Durante generaciones, la agricultura ha funcionado bajo una lógica conocida: el agricultor decide qué sembrar, asume el riesgo climático, financiero y productivo y, una vez cosechado su cultivo, sale a buscar un comprador. Ese modelo permitió el desarrollo de numerosas actividades agrícolas, pero también dejó al productor expuesto a una de las mayores incertidumbres de cualquier negocio: no saber, al momento de sembrar, cuál será finalmente el precio de su cosecha ni quién la comprará.
Entre los frutos del Programa Tecnológico para la Producción Local de Insumos Nutricionales Vegetales para la Acuicultura (PTEC-INVA), hoy comienza a emerger un paradigma diferente. En efecto, la pregunta ya no debería ser únicamente ¿qué podemos producir?, sino ¿qué necesita realmente la industria?
Puede parecer un cambio sutil, pero en realidad transforma completamente la forma de entender el desarrollo agrícola. Ya no es la oferta la que intenta encontrar un mercado. Es la demanda la que orienta la Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+I), junto con el mejoramiento genético, y, finalmente, las decisiones de siembra.
En el caso de Chile, esta reflexión adquiere una relevancia especial. La salmonicultura, la avicultura y la porcicultura consumen anualmente más de cinco millones de toneladas de alimentos balanceados. Esa demanda existe hoy y seguirá existiendo, todos los días del año, durante las próximas décadas. Al menos eso esperamos y a eso se enfoca todo nuestro afán. La verdadera oportunidad entonces consiste en preguntarnos cuánto de esos ingredientes podríamos producir competitivamente en nuestro propio país.
Esta ha sido precisamente la lógica que ha guiado el trabajo del PTEC-INVA durante los últimos años. Más que buscar un nuevo cultivo, el desafío ha sido comprender qué ingredientes necesita la industria, cuáles son las características nutricionales que realmente agregan valor y cómo construir una cadena donde agricultores, procesadores, fabricantes de alimentos y empresas productoras puedan desarrollarse de manera coordinada.
Hace solo algunos años esto parecía una discusión limitada al ámbito de la investigación; hoy, sin embargo, comienza a instalarse con fuerza en la agenda sectorial. La Asociación de la Industria del Salmón de Chile A. G. (SalmonChile), la Sociedad de Fomento Agrícola A. G. (SOFO), la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa), el Ministerio de Agricultura, el Consejo del Salmón (CdS) y otros actores públicos y privados han comenzado a plantear la necesidad de fortalecer la integración entre agricultura y acuicultura.
Es una señal positiva. Significa que el debate ha evolucionado desde la pregunta de si esta integración es conveniente hacia una mucho más desafiante: cómo hacerla realidad.
Y allí aparece el verdadero trabajo pendiente. Porque producir ingredientes estratégicos para la alimentación animal no dependerá únicamente de mejores variedades o mayores rendimientos. Requerirá contratos de largo plazo, procesamiento industrial, innovación, inversión y, sobre todo, confianza entre quienes participan en la cadena.
No debemos perder de vista que las grandes transformaciones productivas no ocurren cuando un sector crece aislado, ocurren cuando ese crecimiento genera nuevas oportunidades para otros sectores de la economía.
El verdadero cambio no es tecnológico, sino conceptual. En este contexto, la próxima gran contribución de la salmonicultura chilena no debe ser solamente producir más salmón. Esperamos que sea impulsar una nueva agroindustria, donde el campo y el mar dejen de mirarse como actividades independientes y comiencen, definitivamente, a construir futuro en conjunto.



















