Cada vez que hablamos de salmonicultura solemos mirar los grandes números de exportaciones, toneladas producidas o mercados internacionales, pero pocas veces ponemos el foco en las miles de pequeñas empresas y emprendedores que, con su trabajo diario, hacen posible que una de las principales industrias del país siga creciendo. Y esa es una conversación que Chile necesita dar.
Durante 2025, el salmón chileno exportó US$6.552 millones, consolidándose por tercer año consecutivo como el segundo producto de exportación, representando el 6% de las exportaciones nacionales y el 17% de las exportaciones no mineras, con presencia en más de 100 mercados alrededor del mundo. Son cifras que hablan de una industria sólida, pero que también invitan a mirar todo lo que ocurre detrás de esos resultados.
La salmonicultura no se sostiene únicamente gracias a las grandes compañías, también depende de una extensa red de proveedores locales de la zona austral que desarrollan soluciones tecnológicas, empresas de transporte, servicios de alimentación, mantención, logística, innovación, economía circular y una larga cadena de valor compuesta, en su mayoría, por pequeñas y medianas empresas. Muchas de ellas nacieron precisamente para responder a las necesidades de esta industria y hoy generan empleo, impulsan la innovación y dinamizan las economías regionales.
Eso demuestra que cuando una industria crece, también puede transformarse en una plataforma de desarrollo para cientos de emprendedores. Sin embargo, ese impacto no ocurre por sí solo y requiere una decisión consciente de trabajar colaborativamente, construir relaciones de largo plazo y entender que el éxito de una gran empresa depende también del fortalecimiento de quienes forman parte de su ecosistema.
Las pymes aportan cercanía con los territorios, capacidad de adaptación, innovación y respuestas ágiles frente a nuevos desafíos. Muchas han desarrollado soluciones altamente especializadas que hoy no sólo responden a las necesidades del mercado nacional, sino que tienen el potencial de competir en mercados internacionales.
Al mismo tiempo, las grandes empresas poseen experiencia, capacidad de inversión, conocimiento técnico y acceso a mercados globales. Cuando ambas capacidades se encuentran, el resultado va mucho más allá de una relación comercial. Se genera transferencia de conocimiento, se elevan estándares, aparecen nuevas oportunidades de innovación y se fortalece el desarrollo económico de las regiones.
Chile necesita avanzar precisamente hacia ese modelo de colaboración. No basta con incorporar proveedores locales o cumplir metas de compra a pequeñas empresas, sino que el desafío es construir alianzas donde exista acompañamiento, formación, innovación compartida y una visión de crecimiento conjunto. Eso significa abrir espacios para que más emprendedores puedan profesionalizar sus procesos, incorporar nuevas tecnologías, acceder a certificaciones y desarrollar productos o servicios con mayor valor agregado. Significa entender que fortalecer a una pyme no beneficia únicamente a esa empresa, sino que mejora la competitividad de toda la cadena productiva.
En un escenario donde la economía enfrenta importantes desafíos y donde las regiones buscan nuevas oportunidades para generar empleo y desarrollo, la salmonicultura tiene una ventaja que pocas industrias poseen: una extensa red de emprendedores que ya forma parte de su operación cotidiana.
Creo profundamente que ahí existe una enorme oportunidad, porque si queremos una industria cada vez más innovadora, sostenible y competitiva, también debemos preocuparnos de que quienes la abastecen tengan herramientas para crecer. Siempre he dicho que Chile necesita que las grandes empresas y las pymes dejen de verse como mundos separados, porque mientras unas aportan escala, experiencia y capacidad de inversión, las otras entregan innovación, flexibilidad y cercanía con los territorios. La salmonicultura demuestra que las industrias más fuertes no son las que avanzan solas, sino aquellas que impulsan a todo el ecosistema.
Cada vez que hablamos de salmonicultura solemos mirar los grandes números de exportaciones, toneladas producidas o mercados internacionales, pero pocas veces ponemos el foco en las miles de pequeñas empresas y emprendedores que, con su trabajo diario, hacen posible que una de las principales industrias del país siga creciendo. Y esa es una conversación que Chile necesita dar.
Durante 2025, el salmón chileno exportó US$6.552 millones, consolidándose por tercer año consecutivo como el segundo producto de exportación, representando el 6% de las exportaciones nacionales y el 17% de las exportaciones no mineras, con presencia en más de 100 mercados alrededor del mundo. Son cifras que hablan de una industria sólida, pero que también invitan a mirar todo lo que ocurre detrás de esos resultados.
La salmonicultura no se sostiene únicamente gracias a las grandes compañías, también depende de una extensa red de proveedores locales de la zona austral que desarrollan soluciones tecnológicas, empresas de transporte, servicios de alimentación, mantención, logística, innovación, economía circular y una larga cadena de valor compuesta, en su mayoría, por pequeñas y medianas empresas. Muchas de ellas nacieron precisamente para responder a las necesidades de esta industria y hoy generan empleo, impulsan la innovación y dinamizan las economías regionales.
Eso demuestra que cuando una industria crece, también puede transformarse en una plataforma de desarrollo para cientos de emprendedores. Sin embargo, ese impacto no ocurre por sí solo y requiere una decisión consciente de trabajar colaborativamente, construir relaciones de largo plazo y entender que el éxito de una gran empresa depende también del fortalecimiento de quienes forman parte de su ecosistema.
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Las pymes aportan cercanía con los territorios, capacidad de adaptación, innovación y respuestas ágiles frente a nuevos desafíos. Muchas han desarrollado soluciones altamente especializadas que hoy no sólo responden a las necesidades del mercado nacional, sino que tienen el potencial de competir en mercados internacionales.
Al mismo tiempo, las grandes empresas poseen experiencia, capacidad de inversión, conocimiento técnico y acceso a mercados globales. Cuando ambas capacidades se encuentran, el resultado va mucho más allá de una relación comercial. Se genera transferencia de conocimiento, se elevan estándares, aparecen nuevas oportunidades de innovación y se fortalece el desarrollo económico de las regiones.
Chile necesita avanzar precisamente hacia ese modelo de colaboración. No basta con incorporar proveedores locales o cumplir metas de compra a pequeñas empresas, sino que el desafío es construir alianzas donde exista acompañamiento, formación, innovación compartida y una visión de crecimiento conjunto. Eso significa abrir espacios para que más emprendedores puedan profesionalizar sus procesos, incorporar nuevas tecnologías, acceder a certificaciones y desarrollar productos o servicios con mayor valor agregado. Significa entender que fortalecer a una pyme no beneficia únicamente a esa empresa, sino que mejora la competitividad de toda la cadena productiva.
En un escenario donde la economía enfrenta importantes desafíos y donde las regiones buscan nuevas oportunidades para generar empleo y desarrollo, la salmonicultura tiene una ventaja que pocas industrias poseen: una extensa red de emprendedores que ya forma parte de su operación cotidiana.
Creo profundamente que ahí existe una enorme oportunidad, porque si queremos una industria cada vez más innovadora, sostenible y competitiva, también debemos preocuparnos de que quienes la abastecen tengan herramientas para crecer. Siempre he dicho que Chile necesita que las grandes empresas y las pymes dejen de verse como mundos separados, porque mientras unas aportan escala, experiencia y capacidad de inversión, las otras entregan innovación, flexibilidad y cercanía con los territorios. La salmonicultura demuestra que las industrias más fuertes no son las que avanzan solas, sino aquellas que impulsan a todo el ecosistema.