La acuicultura dejó hace tiempo de ser vista únicamente como una actividad ligada al mar. Hoy, cada vez más especialistas la consideran parte del mismo ecosistema productivo que la ganadería y la agricultura, una visión que abre nuevas oportunidades para países con una fuerte base agroindustrial como Argentina y que también genera lecciones para la salmonicultura chilena.
Así lo plantea el Clarín, Lucas Maglio, director nacional de Idris Patagonia, quien sostiene que el verdadero potencial de la acuicultura radica en su capacidad para convertir materias primas agrícolas en proteínas de alto valor agregado.
«La acuicultura es mucho más afín a la ganadería que a la pesca. Somos una actividad productiva y no extractiva; somos productores, no cazadores; usamos alimento balanceado, nos importa la genética, la sanidad y el bienestar animal», afirma.
Estados Unidos marca el camino
Uno de los hitos más relevantes para la industria ocurrió recientemente en Estados Unidos, donde fue autorizado el proyecto Velella Epsilon, considerado el primer proyecto demostrativo de acuicultura en aguas federales.
La iniciativa, liderada por Neil Sims, tardó ocho años en obtener todas las aprobaciones regulatorias necesarias, involucrando nueve marcos legales y doce agencias gubernamentales. Para Maglio, el esfuerzo confirma que la acuicultura offshore no solo es técnicamente viable, sino también ambientalmente sustentable.
Además, destaca que los peces cultivados en ambientes oceánicos más expuestos alcanzan mejores indicadores de crecimiento, sanidad y calidad.
Una realidad que, según el especialista, encuentra un paralelo en la salmonicultura chilena, particularmente en la Región de Magallanes, donde las condiciones oceánicas favorecen un mejor desempeño productivo y una menor dependencia del uso de antibióticos.
El valor agregado comienza en la alimentación
Pero el caso estadounidense ofrece otra enseñanza que podría tener profundas implicancias para Sudamérica.
En ese país opera la Soy Aquaculture Alliance (SAA), organización que promueve el uso de la soja como ingrediente estratégico en los alimentos para peces, permitiendo que un commodity agrícola se transforme en proteína animal con un valor comercial significativamente superior.
«La soja vale mucho más cuando termina convertida en un pez que cuando se exporta simplemente como poroto o harina», resume Maglio.

Una oportunidad pendiente para Argentina
El contraste con Argentina es evidente. Pese a que estudios de la FAO han identificado a la plataforma marítima argentina como una de las de mayor potencial mundial para el cultivo de peces, moluscos y algas en mar abierto, el país aún no desarrolla una estrategia nacional que vincule de manera decidida al sector agrícola con la acuicultura.
La paradoja, según Maglio, es que mientras los principales productos agrícolas enfrentan retenciones a las exportaciones, la producción acuícola puede acceder a reintegros en determinados casos, convirtiéndose en una alternativa para capturar mayor valor agregado.
«Tenemos el mayor potencial del mundo para cultivo oceánico, producimos los insumos que representan cerca del 80% del alimento de los peces y, aun así, preferimos exportarlos como materias primas», sostiene.
Una propuesta para construir una nueva cadena de valor
Como punto de partida, Maglio propone crear una Alianza Argentina de Soja y Acuicultura (AASA), inspirada en el modelo estadounidense, que reúna al sector agrícola, la industria acuícola, empresas de alimentos, centros tecnológicos y organismos públicos para impulsar una estrategia de largo plazo.
La iniciativa apunta a dejar de exportar únicamente commodities y avanzar hacia una producción de proteínas con mayor valor agregado, mayor capacidad exportadora y nuevas oportunidades para las economías regionales.
Para la salmonicultura chilena, donde la alimentación representa uno de los principales costos de producción y la innovación en nutrición es un factor clave de competitividad, el ejemplo también resulta relevante. La integración entre agricultura y acuicultura aparece como uno de los caminos más prometedores para fortalecer la seguridad alimentaria, mejorar la eficiencia productiva y consolidar el desarrollo de una industria que seguirá creciendo durante las próximas décadas.



















