En su columna de opinión, Joaquín Barañao, del Centro de Incidencia Pública Pivotes, invita a repensar las oportunidades productivas que Chile aún mantiene al alcance de la mano. A partir de una analogía histórica y de una mirada crítica al contexto regulatorio, el autor plantea que sectores como el litio y, especialmente, la acuicultura representa potenciales estratégicos todavía subaprovechados. Su reflexión aborda el contraste entre las ventajas naturales del país y las barreras que limitan su desarrollo, abriendo el debate sobre cómo equilibrar crecimiento, sostenibilidad y gestión del territorio marítimo en el futuro económico nacional. A continuación replicamos su reflexión:
A los 30 años, Albert Schweitzer parecía haberlo logrado todo: músico consumado, doctor en teología y dueño de un talento excepcional. Sin embargo, eligió renunciar a la comodidad y estudiar medicina desde cero. Convencido de que Europa ya tenía resueltos sus problemas más básicos, partió a Gabón, donde fundó un hospital y terminó recibiendo el Nobel de la Paz. Su decisión reflejaba una convicción: los desafíos más urgentes y las oportunidades más claras suelen encontrarse allí donde aún quedan necesidades por resolver.
Dilema productivo
Chile enfrenta hoy un dilema comparable —aunque en otro plano— al momento de pensar su desarrollo productivo. Es fácil asumir que en un país relativamente consolidado las “frutas al alcance de la mano” ya fueron cosechadas y que lo que queda son desafíos complejos, costosos o marginales. Sin embargo, esa percepción pasa por alto sectores donde el potencial continúa subexplotado. Entre ellos, destaca la acuicultura.
El país posee una extensión marítima y condiciones naturales que pocos competidores pueden igualar. Las regiones de Los Lagos, Aysén y Magallanes abarcan una superficie comparable al 88% del territorio noruego. Aun así, Noruega produce alrededor de un 50% más de salmones que Chile, pese a su reconocida sensibilidad ambiental. La diferencia no radica únicamente en capacidades técnicas o naturales, sino en el marco regulatorio y en la forma en que se gestionan las oportunidades productivas.
Trabas normativas
Hoy, diversas trabas normativas ralentizan el crecimiento del sector. Un caso emblemático es la aplicación de la Ley Lafkenche, cuyo espíritu original buscaba resguardar espacios costeros para comunidades locales, pero cuya implementación ha derivado en solicitudes de áreas que, en conjunto, equivalen a la superficie de Dinamarca. Más aún, la sola tramitación de estas solicitudes puede paralizar el uso productivo de extensas zonas marítimas, generando incertidumbre e inmovilizando inversiones.
El resultado es que el mar —uno de los principales activos estratégicos del país— permanece parcialmente desaprovechado. En un contexto global donde la demanda por proteínas sostenibles sigue en aumento, la acuicultura no solo representa crecimiento económico, sino también generación de empleo, desarrollo regional y aporte a la seguridad alimentaria mundial.
La discusión de fondo, entonces, no es si existen oportunidades evidentes, sino si el país está dispuesto a reconocerlas y gestionarlas con equilibrio. Así como el debate sobre el litio apunta a agilizar su explotación para potenciar ingresos fiscales y dinamizar la economía, la acuicultura exige una revisión que permita compatibilizar desarrollo productivo, sostenibilidad ambiental y certeza regulatoria.
Chile no es un territorio carente de oportunidades claras. Por el contrario, aún hay “frutas al alcance de la mano”, tanto en tierra como en el mar. Ignorarlas —o dejarlas sin cosechar— no sería prudencia, sino una renuncia innecesaria a herramientas concretas para el desarrollo. En ese escenario, la acuicultura aparece no solo como una industria más, sino como una pieza estratégica para el futuro productivo del país.


















