En las aguas del sur de Chile, Noruega y Escocia, millones de salmones del Atlántico (Salmo salar L.) nadan en sistemas de engorda que abastecen a gran parte del mercado mundial. Esta especie, pilar de la salmonicultura global, se ha convertido en uno de los peces más estudiados por la ciencia debido a la alta demanda, la presión productiva y los desafíos ambientales que enfrenta. Uno de los más silenciosos —pero cada vez más relevantes— es la hipoxia: la reducción del oxígeno disuelto en el agua.
Un reciente estudio científico arrojó resultados reveladores: el salmón puede aclimatarse conductual y fisiológicamente a la hipoxia crónica, pero lo hace a costa de reducir la ingesta de alimento, el crecimiento y la retención de lípidos. Este hallazgo pone sobre la mesa un dilema para la industria: aunque los peces sobreviven y muestran resiliencia, su desempeño productivo se ve comprometido, con implicancias directas en la sostenibilidad económica y ambiental de la actividad.
El escenario: una acuicultura dependiente del oxígeno
La salmonicultura del Atlántico es una de las ramas más tecnificadas de la acuicultura mundial. Se caracteriza por altas densidades de cultivo, rápidos ciclos de crecimiento y un consumo intensivo de alimento balanceado. Sin embargo, gran parte de la producción ocurre en balsas jaula abiertas o semicerradas instaladas en fiordos, lagos y bahías protegidas. Allí, la disponibilidad de oxígeno depende de factores externos: las corrientes marinas, los ciclos de mareas, la estratificación del agua o la fotosíntesis de algas microscópicas.
La situación se complica cuando se suman otros elementos como el biofouling —la acumulación de organismos en las redes— o densidades excesivas de peces, que reducen el intercambio de agua y generan zonas de baja oxigenación. En ese escenario, los salmones pueden enfrentar niveles de oxígeno subóptimos, con consecuencias que recién comienzan a entenderse en profundidad.
De acuerdo a algunos especialistas en fisiología de peces, “el oxígeno es el recurso invisible más crítico de la salmonicultura”. Su disponibilidad no solo define el bienestar de los animales, sino también el éxito económico de toda la cadena productiva.

El estudio: poner a prueba la resistencia del salmón
Con ese telón de fondo, un grupo de investigadores diseñó un experimento controlado para evaluar cómo los salmones del Atlántico en fase de engorda responden a distintos niveles de oxígeno disuelto. Los peces, de más de un kilo de peso, fueron sometidos durante tres meses a tres condiciones diferentes:
- Normoxia (90 % de oxígeno disuelto): la condición de referencia.
- Hipoxia leve (60 % OD): un escenario de reducción moderada.
- Hipoxia moderada (50 % OD): un desafío aún más exigente.
El objetivo era claro: comprender los mecanismos conductuales y fisiológicos que permiten al salmón aclimatarse a una baja disponibilidad de oxígeno, y evaluar cómo esto impacta en variables clave como la ingesta de alimento, el crecimiento, la utilización de nutrientes, la ventilación y la retención energética.
Los hallazgos: resiliencia con un costo
Los resultados confirmaron que el salmón del Atlántico es capaz de adaptarse a condiciones hipóxicas prolongadas. Sin embargo, lo hace sacrificando crecimiento y eficiencia productiva.
- Menor consumo de alimento: los salmones expuestos a 60 % y 50 % de oxígeno redujeron su ingesta al 72 % y 60 %, respectivamente, en comparación con los peces en normoxia.
- Crecimiento más lento: la biomasa final fue un 18 % y 26 % menor en los grupos hipóxicos respecto al control.
- Eficiencia alimenticia intacta: pese a comer menos, los peces aprovecharon bien el alimento disponible, manteniendo un índice de conversión similar.
- Retención de nutrientes estable, salvo lípidos: la única diferencia significativa fue una menor acumulación de grasas en los peces bajo hipoxia.
- Respuestas fisiológicas claras: se observó un aumento del hematocrito —más glóbulos rojos por volumen sanguíneo— y una mayor frecuencia ventilatoria, mecanismos que facilitan la captación y transporte de oxígeno.

En otras palabras, el salmón despliega un conjunto de ajustes internos para enfrentar la falta de oxígeno, pero al mismo tiempo limita su apetito y ralentiza su crecimiento, probablemente para no sobrecargar un metabolismo ya condicionado por el entorno.
En este escenario los autores del estudio afirmaron que “estos hallazgos confirman que salmones Atlánticos en crecimiento avanzado pueden aclimatarse a bajos OD de manera consistente con respuestas previamente observadas en post-smolts. Sin embargo, los peces aún pueden priorizar la maduración sexual si la temperatura ambiental y el fotoperíodo son favorables, lo que podría influir en la asignación energética independientemente de la disponibilidad de oxígeno”.



















