símbolo de esta zona: de su capacidad de reinventarse, así como se adapta al agua dulce y salada, tal como lo hacen quienes habitan al borde de los fiordos, y hacen su vida entre la tierra firme y el mar.
El informe muestra, además, que los productos del mar se mantienen como parte importante de lo que somos: pescados y mariscos que nos recuerdan que este país se nutre en gran parte desde su costa.
Puerto Montt está lejos de ser perfecto, y probablemente nunca lo ha buscado. Pero tiene esa belleza cruda y honesta donde el clima no disimula nada. El trabajo se muestra frente a todos, entre los paisajes que son parte del día a día de quienes lo habitan.
Su reconocimiento como uno de los puertos más lindos de Chile tampoco es del todo sorpresivo. Porque hay algo en este borde que no solo se mira, sino que también se siente, como el sabor del salmón fresco un día de verano o el olor a mar y lluvia al bajar del bus. Como ese frío que entra por el cuello de la parka y que, por alguna razón, uno no se quiere quitar del todo.



















