En la industria de los alimentos listos para el consumo, hay enemigos que no se ven, no huelen y no se eliminan fácilmente. Listeria monocytogenes es uno de ellos. Capaz de sobrevivir en ambientes fríos, húmedos y aparentemente “limpios”, esta bacteria representa uno de los mayores desafíos para la seguridad alimentaria moderna.
Una investigación reciente, publicada en la International Journal of Food Microbiology basado en la investigación de dos brotes de listeriosis asociados al salmón ahumado en frío en Noruega, ofrece una radiografía poco habitual —y muy reveladora— de cómo una cepa persistente puede resistir durante meses en el corazón mismo de una planta de procesamiento.
Un brote que volvió dos veces
Entre 2022 y 2023, Noruega enfrentó dos brotes de listeriosis vinculados al consumo de salmón ahumado en frío producido por un mismo elaborador. En total, doce personas enfermaron. El denominador común fue una cepa concreta de Listeria monocytogenes, identificada como ST121, un tipo de secuencia conocido por su capacidad de persistir en ambientes industriales, aunque tradicionalmente considerado de menor virulencia.
La reiteración del brote encendió las alarmas. ¿Cómo era posible que, tras limpiezas rutinarias, desinfecciones intensivas y controles oficiales, la bacteria siguiera apareciendo? Para responder a esta pregunta, el productor inició un proceso estructurado conocido como “Buscar y Destruir” (Seek and Destroy), una estrategia diseñada para localizar y eliminar nichos ocultos de contaminación persistente.
Siguiendo el rastro de la bacteria
Durante once semanas, se analizaron 329 muestras de productos, superficies en contacto con alimentos y áreas ambientales. Los resultados fueron claros y preocupantes: la contaminación aparecía sistemáticamente después del desollado del salmón.
Las pruebas apuntaron rápidamente a un sospechoso principal: la máquina desolladora. Filetes que ingresaban libres de Listeria salían contaminados tras pasar por ella. Incluso las pieles retiradas durante el proceso daban positivo. La evidencia se acumuló: la máquina no solo estaba contaminando el producto, sino que albergaba la bacteria en su interior.

Cronograma del proceso Seek and Destroy y de las intervenciones aplicadas en el Productor A. El cronograma muestra la fase inicial de Seek (semana 1), múltiples rondas de limpieza profunda y desmontaje (semanas 2–7), tratamientos con niebla de peróxido de hidrógeno (semana 6) y tratamientos térmicos de la máquina despellejadora (semanas 4–6). El reemplazo de la máquina despellejadora ocurrió en la semana 7, seguido de la fase de Verificación (semanas 8–11). Estudios de seguimiento con la máquina despellejadora descartada se realizaron posteriormente (semanas 21–36). El cronograma no está a escala.. Créditos: Estudio.
Limpieza extrema… y, aun así, fracaso
Lo que siguió fue un esfuerzo extraordinario. La desolladora fue desmontada repetidas veces, sometida a limpiezas profundas, desinfecciones químicas intensivas, tratamientos con niebla de peróxido de hidrógeno y exposiciones prolongadas a calor de hasta 80 °C durante casi tres días. Aun así, Listeria monocytogenes reaparecía.
El problema no era la falta de higiene, sino el diseño del equipo. Dos cintas transportadoras con capas internas de tejido y un rodillo lleno de aire —con interfaces plástico-metal difíciles de acceder— actuaban como verdaderos refugios bacterianos. Allí, la bacteria sobrevivía protegida de los desinfectantes y reaparecía cada vez que la máquina volvía a operar.
El poder de la genómica
Para confirmar si se trataba de una contaminación persistente o de reintroducciones sucesivas, los investigadores recurrieron a la secuenciación del genoma completo (WGS). El análisis de 37 aislados reveló que la mayoría pertenecía a un mismo clúster genético, coincidente con la cepa responsable de los brotes.
La genómica permitió algo clave: demostrar que la bacteria no llegaba desde fuera, sino que había permanecido durante meses dentro de la planta, transmitiéndose desde el equipo al producto final.

Cuatro filetes de salmón (etiquetados de A a D) fueron muestreados en siete etapas definidas (S1–S7) a lo largo de la línea de procesamiento: (S1) desempaquetado, (S2) recorte, (S3) despellejado, (S4) salado, (S5) corte en láminas, (S6) envasado y (S7) producto final. Las flechas indican la dirección del flujo del proceso a través de estas etapas. En cada etapa, se retiró una porción del mismo filete y se analizó para L. monocytogenes. Los símbolos indican si la porción resultó positiva (‘Lm’) o negativa (‘neg’) en esa etapa. Las líneas discontinuas representan las paredes que separan las salas de procesamiento. Nota: no se tomó ninguna muestra inmediatamente después de la etapa de ahumado. Créditos: Jon-Are Berg-Jacobsen.
La decisión clave: retirar la máquina
Finalmente, tras semanas de intervenciones fallidas, se tomó una decisión drástica pero efectiva: la máquina desolladora fue retirada y reemplazada. A partir de ese momento, las detecciones de la cepa del brote desaparecieron.
Durante las semanas siguientes, ninguna de las muestras de salmón analizadas resultó positiva para Listeria monocytogenes. En los ocho meses posteriores, aunque se detectaron aislamientos esporádicos en el ambiente, ninguno correspondió a la cepa del brote, y las 220 muestras de producto final analizadas fueron negativas.
El examen posterior de la máquina retirada confirmó las sospechas: cuando sus componentes críticos fueron sumergidos en caldo de enriquecimiento, la bacteria volvió a aparecer. La microscopía electrónica mostró bacterias alojadas dentro del material de las cintas, invisibles al muestreo superficial convencional.
Más allá de un caso puntual
Este estudio deja varias lecciones clave para la industria alimentaria:
La limpieza y desinfección, por sí solas, no siempre son suficientes cuando el diseño de los equipos permite la formación de nichos ocultos.
El diseño higiénico de maquinaria —materiales impermeables, interfaces accesibles y estructuras fácilmente desmontables— es una barrera crítica contra la persistencia bacteriana.
La secuenciación genómica se consolida como una herramienta indispensable para rastrear contaminaciones persistentes y diferenciar entre reintroducción y residencia.
Incluso cepas consideradas “hipovirulentas”, como ST121, pueden causar brotes si la prevalencia en el producto es alta y el control de temperatura falla.
Una advertencia para la acuicultura y la seguridad alimentaria
El caso noruego demuestra que, en la lucha contra Listeria monocytogenes, el enemigo puede estar incrustado en el acero, el plástico y el caucho de la propia línea de producción. Compartir experiencias reales, con datos detallados y sin eufemismos, es esencial para que la industria aprenda, mejore sus estándares y reduzca el riesgo de futuros brotes.
Lea el estudio completo aquí: Controlling Listeria monocytogenes in the food processing environment: Lessons learned from a salmon processor associated with outbreaks


















